Sobre los alcances y limitaciones de los venezolanos

Por Eduardo Martínez

Siempre me ha indignado cuando se califica a los venezolanos con epitetos denigratorios por nuestra manera de ser. “Que si somos flojos, indisciplinados, que no somos responsables, que no queremos a Venezuela, que queremos siempre vivir sin trabajar, impuntuales, que no honramos a nuestros padres”, entre otras cosas.

Lo más triste, es que eso ha sido dicho y repetido hasta el cansancio, por venezolanos que se han sentido que pertenecen a un mayor nivel que sus paisanos. Lo cual no necesariamente es verdad. No es verdad que sean superiores, y tampoco que sean ciertas sus apreciaciones, que en todo caso, lo que demuestran es un profundo desprecio.

En momentos, en que la diáspora venezolana por el mundo sobrepasa los 7 millones de personas, son muchos los ejemplos que demuestran la naturaleza de la estirpe venezolana.

Hombres y mujeres amantes de su patria, que con entereza se enfrentan a los problemas con gran dignidad. Que no solo siguen cultivando su cultura, sino que imponen su cultura a los lugares donde han sido acogidos en su peregrinar en la búsqueda de oportunidades y una mejor vida que la actual Venezuela no les permite.

Esos venezolanos que emigraron no llegaron a otros países para descubrir lo que eran. También cuando se encontraban en Venezuela demostraban su amor por el país y su familia, se dedicaban al estudio y al trabajo, y daban lo mejor de si para superarse y que sus hijos se superaran.

¿Por qué no veíamos eso? Tal vez por interesadas matrices de opinión política que se esforzaba en demostrar que nada servía, y que eso era producto de los venezolanos con su flojera y falta de responsabilidad.

Los venezolanos del Siglo XXI son personas que con gran dignidad sobreviven salarios de hambre, envían remesas para que se alimenten sus padres y hermanos, gerencian importantes petroleras, son profesores y hasta rectores de afamadas universidades, dirigen las más reputadas orquestas sinfónicas, y hacen emprendimientos con lo que pueden. Personas que reparten alimentos, son pregoneros de la prensa, se dedican a la limpieza de hogares, mesoneros y cualquier otra labor lícita que signifique la obtención de un salario.

¿Flojos? No creo. Rechazo ese calificativo. Así como también rechazo a aquellos que dicen son irresponsables que emigraron caminando, o que han llegado hasta Chile o la Patagonia o que han cruzado la selva del Darién. ¿Son aventureros? Ciertamente, pero en el mejor sentido de la palabra. Quisiéramos ver a esos ilustrados notables que se sienten eruditos en calificar despectivamente, tener el valor para emprender esa gesta en busca de la libertad y las oportunidades.

Debemos tener presente, que esos venezolanos son herederos de la gesta independentistas de venezolanos que en el Siglo XIX se unieron a campañas admirables para libertar Venezuela y otros pueblos. No han habido otros hasta ahora.

Y si hay una palabra para calificarlos, es la palabra “dignidad”. Para ello resumo un episodio del cual fui testigo en la ciudad de Torino, Italia, a finales del 2021.

En una cafetería de esa ciudad yo estaba tomando un café espresso, cuando llegó un muchacho de poco más de 20 años a pedir trabajo. La dueña, una inmigrante rumana, le dijo que ella sola atendía el local por cuanto la crisis generada por la pandemia no le permitía contratar a alguien que la ayudara. Añadiendo que pasara en enero, a ver si la situación mejoraba.

El joven, que resultó ser venezolano, le agradeció a la señora, y le pidió un espresso. Luego de tomarlo le preguntó ¿cuánto le debo?. La señora le indicó que no debía nada.

El venezolano con gran educación, sacando dinero del bolsillo le pagó, y le dijo a la señora: “yo le pedí trabajo, no le pedí limosna”, dio las gracias y se fue.

Esa señora quedó muy consternada. Como me contó, ella también era inmigrante. Me preguntó si ella había dicho algo ofensivo. Lo que no había sido. Para luego relatarme que desde que empezaron a llegar venezolanos a la ciudad, nunca los había visto pedir dinero en las calles. Buscaban trabajo.

En Venezuela no es distinto. Los educadores, desde los pre escolares, la básica, media y hasta las universidades, salen todos los días a impartir sus clases. Muchas veces con hambre, zapatos deteriorados y ropa que ya no aguantan más remiendos. Pero ahí están cada día, dando lo mejor de si, para que sus alumnos en un futuro no pasen el trabajo que ellos como educadores están pasando.

Eso, sea adentro o afuera del país, es dignidad patria que debe enorgullecernos a los venezolanos.

editor@eastwebside.com

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