Cuando la culpa es del liderazgo

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Por Eduardo Martínez

En Venezuela, y probablemente también en la América Latina, lo que sucede se deba a la naturaleza y calidad de los dirigentes. Eso para bien o para mal. Hemos tenido dirigentes políticos y sociales extraordinarios, y hemos cosechado extraordinarios logros.  Hemos tenido liderazgos mediocres, y los países se han hundido en crisis políticas, económicas y/o sociales.

Hemos tenido gobiernos dictatoriales, en diversos grados de autocracias, y esos gobiernos han tenido éxitos sectoriales importantes, o han resultado en un fracaso rutilante. Lo que ha tenido como consecuencia su corta historia en el poder, o lamentablemente una gran mortandad y sufrimientos por la terquedad de esa dirigencia al resistirse a un cambio.

Sin embargo, los gobiernos democráticos pueden mostrar grandes logros en nuestros países.  Prueba de ello es el último cuarto del Siglo XX. En esos 25 años, una ola democratizadora removió el autoritarismo en el continente americano, con excepción de la isla de Cuba.

Si se hace un recuento de los resultados del ejercicio democrático, encontraremos que los países impulsaron su desarrollo de manera equilibrada. Los países salieron adelante en infraestructura, educación, salud, crecimiento de la clase media -que no es otra cosa que salir de la pobreza- a la vez que se respetaron cada vez más los derechos humanos.

En el caso de Venezuela, los éxitos en la etapa 1959-1999 son innegables. Antes de ese período, y solo para abordar los primeros 60 años del Siglo XX, Juan Vicente Gómez -con manos de hierro-pacificó y unió al país. Sin embargo, la mano de hierro se materializó en violaciones de derechos humanos. Los grilletes, las prisiones interminables, los trabajos forzados, entre otras herramientas para imponer una autoridad única, pacificaron al país de las guerras civiles y los caudillos regionales.

El mandato del general Marcos Pérez Jiménez, tuvo a bien sembrar el petróleo en múltiples obras de infraestructura: autopistas, hospitales, residencias populares, puertos, aeropuertos, carreteras, hoteles, etc. Nunca antes se había desarrollado una política de obras de tal naturaleza.

A pesar de ese progreso, las violaciones de los derechos humanos fueron una constante.

Con el advenimiento de la democracia en 1958, y por cuarenta años seguidos, la obra de infraestructura fue superior a la lograda por la dictadura de 1948 a 1957. Esta vez soportada por los pilares del respeto de los derechos humanos y los valores democráticos.

Así lo expuso el ingeniero José Curiel en un libro donde rescata del olvido, tanto las obras de la dictadura perejimenizta como de la democracia. De nuevo no hay comparación.

Si de nuevo revisamos lo común a los gobiernos de esos 40 años, encontraremos sólido y claros liderazgos, con una constante: todos los presidentes fueron electos cada 5 años, con una autoridad electoral autónoma, alternabilidad en el ejercicio del poder y una clara separación de poderes. Esas son las características que definen el equilibrio de esos 40 años.

Por supuestos que hubo gobiernos más buenos que otros, pero todos fueron elegidos en votación popular, en la cual los electores se pronunciaron. Inclusive, hasta en las elecciones de 1998 cuando un ex militar golpista se presentó a las elecciones, ganó y todos los factores del sistema democrático instaurado 40 años antes, le reconocieron el triunfo.

Queda bajo responsabilidad de los electores contestar a las preguntas, ¿cuáles son las características de los últimos 20 años, en la autodenominada etapa “bolivariana” o la “revolución bonita”?. ¿El liderazgo político -del gobierno y/o de la oposición- ha estado a la altura? ¿Sus logros en 20 años son superiores al período anterior?

(*) editor@eastwebside.com

 

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