Simón Jiménez Salas: Decantación del ser político (1 de 4)  

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Por Simón Jiménez Salas

El político en la mayor parte de los países son  calificados peyorativamente, al considerarlos «protagonistas activos» de la corrupción, y en menor grado carentes de la capacidad suficiente para entender la diversidad social.

El político no es una unidad  aislada; pues para tener tal calificación debe  estar integrado, como militante o miembro de agrupaciones colectivas ejerciendo actividades directa o indirectamente de tipo político, llámese partido,  movimiento político, ONGs. grupos de estudios, instituciones, organizaciones etc.

Se ha dicho equivocadamente que una persona al pertenecer a la administración pública  es político. No, no es verdad, es un servidor público que pudiere hacer política, o que gusta de la política; pero político no debe ser.

También se yerra al considerar político a toda persona electa para un servicio público, como sería el caso de los jueces del Supremo Tribunal de la Republica (TSJ) quienes son electos en segundo grado;  más a ellos se le prohíbe ser político o hacer política, salvo en casos como el nuestro hoy día en que los designados, en su gran mayoría, son militantes disciplinados del partido gobernante, a quien por fidelidad, disciplina, agradecimiento o miedo, obedecen ciegamente las instrucciones de su empleador designante, ello  porque esos magistrados son fundamentalmente políticos del «yesman», carecen de autonomía, no pueden tener ni tienen independencia de criterio.

El político es un amante a tiempo completo de la política porque lo ha constituido como lo principal de su vida, con independencia de su profesión, oficios o actividades que realiza en concurrencia con su vocación política. El político se  ha profesionalizado de la política y son, como dijo Weber, vivir «para» ella y vivir «de» ella. El político de a ratos, que se columpia en entrar y salir del partido, lejos de aportar afecta negativamente la vida de su partido.

El deber ser del político

La teleología del político es de servicio al colectivo, al ciudadano y al interés general de la sociedad en que desarrolla su política. Esta manifestación se integra a una ética superior que supone sacrificios por lo que se ha dado en llamar «el bien común».

En esa existencia política siempre habrá algo de demagogia, ya que es inevitable ponderar su idea, su partido, y sus objetivos por encima de la competencia, en cuyo orden ejercen el arte de la demagogia.

Al ser políticos deben manifestar calificativos competitivos que, aunque no fuere la intención, sus expresiones se confunden con el sectarismo y la corrupción, elementos que desdicen y asesinan el concepto del buen político. Al afirmar existencias inexactas o exacerbadas le otorgan a su organización, o representado, un cariz demagógico; aunque se formule con signo positivo. Es inevitable técnicamente NO considerarlo demagógico; porque no se puede entrar a una pelea para no pelear o no tratar de ganar.

El político debe vender su partido, sus propias cualidades y sus propias capacidades y ello tiene siempre algo de demagogia; como también es demagógico señalar que su partido es el mejor, que sus idean son superlativas, que la búsqueda y consecución del poder traerán bienestar al mercado social, o que la doctrina que esgrimen es la que calza en función de la esperanza popular.- Ello es una demagogia sea cual fuere la intención.

El político entre la democracia y el totalitarismo

El político debe afiliarse a uno de los dos océanos del pensamiento político que cubren la inmensidad existencial de ese mundo, la democracia o el totalitarismo.

En cada corriente existen ramificaciones con parecido contenido, pero con particularidades propias y distintas. Es democracia aquella expresión de la política en que la participación ciudadana genera todos los cuerpos relevantes y posibles del Estado; o lo que es los mismo, que es el pueblo quien decide sus representantes, sea el Presidente de la República, sean parlamentarios o se trate de los demás órganos del Estado. Son ellos, los ciudadanos, los que deciden con su voto, quienes van a cargos, quienes deberán tomar decisiones y quienes serán electos, por una mayoría en ejercicio de sus derechos individuales.-

En la orilla contraria se encuentra el totalitarismo, con nombres, calificativos, o expresiones distintas pero que significan lo mismo; llámese comunismo, nazismo, fascismo, dictadura de derecha o de izquierda, o el nuevo socialismo (VG. “Socialismo del siglo 21”), cuya acción es centralizada y centrifuga, pero siempre de sometimiento total de la sociedad, sin que importe la participación ciudadana, sus pensamientos, sus derechos humanos, o que sean mayoría, pues su objetivo primario es controlar la sociedad en su totalidad hasta la conducta cotidiana. Estos regímenes totalitarios centra el poder ilimitado en su líder, cuyo poder domina todos los ámbitos de la sociedad, la que ejerce con mano dura, implacable y sin moral alguna.- El pensamiento es único e hipócrita, alejado de los valores democráticos, morales y éticos; pues no importa lo que dicen sino lo que hacen, pues siempre difieren.

El político al que referimos en este trabajo es el político democrático, porque es el que convive y sobrevive en relación al pensamiento mayoritario, a la población real y a los principios que signan el sistema.

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