Simón García: Líneas rojas, partidos y políticos

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Por Simón García

En términos éticos, las líneas rojas pertenecen a la conciencia. En términos políticos organizan las desconfianzas.

Las auténticas línea rojas son actos personales al margen de valoraciones o dictados externos.

Podría afirmarse que su compendio, para un partido y sus militantes, son los Estatutos. Pero, si se mira bien, los estatutos tratan de mecanismos de coacción impuestos desde afuera, que validan una igualdad donde unos terminan más iguales que otros y requieren de un tribunal disciplinario.

Estos, pueden convertir en líneas rojas los desacuerdos con decisiones de la cúpula dirigente o reclamos militantes ante la anulación de un derecho. Pueden azotar lo que estipulen como indisciplina o ejercer la persuasión y la pedagogía para estabilizar las relaciones internas.

Traspasar una línea roja, si se fundamenta en nociones de bien y virtud, es una transgresión que nos quiebra por dentro.

La fundamentación es importante, porque a veces las líneas rojas se construyen con bulos del poder, manipulaciones ideológicas o criterios azarosos.

En la época de las dictaduras latinoamericanas los detenidos políticos debían esperar un tiempo para dar su nombre y dirección. Este lapso, que permitía resguardar personas y lugares conocidas por el preso, variaba de un país a otro. Entre nosotros desde la dictadura de Pérez Jiménez la prohibición era absoluta. Esa  línea roja resultaba solidaria con los militantes afuera; pero dejaba indefenso al prisionero hasta que los policías decidieran “aparecerlo” en un calabozo.

A la política venezolana, partidos y militantes, les urge rehacer el vínculo ético de ideales y principios con su práctica.

No puede ser un vínculo utilitarista y menos un acto pre-político donde un  moralismo, de doble rasero o sin fondo real, imponga falsas purezas.

La desconexión ética que nos afecta encubre una política que hace boxeo de sombras con el gobierno, sin disminuir un ápice las bases de sustentación de la autocracia. Estas actitudes, producto de visiones políticas extremistas, han consagrado una oposición crónica, aunque sea duro admitirlo.

La coherencia entre ética y política debe acumular logros democráticos, aun parciales, en condiciones autoritarias. Reto multiplicado por dos hechos: los políticos deben tomar conciencia de su distanciamiento con la población. Y no pueden eludir más la reflexión sobre cómo corregir errores y carencias.

Hay que asumir el imperativo ético de unirse, porque el costo de no hacerlo es contribuir a perpetuar al régimen.

Las diversas oposiciones, fragmentadas por diferencias, unas  reales y otras artificiales, merecen dirigentes capaces de superarlas o colocarlas temporalmente en un plano que no impidan objetivos de país.

El retorno a la vía pacífica y al camino electoral es buena señal. Pero debe continuarse en un debate para identificar oportunidades de éxito conjunto y generar experiencias, que aún en ámbitos locales o sectoriales, muestren el poder virtuoso de trabajar unidos en medio de las diferencias.

Tener líneas rojas es, sobre todo, saber dónde colocarlas. Descalificar a los otros, competir con golpes bajos, considerar que toda la razón está de nuestro lado debe ser una. Ella puede darnos alivio para revisar y reformular estrategias de cambio y diseñar un nuevo esquema de entendimientos en la oposición y de ajustes sobre la zona de acuerdos posibles con el gobierno.

Es hora de delimitar el territorio de los fines en vez de reincidir en demarcar intereses de parcela.

Hora de cambiar expectativas negativas por un plus de esperanza, credibilidad y consentimiento, formas modernas de legitimidad y eficacia de la política.

 

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