Simón García: Misión y Remisión del Centro

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Por Simón García

El centro no goza en la historia de buena prensa. Apareció en un escenario parlamentario, pero dentro de una Francia en explosión contra los privilegios feudales.

Cuando el 1 de octubre de 1791 se instala la Asamblea Legislativa, los diputados se agrupan según sus oposiciones: a la derecha los defensores de la monarquía constitucional; a la izquierda, divididos en dos ramas, los promotores de la revolución y en medio de todos ellos, los partidarios de realizar cambios con moderación y estabilidad. Estos rasgos, desde entonces, etiquetan espacialmente a una visión política. 

Ese origen determina dos percepciones. La visualización topológica del centro como el medio respecto a puntos extremos. Y su condición referenciada o derivada de otros conceptos principales. El centro no funda, suple una intermediación.

El centro de las políticas de centro es canalizar diferencias pacíficamente, amortiguar la  frontalidad, suavizar  choques y amellar el contraste de intereses y posiciones. Tal como les recriminara Marx y los condenara Lenin.

Al centro no le resulta fácil aproximar (función pasiva) ni dominar (función activa) a las posiciones excluyentes. Menos en un clima de polarización política y emocional. Su empeño en construir equilibrios le ha ganado los calificativos de oscilante, indefinido, oportunista. En su forcejeo con los extremos, su destino parece ser debilitarse.

Pero es  asiento propicio a la unidad porque apela al diálogo y al acuerdo. No  asiento exclusivo porque ninguna política es solo convivencia, ni esta pura coexistencia vacía de pugnas entre distintos intereses. Si la política existiera sólo en el centro, como afirman algunos, entonces políticos y partidos adscritos a esa posición serían los virtuosos para hacerla. Lo cual resultaría un extremismo.

Las políticas de centro pueden resultar convenientes para los dos polos en lucha, sea porque contribuyan funcionalmente al fortalecimiento del polo dominante; sea porque ayuden al polo dominado a disminuir, la intensidad o la frecuencia de los ataques del polo dominante. Es un recurso generador de fortalezas o al cual hay que apelar para lograr soluciones requeridas por el país.

En condiciones democráticas la política de centro forma parte del desempeño electoral, mientras el voto sea el criterio de distribución del poder. A medida que crece la clase media y la satisfacción de una población,   los partidos tienden a rebajar sus diferencias programáticas para ofrecer una gestión de gobierno “atrapa todos”. Anteponen el término centro a su definición original.

Pero en condiciones autoritarias una política de centro puede proteger frente al desborde represivo o alimentar una estrategia de estímulo a sectores moderados en el bloque dominante y de acumulación de condiciones para competir con las ventajas ilegales del poder. Su extravío es ceder a la cooptación.

Puede decirse por comodidad que centro es todo lo que no es extremismo. Pero  extremismo no es radicalismo. El extremismo no va a la raíz de la crisis sino a sus efectos. Alberga otro extravío: la ilusión de una solución instantánea del conflicto, sin día después y sin estrategia para conservar gobernabilidad.

El centro no es sólo posición, también relación. Puede haber radicalidad en el centro. No es sólo coexistencia, sino también antagonismo. Su eficacia, en uno u otro sentido, depende de aumentar su dimensión social, acompañar las luchas por derechos sociales y políticos, promover entendimientos con resultados. Sin defensa de los intereses de la gente, el centro se aísla y sucumbe.

El centro puede ser un medio para debilitar las bases del poder, desarrollar condiciones de cambio, incluida la posibilidad de transición y gobernabilidad compartida. Pero también una conciliación sin reformas ni avances.

*(Notas de un conversatorio con Fernando Mires y John Magdaleno).

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