Por Eduardo Martínez
Tal vez Vladimir Putin, presidente de Rusia, creía conocer a Nicolás Maduro. Aunque desde ayer, debe haber empezado a ser más cercano a los venezolanos en su percepción de lo que significa contar con su apoyo. Porque una cosa es decir que “el burro es negro”, y otra es “tener los pelos en la mano”. Así le sucedió al amigo Putin.
El apoyo venezolano, logrado por Rusia en su invasión a Ucrania, ha sido un apoyo retórico, solo cuenta con un arma: los micrófonos. En tanto en el plano diplomático, Rusia lo menos que se esperaba era contar con el voto venezolano en la Asamblea General de las Naciones Unidas. Una votación histórica, donde la solidaridad de los amigos cuenta en la soledad de estar en aplastante minoría.
Nicaragua y Cuba, los otros dos únicos apoyos logrados por Rusia en esta parte del mundo, por lo menos tuvieron a bien abstenerse. Aunque en el conteo de las deudas, Putin tendrá en su mente que no votaron en contra. Pero en una guerra, abstenerse es mejor que nada.
“Nada”, fue lo que ocurrió con el voto venezolano. En un momento crucial en el frente diplomático, el embajador venezolano no pudo votar porque Venezuela está en mora con su cuota para el sostenimiento de la ONU.
El presidente Putin tenía que haberse dado cuenta que el régimen de Maduro no cumple con sus compromisos. Pagar lo adeudado, es un compromiso. Maduro no honra ninguno. Venezuela no paga ni capital ni intereses de los bonos emitidos, ni paga sus contribuciones a los organismos multilaterales, así como tampoco paga a los expropiados, ni paga la deuda que tiene con los pensionados.
Vergüenza para el país, pero ya nosotros lo sabíamos. Los rusos tendrán muchos defectos, pero una memoria eterna: No olvidan.
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