Werner Corrales: Hiperpolarización como estrategia política y futuro de la democracia en EEUU

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Por Werner Corrales Leal (*)

Comienzo por decir que no siendo ciudadano estadounidense no votaré en las elecciones presidenciales norteamericanas del 3 de noviembre venidero.

Adicionalmente, como venezolano, confío en que los dos grandes partidos americanos mantendrán una política de apoyo a la recuperación de la democracia de mi país.

Por esas razones no tengo un candidato para las elecciones de los EEUU, es decir, no defiendo, no apoyo ni aplaudo al Sr Trump ni tampoco al Sr Biden como futuros presidentes de la democracia más grande del mundo.

Me motiva a compartir estas reflexiones la preocupación que tengo con el futuro de esa democracia, cuyo debilitamiento solo traería una secuela de pérdida de libertades en casi todo el mundo.

Me sumo en esta preocupación a la que han manifestado públicamente muchos de los académicos que estudian la política de los Estados Unidos, desde ese país y desde Europa y América Latina, quienes vienen coincidiendo en la idea de que la democracia norteamericana está amenazada por la polarización creciente, lo que está acabando con la cohesión mínima que requiere una sociedad para progresar en paz.

Esa polarización está siendo promovida activamente con campañas de odio y con una comunicación política que se apoya en manipulaciones y mentiras, por lo que algunos de esos estudiosos identifican en ellas el modo populista de hacer política, que asemeja a los fantasmas del fascismo y el nazismo del período de entre guerras, los cuales trajeron a la humanidad el totalitarismo y sus secuelas de opresión y conflagraciones.

Sin insinuar que haya una identificación ideológica entre el partido republicano y las doctrinas del fascismo y el nazismo, cosa que niego, debo destacar el hecho de que las principales maniobras de polarización política que hoy se desarrollan en los Estados Unidos provienen del presidente Trump, cuya campaña emplea bastantes mensajes, instrumentos y pretextos políticos similares a los que emplearon los proyectos de Mussolini y Hitler para desaparecer a la democracia y consolidar sus totalitarismos en Italia y Alemania.

Ejemplos de esas similitudes se encuentran al comparar las campañas de amedrentamiento basadas en supuestas conspiraciones, con las que Hitler bombardeó a los alemanes, y las que hoy adelanta en los Estados Unidos el presidente Trump.

La campaña de Hitler se basaba en hipótesis conspirativas sobre supuestos proyectos de los judíos y el sionismo internacional para destruir a Alemania; con ellas comenzaron las acciones antisemitas que más adelante dieron origen al holocausto.

Las campañas de intimidación que hoy maneja el presidente Trump, especialmente la referida a una supuesta maquinación mundial contra la civilización occidental, hablan de una conspiración que reuniría a afamados intelectuales, entre ellos varios galardonados con el premio Nobel, connotados multimillonarios, poderosas empresas capitalistas, los entes intergubernamentales del sistema multilateral global y actores que serían “herederos del comunismo”.

Todos ellos conspirarían para desaparecer el capitalismo, la civilización occidental y los valores judeocristianos sobre los que ella se apoya, hasta llegar a imponer un “gobierno global”.

En apoyo a las campañas de amedrentamiento actuales se emplean informaciones sesgadas en los medios de comunicación, robots que replican y multiplican miles de veces Fake News en las redes sociales, acusaciones de “comunistas” y “traidores” a quienes advierten del riesgo de desaparición de la democracia, y hasta manipulaciones que pretenden mostrar que la Iglesia Católica, como cuerpo institucional, santifica como ciertas las mencionadas hipótesis de conspiración.

También aquí se ven similitudes. En 1939, antes de iniciarse la segunda guerra mundial, los comunicadores del gobierno alemán hicieron volar como apoyos del Vaticano al nazismo, las opiniones personales de algunos altos prelados católicos que ensalzaron al proyecto totalitario (los casos del cardenal alemán Bertram y de Cesare Orsenigo, nuncio papal en Berlín), mientras el Sumo Pontífice Pio XI, desde su encíclica “Con ardiente preocupación” de 1937 fijaba una posición contraria del Vaticano, que ratificaba en 1938 al pronunciarse explícitamente contra la campaña antisemita que se iniciaba en Italia. En el presente estamos siendo testigos de un episodio parecido, cuando vemos circular en las redes sociales, movidas por bots, unas declaraciones personales de los cardenales Carlo María Viganó, ex nuncio papal en Washington y Gerhard Müller, ex prefecto de la Congregación para la doctrina de la Fe (la antigua Inquisición), manifestaciones que se adhieren a la hipótesis de la conspiración mundial del presidente Trump y llaman a impedirla votando por este último.

Lo que no se explicita al hacer volar estas declaraciones de los cardenales Viganó y Müller es que en la Iglesia Católica no hay una posición homogénea, mucho menos oficial, frente a temas como el de esta hipótesis conspirativa, y que dichos cardenales fueron relevados por el papa Francisco de sus cargos mencionados, después de serias fricciones derivadas de desavenencias con ellos en el ejercicio de los mismos, diferencias que persisten.

No pretendo seguir ejemplificando aquí similitudes entre la estrategia polarizadora que hoy amenaza a la democracia estadounidense y las estrategias que emplearon los proyectos fascista y nazista para llegar al poder y consolidarse en él en la Europa inmediatamente anterior a la segunda guerra Mundial.

A quienes estén como yo preocupados por el tema y deseen conocer mejor estas y muchas otras similitudes, los insto a leer tres referencias.

La primera es el clásico “Los Orígenes del Totalitarismo” de H. Arendt.

La segunda está compuesta por múltiples declaraciones dadas por Enrique Krauze a la prensa, recuperables via Google en internet (introduciendo Enrique Krauze Trump).

Y la tercera es el artículo de Christopher Browning, reconocido historiador norteamericano, especialista en el nazismo y la Shoá (el holocausto) publicado en la prestigiosa revista “The New York Review of Books” de Octubre de 2018, o bien un comentario resumido del mismo hecho por Angélica Gallón en el portal de Univisión.

(*) Ex ministro de Cordiplan

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