Todavía está fresco en el recuerdo cuando dirigentes de oposición pedían que llegaran los Marines para tumbar al gobierno de Nicolás Maduros. Eran los tiempos de la más profunda crisis económica y política del país, poco antes de que estallara la pandemia del Covid-19.
En la misma oposición, que se agrupaba en torno al presidente interino Juan Guaidó (2019-2022), se advertía que esa no era la “salida”. Sin embargo, parte de la dirigencia opositora y de la población en general, se enarbolaba esa tésis como la única solución posible. De nada valían los argumentos en contrario de analistas y políticos venezolanos.
Luego de 4 años, y por razones que no eran precisamente la de los venezolanos, el pasado 3 de enero llegaron efectivos policiales y militares de los Estados Unidos para capturar, extraer y llevar a juicio a Maduro.
Los argumentos en contrario existen. Fueron alertados. Y no se hizo caso.
Ahora, precisamente en los últimos días, se descubren las consecuencias de la incursión estadounidense en Venezuela.
Los venezolanos no quisieron hacer el trabajo de filigrana política. Es así como, la administración del presidente Donald Trump -al ver los intereses de EEUU afectados y amenazados- asumió el riesgo de solucionarnos los problemas. Por lo menos eso es lo que se creyó, cuando todavía el olor a pólvora y químicos flotaba en los cielos de Caracas.
Implicaciones de la incursión
La incursión, de las primeras horas del sábado 3 de enero, fue sin duda alguna una acción de guerra. Realizada por un ejército extranjero. Militares que cruzaron las fronteras y llegaron, como se está demostrando para quedarse. ¿Cuánto tiempo? Por los momentos no lo sabemos.
Como todo ejército que triunfó, debemos recordar que los vencedores imponen sus reglas y condiciones. ¿Cómo es eso?
Si tomamos como referencia las guerras de los Siglos XX y XXI, cada país que invadió a otro y estableció un régimen, impuso sus propias leyes. No necesariamente lo anuncian, pero es lo que hacen.
Pero eso no es solo cuando es otro país. Ocurre lo mismo cuando los militares de un país irrumpen y se produce un golpe de Estado.
La consecuencia inmediata: la Constitución y las leyes quedan suspendidas. Y el nuevo régimen de facto gobierna con los procederes militares, sus códigos y reglamentos. Usando las leyes suspendidas si les son convenientes a sus fines y propósitos.
Así ocurrió en Venezuela en 1945, 1948 y 1958, donde en el acta constitutiva de un régimen militar o cívico-militar, se dejó en suspenso la Constitución.
Es por ello que no vale que nuestros reputados analistas -políticos y legales- se rasguen las vestiduras. Los precedentes existen. No debemos sorprendernos. Lo que no quiere decir que nos guste.
El suceso del fin de semana
Del 3 de enero, pasaron 8 meses. Un período incierto y confuso en el cual hemos visto como se benefician grandes petroleras -lo cual es necesario que participen, dado que el régimen chavista acabó con la industria petrolera nacional.
Ahora son los estadounidenses quienes ingresan por la Rampa 4, mientras acelerado por el terremoto del 24 de junio el régimen títere de los hermanos Rodríguez se va debilitando, y va haciéndose significativa la presencia de quienes comenzaron a llegar el 3 de enero. Esa consecuencia era previsible.
El momento de rompimiento del velo de la invasión -también previsible- se produjo este fin de semana pasado, cuando agentes del FBI detuvieron “en Venezuela” al llamado “ingeniero” del Tren de Aragua: Aníbal Alexander Canelón Aguirre, de nacionalidad venezolana.
El anuncio de la detención no se produjo en Venezuela. Ocurrió este martes, cuando Kash Patel -director del FBI- lo informaría ante una comisión del Senado de EEUU. A lo cual añadió que en esos momentos Canelón Aguirre estaba siendo transportado a territorio estadounidense.
¿Dónde quedó el precepto constitucional que prohíbe la extradición de los venezolanos?
Quedó dónde quedan los instrumentos legales de los países invadidos o con un gobierno de facto: en suspenso.
El despertar
Los integrantes del régimen títere nacido el 3 de enero, y los opositores que aspiran a formar un nuevo gobierno, a estas horas deben estar paseándose por esa develación del pasado weekend. ¿Podrán dormir?
La verdad que nada está escrito. Y si algo está en tinta sobre el papel, es la Constitución de los Estados Unidos y las leyes federales. Los únicos instrumentos que ahora rigen -en última instancia- la cotidianidad venezolana. Rigen para el presidente Trump, y para todos los funcionarios de EEUU que ahora se pasean por las calles de Venezuela.
Preguntas a la visconversa
Pensando a la visconversa, como dicen los maracuchos, es hora que veamos al contrario la situación. Estamos ante una cruel realidad.
No supimos adelantarnos a tiempo ante la ejecución estratégica del chavismo para instaurar un régimen autocrático y confiscatorio de los derechos de los venezolanos y sus propiedades. Algo que se veía venir y no supimos o quisimos atajar a tiempo.
Pasados 27 años, sacarlos no era fácil. La oposición se había debilitado ante un régimen que ejerció el poder cohersitivo del Estado sin piedad y sin miramientos.
Viendo en perspectiva, ante la maldad y lo despiadado del régimen chavista, y el desencuentro de la oposición para articular estrategias unitarias -más allá de las conveniencias personales- a lo mejor, tal vez, la única solución efectiva posible, fue lo que ocurrió el 3 de enero. Llegará el momento en que habrá que analizar ese evento.
Mientras tanto, debemos reflexionar muchísimo para trazar estrategías de naturaleza política. No vociferar en las redes o las calles. Hay que transitar la vía de la política. Nunca antes fue tan necesario el camino politico para solucionar nuestras crisis.
«Una cosa es llamar al Diablo, y otra es verlo venir«. Bueno… el Diablo está aquí.
Nota final
Hay que dejar de lado el patriotismo escolar, y darse cuenta que nadie ha soltado una sola lágrima – ni siquiera de cocodrilo- por la soberanía nacional. Se ha criticado el Acuerdo Petrolero, en tanto se ha desviado la atención de lo verdaderamente importante y sustantivo. Lo adjetivo en estos momentos, está de sobra.
Eduardo Martínez, Editor