La oposición venezolana no ha tardado ni un segundo para ir a elecciones presidenciales en el 2024. Sin embargo, la oposición ya lleva más de 20 años calándose un ente electoral que no garantiza imparcialidad ni unas elecciones justas. En este caso se ha comportado, como esas solteronas que se han quedado en el aparato matrimonial, y aceptan casarse con el primer raspicuis que le pela los dientes.
No tiene nombre lo del CNE. Un ente que se ha manejado como la secretaría electoral del partido del régimen, y en donde cuando todo está ya montado para la selecciones, le regalan uno o dos puestas en la directiva sin ningún poder de supervisión, ni en ningún cargo decisivo.
Luego de esas elecciones, el tema del CNE desaparece de la agenda política venezolana. Lo que ocurre hasta que se avecinan las elecciones siguientes y empieza de nuevo el pezcueseo para sacarle unos carguitos sin importancia al régimen.
También frente al CNE, se encuentra el TSJ con sus salas Constitucional y Electoral. Una alcabala que nunca deja pasar los reclamos de la oposición, cuando a los rectores del proceso se les salen las liebres del estricto control, y por acaso se evidencia un fraude, condiciones electorales ilegales ó manejos de favorecimiento al partido del régimen. Ahí estarán los magistrados para regresar las cosas al diseño revolucionario.
Por supuesto que todo este hegmónico manejo, es evidente que cuenta con la mirada silente de opositores, que reservándose puestos de control en el estado mayor opositor, siempre aparecen en la foto de la derrota.
Las elecciones, con el mismo binomio CNE-TSJ, son un ejercicio de masoquismo político, donde los sujetos son humillados, golpeados y atados, siendo objeto de otros tipos de abusos, sin obtener gozo alguno.
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