Por Eduardo Martínez
Esa parte del himno venezolano, cuando se canta “seguid el ejemplo que Caracas dio” ha tenido una fuerza, no de seguimiento sino de imitación, con efectos devastadores. Y en el Siglo XXI el ejemplo fue redimensionado, como quien modifica un vehículo de ciudad para que pueda conducirse por selvas y montañas.
No hay fuerza más imparable que la voluntad de un pueblo en la búsqueda de paz. Imponer esa voluntad, ha requerido de siglos de evolución. La democracia, con sus principios y métodos, ha sido el principal instrumento pacificador. Ha acabado con guerras, conflictos de todo tipo y proporcionado caminos para el avance social y el desarrollo de los países.
Lima 2026
En las recientes presidenciales peruanas se tuvo de ventaja que fueron manuales, sin computadoras. Los resultados lo totalizan las personas. El sistema de certificación es a través de testigos. Por supuesto que se pueden equivocar. Pero el secreto es que en ese sistema manual: “los diablos, se cuidan de los diablos”. Si eres candidato, y tienes testigos en las mesas, esa es la seguridad que tienes de que te respeten los votos.
En la segunda vuelta de las elecciones, del domingo 7 de junio, ocurrió un fenómeno pocas veces visto. Los esceutinios mantuvieron a Keiko Fujimori en primer lugar sobre el candidato Roberto Sánchez. La diferencia era escasa. Pero Keiko se mantuvo en el primer lugar hasta que habían sido contabilizados el 90 % de los votos.
De repente, en los medios empezaron a circular proyecciones de varias encuestadoras que mostraban que Roberto Sánchez había pasado al primer lugar. En tanto una hora después, esos encuestadores eran entrevistados en las principlaes televisoras asegurando que su proyección se basaba en un conteo rápido del 100% de las actas.
No era improbable que Sánchez pasara al primer lugar, si bien la diferencia era tan pequeña, unos cientos de votos en un universo de poco más de 18 millones de electores que votaron.
Pero la voluntad política de los regímenes dictatoriales, que puede decir cualquier cosa, siempre se topa con las ciencias estadísticas. La política lo puede todo. Las estadísticas tienen sus leyes, normas metodológicas e indicadores. Y en el caso electoral, uno de esos indicadores son las “tendencias”.
Ese domingo en Lima, las encuestadoras jugaban con la tendencia mostrada por los resultados de las encuestas anteriores a la primera vuelta, los resultados de la primera vuelta, los resultados de los conteos a la salida de la urnas en la segunda vuelta, el conteo rápido luego de escrutinio en las mesas. Y además, los resultados parciales que a partir del cierre del horario electoral estaba proporcionando en vivo el ente electoral peruano hasta llegar al 90%.
Adicionalmente, un breve análisis de los votos que faltaban por totalizar para llegar al 100%, se encontraban los resultados en el exterior, y un grupo de actas que habían pasado a revisión en el Jurado Nacional de Elecciones (JNE). La instancia encargada de las revisiones.
Según los expertos electorales peruanos, tanto en el exterior como en las actas a revisión, las proyecciones eran a favor de Keiko (60%). Por lo tanto, decir que ganaría Sánchez aunque momentáneamente estuviera en el primer lugar, carecía de validez.
Para las 9 pm de ayer lunes, según los resultados oficiales del ente electoral, Fujimori lleva una ventaja de 32 mil votos con el 99% de las actas totalizadas. Su triunfo es definitivo.
¿Qué fue lo que pasó? ¿Qué desconocemos?
Todo parece indicar, que Roberto Sánchez como buen discípulo de la izquierda latinoamericana, trató de seguir el ejemplo que Caracas dio. No le funcionó el golpe electoral.
Un poco de historia
El Muro de Berlín cayó a finales de 1990. La URSS estallaría en pedazos. Millones de personas tendrían libertad, y se impondrían sistemas democráticos que permitieron que los ciudadanos asumieran el control de las decisiones. Ya no tendrían un régimen castrador que les impidiera gobernarse así mismos.
Mientras eso ocurría al Este de Europa, ya en Latino América y el Caribe rendía sus frutos una política democratizadora. Las dictaduras desaparecían y los ciudadanos elegían a sus gobernantes. Diez años después, en nuestra región el proceso iniciaría un retroceso del cual todavía no se recupera.
En la práctica, la expresión “cambiar todo, para que todo siga igual” recibió un añadido: “… igual para que todo siguiera como era antes”.
Fue en Caracas donde se gestó y puso en práctica una nueva manera de “torcer el rabo” al cochino de la voluntad popular. Para ello, se atacó el punto cardinal de un sistema democrático: las elecciones. Punto de inicio para poner a votar a los ciudadanos, hacerles creer que se respetaba su voluntad y designar autoridades carentes de legitimidad. De ahí en adelante no habría vuelta atrás. Gobernantes eternos, dictadores sin méritos, tiranos que subyugan sus pueblos.
Si algo caracteriza a los sistemas democráticos es la alternabilidad en el poder. Los gobernantes no son eternos. Los dictadores lo saben.
