Por José Antonio García
«Todo para nosotros y nada para los demás parece haber sido la ruin máxima de los amos de la humanidad», advirtió Adam Smith al describir cómo las reglas de un sistema suelen pervertirse para concentrar la riqueza. Cuando una economía se articula en favor de unos pocos y en perjuicio de todos, ni siquiera un superávit petrolero garantiza el bienestar colectivo. Quédate, porque hoy te explicaremos cómo los mecanismos monetarios y cambiarios en Venezuela despojan a las mayorías y transfieren millones a las manos de unos pocos.
El DRENAJE INVISIBLE
Para la primera semana de septiembre de 2026, el Banco Central de Venezuela (BCV) quemó 11.062,50 millones de dólares para contener el tipo de cambio, superando en más de un 300 % los montos inyectados en los mismos periodos de 2024 ($3.650 M) y 2025 ($2.730 M).
Este drenaje masivo de divisas sustentado por el superávit petrolero no frenó el deterioro social. En abierta contradicción, la Canasta Alimentaria pasó de $535 en diciembre de 2025 a $727,89 en julio de 2026 según el CENDAS-FVM, mientras la inflación anualizada escaló del 475 % en 2025 al 534 % para agosto de 2026, según el propio BCV. En paralelo, el Estado no registra inversiones productivas ni de infraestructura equivalentes a una fracción de lo dispuesto para incrementar la venta de divisas.
Los indicadores muestran que el año 2026 es el más desfavorable del trienio para el ciudadano común. Sin embargo, mientras a las mayorías se les abre un hueco en sus ingresos, una pequeña minoría prospera de maravilla. Y es que cuando dos partes se exponen a la misma tempestad y solo una naufraga, la pérdida no es un accidente: es un diseño del sistema para amparar a unos y dejar a la intemperie a otros.
LOS GANADORES DE LA TORMENTA
Entre enero y febrero de 2026, la Bolsa de Valores de Caracas (BVC) publicó sus balances del ejercicio 2025 avalados por SUNAVAL: un crecimiento del 422 % en el monto negociado, con ganancias para bancos y grandes corporaciones superiores al 120 %. Esta dinámica de auge ha continuado en 2026, registrando al cierre de agosto un crecimiento acumulado superior al 160 % en el índice bursátil.
Este festín financiero no ocurrió en el vacío. Se alimentó de los billones de bolívares emitidos sin respaldo por el BCV, combinados en 2026 con un aumento masivo en la oferta de divisas. Mediante este esquema, la liquidez inorgánica terminó convertida en títulos indexados para bancos y corporaciones, mientras que los dólares fueron a parar a manos de importadores y del sistema financiero, en lugar de destinarse a créditos productivos e infraestructura que generen empleo, salarios, consumo y desarrollo.
El resultado es contundente: tan solo por el incremento neto en la venta de divisas, se estima que un promedio de 33 millones de dólares al día procedentes de los ingresos y la riqueza petrolera nacional pasaron de las arcas públicas a las manos de la cúpula económica y financiera del país.
LA CIENCIA DETRÁS DEL ROBO
La máxima de la física también rige en la economía: la riqueza no se destruye en el aire, simplemente cambia de manos. Este fenómeno ha sido analizado en profundidad por la teoría económica contemporánea.
David Harvey acuñó el término «acumulación por despojo» para explicar cómo los Estados despojan a la población de su riqueza. Asimismo, el Premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz ha demostrado que la desigualdad moderna no es fruto de las fuerzas invisibles del mercado, sino de un diseño de «búsqueda de rentas». Bajo este esquema, la emisión monetaria inorgánica y el control de divisas funcionan como mecanismos para licuar los ingresos de la mayoría y transferirlos hacia los balances corporativos.
Incluso organismos multilaterales como la CEPAL y Oxfam han documentado cómo las políticas de contención monetaria que congelan salarios no son errores de cálculo: son mecanismos de redistribución de riqueza hacia arriba.
El DESPERTAR DEL DISEÑO
En Venezuela, la incineración de divisas y la emisión inorgánica no son un misterio financiero: son la prueba científica de que la riqueza del país no se evaporó, solo cambió de manos.
Los números del trienio son claros: los recursos de la nación no se han esfumado, sino que han sido redistribuidos hacia la cúspide de la pirámide social mediante mecanismos monetarios y cambiarios deliberados. Aunque este fenómeno ocurre en todo el planeta, nuestro país registra hoy una de las dimensiones más grotescas de despojo en el mundo. Lo más desgarrador es que nada de esto es ilegal: es un diseño global donde quienes toman las decisiones no asumen costo alguno.
Nombrar este mecanismo por su nombre y exponerlo a la opinión pública es el primer paso para que la política económica no pueda ser usada como mecanismo de despojo y vuelva a ser lo que nunca debió dejar de ser: el motor del bienestar social.
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