El mercado, el salario y la justa proporción (3)  

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Por Eduardo Martínez

En la primera entrega de esta serie de notas, mencionamos que “Cuando hay un “libre” mercado, la transacción es una negociación en la cual el precio se pacta en forma satisfactoria para ambas partes” (compradores y vendedores).

Sin embargo, existen otros factores que pueden perturbar este intercambio.

Una pregunta, que la gente común y corriente puede hacerse, es que: si el precio es el que se pacta en un libre mercado, ¿porqué no es posible en la actual circunstancia económica venezolana?

Esa pregunta tiene varios factores como respuesta.

El primero es que en Venezuela no existe un “libre mercado”. El régimen fija arbitrariamente los precios sin tomar en consideración -la más de la veces- todos los costos para producir, financiar y distribuir los productos.

Entre estos se encuentra un factor que incide en cada uno de los pasos de esa cadena, por una parte, pero que también incide por otra parte en forma desmedida en los compradores: los salarios.

Un incidencia doble y simultánea con consecuencias devastadoras para el intercambio en el mercado.

Si se revisan estos factores en países de libre mercado, encontraremos una característica fundamental. En esos países los compradores tienen poder de compra. No sufren el desabastecimiento, ni por las falta de productos en los estantes, ni por la falta de efectivo en sus bolsillos.

Esto a pesar, que al igual que en Venezuela, los gobiernos fijan referencialmente un salario mínimo.

La diferencia radica en que ese salario mínimo, en los países con economías de libre mercado, es suficiente para que los compradores accedan a los productos. Su salario tiene el necesario poder adquisitivo para ello. El salario les “rinde”.

En Venezuela, además, hay otro factor que incide en perturbar el libre mercado. No es otro que la tasa cambiaria bolívar-dólar.

Tal vez podemos pensar a la ligera, que los precios ya están dolarizados. Sin embargo, también notar que las personas no tienen el dinero para comprar.

La dolarización significó ver de nuevo, en los estantes de los mercados, los productos desaparecidos. Eso resolvió una parte del problema, al establecerse una especie de “liberación” de las restricciones desde el punto de vista de los vendedores.

Al contrario, desde el punto de vista de los compradores, el problema se agravó. Los salarios siguen teniendo las mismas restricciones de antes.

Pero con el agravante, de que los precios se elevan día a día –en la medida que se elevaba la tasa cambiaria- y los aumentos del salario mínimo son tardíos y no son proporcionales a los aumentos de los precios.

Las economías de libre mercado, entre los efectos que van más allá de la compra-venta de productos, tiene el ajuste progresivos de los salarios.

No todo es tan “automático” en esos países de libre mercado. Cada tanto, los gobierno toman medidas para garantizar que esos salarios se adecuen a los costos de producción, financieros y de distribución.

La solución al problema es evidente. Su aplicación, complicada pero factible.

Si se considerara a la hora de los cálculos, que el factor trabajo es un costo de doble acción, se estaría trabajando sobre el mecanismo y no únicamente sobre los precios que soportarían el interés productivo de los vendedores.

Hay que meter en la cuenta, cuánto necesita devengar un comprador de “justo salario”, para que en el intercambio el pueda pagar el justo precio, y todos ganen.

La aparición de los bodegones

Para las grandes mayorías, los bodegones son una aberración esta modalidad comercial en Venezuela. Ha sido únicamente una solución al desabastecimiento que aporta, por una parte, la posibilidad de que ciertos comercios o emprendimientos limitados, tengan productos que vender.

Mientras que por la parte de los compradores, solo soluciona parcialmente las necesidades de un reducido grupo de esos compradores: los que pueden pagar precios que van, mucho más allá, de los salarios mínimos.

editor@eastwebside.com

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