Víctor Maldonado: una democracia es más que libertad de expresión condicionada

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En su columna semanal, Víctor Maldonado analiza por que el actual régimen no es una democracia, la cual califica de “democracia desparramada”.  Entre otras cosas afirma que “una democracia es más que libertad de expresión condicionada”.

Esta democracia desparramada

Por: Víctor Maldonado C.

Por lo visto, a buena parte de los venezolanos hay que recordarle periódicamente que el actual régimen no es una democracia, por más alusiones al pueblo, por más elecciones que haga, por más parlamentarismo de calle que se proponga o por más cadenas televisadas rebosantes de multitudes que se presenten. Esto que nosotros vivimos es una dictadura socialista, con amagos populistas, cuya intención central es postrarnos en un comunismo irreversible a través de la destrucción de los derechos de propiedad.

Una democracia es algo más que libertad de expresión condicionada. Aquí algunos pueden hablar, pero otros son inmediatamente castigados por hacerlo. Periódicos, revistas, radios y televisoras sufren constantemente llamados de atención y advertencias dirigidas a entonar la autocensura y mantener en alerta máxima el miedo. Se puede hablar, pero depende de qué y cómo. Y la participación está fuertemente restringida por el temperamento autoritario del gobierno que para evadir cualquier amago de debate pide y obtiene una habilitación desde donde desprecia olímpicamente cualquier solicitud de diálogo. Hoy por ejemplo, nos enteramos que el presidente está adelantando una reforma del Código de Comercio sin consultar a ninguna de las corporaciones representativas del sector. Ya montará, como es usual, una tramoya de supuestos comerciantes socialistas que como siempre aplaudirán cada uno de los excesos que en transcurrir de esta infamia se le vayan ocurriendo al comandante-dictador.

Norberto Bobbio, tal vez el más importante pensador político de la actualidad, despacha nuestras dudas existenciales cuando aclara que “no hay régimen, incluso el más autoritario, que no quiera hacerse llamar democrático”. Pero afortunadamente, la democracia moderna tiene sus condiciones. Otro gran pensador, Hans Kelsen escribió que “no media gran diferencia entre la autocracia de un monarca hereditario y la pseudodemocracia de un emperador electivo”. Para el filósofo alemán, lo único que le falta al nuestro es que un día de estos se haga coronar, allanando de esa forma todos los trámites de una monarquía. De hecho sus ideales de gobierno son todos hasta la muerte, tal y como ocurrirá con Fidel, Lukashenko o Kim Jong Il.

¿Dónde está la trampa? En la lógica que nos quieren imponer. Resulta que eso de la democracia directa no es otra cosa que un anacronismo. Corresponde a la aldea o a las pequeñas ciudades donde todos deben participar. Es el ideal ateniense, ensalzado por Pericles y luego añorado por todos los que le precedieron. Pero hay un problema con el orden extenso, aquel en el que el pueblo es difícil de congregar universalmente y ningún ciudadano puede fácilmente conocer a los demás. Esa aspiración se perdió definitivamente con el tamaño de las ciudades y los Estados Nacionales modernos. Allí, en el tamaño esta la baza escondida de estas tiranías, porque intentan gobernar a través del pueblo al que por razones elementalmente lógicas les resulta imposible convocar y activar legítimamente. Disfrazan de pueblo hordas y turbas que encerradas en el Teresa Carreño o participando de la corte itinerante van a donde necesiten el aplauso barato e incondicional del que no puede negarse por razones de hambre y necesidad. Pero esa gente dista mucho de ser el pueblo invocado.

Bobbio aclara también que “pueblo” es un concepto ambiguo y engañoso. Demasiado maleable por el poder como para poder ser una contraparte adecuada. Las democracias de verdad no utilizan ese parapeto conceptual sino que enfrentan el reto de respetar y acatar la soberanía de los ciudadanos. El pueblo –sigue insistiendo Bobbio- “es una abstracción cómoda y falaz”. No existe, y por lo tanto es un invento de los tiranos para hacer lo que les da la gana. Los individuos, con sus defectos e intereses, articulados o no, son una realidad a los que se les ha conferido dignidad, derechos y garantías, que precisamente son violadas con descaro por el tirano en nombre del pueblo.

Da risa oír cómo el presidente es capaz de citar –en un pésimo francés- a Montesquieu, partidario fiel de la democracia a la antigua. Risa y pena, porque las consecuencias del circo teórico, al que somos invitados obligados, son la permanente duda al juzgar en qué andamos, y la vergüenza moral que algunos sienten cuando no saben si refutar el carácter popular de los despotismo, o intentar salvar al menos esa característica, pensando que de lo contrario estarían traicionando al pueblo, aunque este pueblo no exista. La solución es pensar en términos de ciudadanos que tienen derecho a la vida y a la propiedad, que en conjunto le confieren dignidad. Ciudadanos que tendrán que asumir con responsabilidad la ruda tarea de rescatar la república e imponer de nuevo el sentido de realidad. ¡Abajo la locura! ¡Viva la libertad¡

victormaldonadoc@gmail.com

Twitter: @vjmc

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