Por Eduardo Martínez
Una sociedad libre y democrática tiene control sobre sus relaciones, libre de la tutela del Estado. En este caso, son los ciudadanos, y no el gobierno. Cuando es el Estado quien se reserva el control, de las agrupaciones o asociaciones entre los ciudadanos, así como de todas las instituciones, es un claro indicador que estaríamos en presencia de indicadores de naturaleza totalitaria.
El término totalitario fue acuñado en Italia, a principios del Siglo XX por Benito Mussolini. Ni más ni menos, el promotor y líder indiscutible del fascismo, aun anterior al nazismo de Adolfo Hitler en Alemania, y poco después de la instauración del régimen soviético.
El fascismo es una manera de gobernar y regir un gobierno en el cual el ciudadano está al servicio del Estado. Para ello, Mussolini instauró un régimen “totalitario”. Con este término, que tiene la propiedad intelectual de Mussolini, toda la sociedad -la totalidad de ella- está supeditada a la voluntad, más que del régimen, del “Duce” o cabeza de ese régimen.
Para que exista esa totalidad de sumisión, los regímenes de corte totalitario elaboran, aprueban y ejecutan leyes que les garantizan el “control social”.
Entonces, cualquier similitud con la realidad, no es mera coincidencia.
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