El mar de la felicidad que nos llevó a las playas de la democracia cubana

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Por Eduardo Martínez (*)

Que la democracia venezolana está en entredicho, como lo señala el reciente informe de The Economist, no es noticia para los venezolanos. Ya lo sabemos y desde hace tiempo. No hay separación de poderes, y la institucionalidad está secuestrada por quién detenta el poder ejecutivo.

Hasta hace poco, quienes denunciaban la desaparición democrática venezolana, eran ignorados o masacrados por las agencias internacionales, y los principales diarios del mundo.

En la era Chávez, con un barril del petróleo a más de 100 dólares el barril, el gobierno venezolano contaba con suficientes dólares para contratar periodistas que hablaran bien de la “revolución bonita”. En esos años, en los pasillos de la Cancillería venezolana en la esquina de Carmelitas, se mencionaba a “sotto voce” de una lista con 250 pagos. ¿Verdad, mentira, medias verdades o simple rumor mal intencionado?, es algo que tal vez nunca logremos dilucidar. Sin embargo, no podía tanta gente estar hablando bien de algo que no conocían por no haber estado nunca en Venezuela. Aunque sus visitas a embajadas y consulados se reportaban como algo habitual.

De repente todo cambió, con la muerte de Chávez y la ascensión al poder Nicolás Maduro (2013). La revolución bonita empezó a hacer aguas. Las ratas comenzaron a saltar al agua, refugiándose en Europa, Latinoamérica y hasta en Estados Unidos, el imperio odiado por el régimen imperante en Caracas.

En Venezuela, la economía se fue hundiendo. Los precios del petróleo empezaron a caer. No había el dinero necesario para compensar las ineficiencias de un modelo rentístico, y empezaron a hacer mella las consecuencias de un desenfrenado proceso de expropiaciones e incautaciones a medios de producción. El hambre se juntaba con las insaciables ganas de comer del proceso de la nomenclatura revolucionaria que gobernaba.

Las protestas no hicieron esperar. A partir del 2014, las protestas, manifestaciones, cárcel y muertes por la represión, crecieron a la par en que caían los indicadores económicos.

Los sondeos de opinión -encuestas- señalaron desde un principio la pérdida de popularidad y apoyo a Nicolas Maduro, al régimen y al PSUV -partido de gobierno. Así el régimen, con solo dos años de Maduro en el poder, perdieron las elecciones parlamentarias de diciembre del 2015. La oposición se hizo con dos tercios de los parlamentarios. Una mayoría que podía cambiar todo.

Cuando todavía la oposición no había terminado de digerir su mayoría, y antes de que se juramentaran los nuevos diputados, la Asamblea Nacional que ya estaba muerta decidió nombrar nuevos magistrados en el Tribunal Supremo de Justicia (TSJ).

Con esta jugada, el régimen procedió a tasajear día a día la mayoría. Desconociendo con la ayuda del poder judicial diputados electos en el estado Amazonas, declarando un “desacato” que no existe pro la separación de poderes, para luego convocar y elegir una Asamblea Constituyente (ANC) que nadie reconoció -nacional o internacionalmente- nunca redactó un solo artículo de una nueva Constitución, y que solo sirvió para reemplazar por la vía de los hechos a la Asamblea Nacional.

Dada la patada a la lámpara de la constitucionalidad, el régimen no tuvo cuidado en montar procesos de elecciones a su conveniencia, de tal manera de poder elegir a gobernadores, alcaldes, diputados regionales y concejales en las listas del PSUV, y hasta de re elegir a Maduro como presidente. Más recientemente, aumentar el número de diputados en la AN y lograr dos tercios. Todo esto, cuando hasta en las encuestas que el propio régimen contrata, a duras penas llega al 20 % de apoyo.

Ocurrido esto, ya entrado el 2021, el Mundo no es ajeno a la crisis democrática venezolana. Lo que documenta la unidad de investigación de The Economist en su más reciente trabajo sobre la democracia mundial.

Por eso no es de extrañar, que el Mar de la felicidad, nos llevara a las playas de la democracia cubana. Donde el Ranking de la publicación británica, nos ubica junto con Cuba en los dos últimos lugares de la democracia en América. Sin embargo, y una vez más, el alumno superó al maestro. Venezuela ocupa este año el último lugar.

(*) Editor

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