En un primer momento, la receta fue sencilla: ganar las elecciones, convocar de inmediato una constituyente, para luego cambiar toda la estructura institucional de la Nación. Penetrar el sistema de justicia. Romper la separación de poderes.
Pero las elecciones fueron el primer objetivo, y la revolución digital proporcionó gratuitamente las herramientas: hacer las elecciones automáticas y hacer que los resultados parecieran inobjetables. Las computadoras no se equivocan, se programan.
A partir de 1999, Venezuela se convirtió en un laboratorio de las elecciones fraudulentas en su origen. Las Mega elecciones del 2000, con todos sus episodios, dejó el mal sabor de los resultados en la boca de los electores. Los resultados no eran los esperados. Por lo que el incipiente régimen se vio obligado a recurrir a los viejos métodos.
A las 8 de la noche de ese domingo de votaciones, ante la vista de los testigos en el centro de cómputos, quienes manejaban el ente electoral -ya en control del régimen- no tuvieron mejor idea que informar que las computadoras se estaban “sobre calentando”. Las apagaron por unos minutos. Al re-encenderlas, los resultados habían sido cambiados. El régimen se hacía con la mayoría.
Sin embargo, los pueblos aprenden y se reorganizan. El régimen, engolosinado con su poder casi absoluto, se metía en problemas. La calle se complicaba con protestas. Con un país al borde de una revuelta, la comunidad internacional se alarmó y se dio pasó a un Referendo Revocatorio supervisado por la OEA.
El régimen se reorganizó, y volvió a hacer uso de la tecnología para hacerse con una dudosa victoria. Ya no era una computadora en las mesas de votación que cambiaría los resultados. Fue el uso de un sistema total para cambiar los resultados. Según investigaciones independientes, avaladas por amtemáticos y estadísticos de renombradas universidades de Estados Unidos, se inyectarían resultados en las computadoras de las mesas. No en todas. Solo en aquellas de una muestra estadisticamente estudiadas.
Sin embargo, la voluntad popular contraría al régimen era avasallante. Hacía falta más. Por ello se ejecutó un plan al día siguiente para cambiar en las cajas con los votos, almacenadas en instalaciones militares. Tal como habría ocurrido en Fuerte Mara en el Zulia. Como se evidenció en un video publicado por los principales medios de comunicación.
De ahí en adelante el sistema de fraude siguió perfeccionándose. Ya no era un simple “meterse votos”. Surgía la figura de una conspiración en la cual confluían los poderes del Estado: el fraude se ejecutaba en el ente electoral, la fiscalía veía para otra parte, y en los recursos legales el máximo tribunal de justicia rechazaba las demandas, y de oficio, decretaba como transparentes los resultados.
El régimen seguía abusando de procesos electorales. Chávez se auto proclamaba invicto en decenas de comicios. La gente no lo creía. Por lo que en cada elección la metodología de fraude seguía incorporando nuevos “chanchullos”.
Así llegamos a un punto en el cual los resultados se volvieron “irreversibles”. Hasta allí llegaba el conteo de votos. A la medianoche del domingo de elecciones, la presidenta del ente electoral declaraba unos resultados que no tenían vuelta atrás, y dar siempre como ganadores mayoritarios a los candidatos del régimen. El tribunal supremo horas después ratificaba los resultados. Se proclamaban a los vencedores. Y los perdedores, que tenían evidencias actas en mano que había ganado, debía recurrir ante la misma sala que había ratificado los resultados irreversibles.
Dos añadidos a la metodología del fraude fueron la compra y el uso previos de las encuestas amañadas. El objetivo: hacer creer que el régimen ganaría las elecciones. Lo que se hiciera al principio con timidez, alcanzaría magnitudes descaradas. Llegaron a proyectar resultados precisos de los porcentajes con los cuales ganarían, y la diferencia porcentual con los candidatos del segundo lugar.
Pero ante la voluntad popular, y el descalabro del régimen al final de Nicolás Maduro, se vieron obligados a recurrir a lo ensayado en Irán y Nicaragua: inhabilitar a los candidatos con opción de triunfo; para lo cual recurrieron a la inhabilitación administrativa dictada por el ente contralor. Y ya en su desespero final para las elecciones del 2024, designar como presidente del ente electoral al contralor que había inhabilitado candidatos.
No era suficiente. Lo último que ensayaron tecnológicamente, fue bloquear los candidatos de los partidos de oposición. Los partidos ingresaban al sistema vía internet, y al tratar de inscribir el nombre del candidato, el sistema lo rechazaba. Ya no se cubrían el rostro con una máscara, actuaban a cara descubierta.
El punto culminante del fraude fue a la hora de informar los resultados de la elección presidencial del 2024. El presidente del CNE se presentó con una servilleta con nombres y números escritos a mano alzada. A pesar de todas las triquiñuelas, el sistema de fraude había resultado insuficiente.
El fraude está cantado.
Editor, www.eastwebside.com
* con informaciones de ONPE