Isabel Idárraga: Hay comienzos más difíciles que otros

por Isabel Idárraga

A Emilia le gustó ir de compras desde que era niña y esta conducta le trajo muchos inconvenientes al convertirse en adulta.  A pesar de sus buenos resultados, el Spa del que es socia no podía financiar su afán por gastar. Asi fue como empezó a utilizar tarjetas de crédito para sufragar comidas en restaurantes de moda, ropa, joyas y viajes. Cuando se dio cuenta, trabajaba para pagar las tarjetas.

A nuestro alrededor hay muchas personas como Emilia para las que el verbo gastar es  más importante que ahorrar. No piensan en crear un fondo de emergencias y mucho menos en construir un patrimonio personal. Son gastadoras de oficio y, cuando cobran la quincena, pagan el monto mínimo en las tarjetas de crédito para seguir gastando. Todas ellas tienen algo en común, ausencia de metas financieras.

Cuando un individuo se ha tomado el tiempo para poner en blanco y negro sus metas financieras, es capaz de usar su dinero para hacer compras inteligentes dejando de lado los gastos que deterioran su presupuesto. Las metas financieras colocan objetivos claros y permiten centrar los esfuerzos en su realización  mientras proveen recursos para evitar caer en tentaciones como “aprovechar ofertas de 2×1”.

Es común escuchar el lamento de quienes manifiestan no tener suficiente fuerza de voluntad para evitar hacer compras compulsivas y es que esto ocurre por no tener metas claramente definidas. Para ello, se requiere hacer una pausa en el camino y pensar en la calidad de vida que desean alcanzar considerando que la juventud no es eterna y que si no guardan hoy llegaran  a la tercera edad desprotegidos financieramente.

El primero paso es definir objetivos cuyos logros aporten cambios importantes en su vida, como hacer un postgrado para aumentar la competitividad profesional, adquirir una vivienda, tener un negocio propio en cinco años  o iniciar un plan de retiro para la tercera edad. Al visualizar el impacto positivo del logro de esos objetivos, aparecerá la fuerza para empezar, de a poquito, hasta formar un nuevo hábito.

En el presente, Emilia no es compradora compulsiva. Para cambiar su comportamiento comenzó por escribir con lujo de detalle cinco metas financieras para iniciar la construcción de su  patrimonio personal. Redujo gastos, pagó la deuda de las tarjetas de crédito, empezó a ahorrar todos los meses, aprendió a divertirse con poco dinero e inició un postgrado para mejorar su desempeño profesional.

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