El Cara ¿qué? de febrero de 1.989

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Por Rosario Orellana *

Transcurridos 32 años de aquel 27 de febrero, a pesar del agua tormentosa que ante nuestros ojos no cesa de correr bajo los puentes y que ha enturbiado el entero quehacer de la nación, tal vez aun conserve adeptos una doble creencia: que se trató de algo espontáneo y que fue una reacción contra el apenas instalado gobierno. Cabe recordar que hasta hoy ese gobierno ha sido el único en intentar rectificaciones estructurales al Estado venezolano y a la relación de éste con la ciudadanía, entendiéndose que rectificar se trata de corregir, de mejorar sin parentesco con destruir o empeorar.

El archivo personal y frágil, almacén de vivencias que es la memoria, me trae imágenes, registros y sensaciones. Mientras con lentitud por limitación temporal oprimo las teclas de la computadora, recuerdo una de las reflexiones que más de una vez oí decir aquellos años al entonces Presidente Carlos Andrés Pérez “a mí me condenan más por mis aciertos que por mis errores”

Ese lunes el Ministro de la Secretaría regresó con retardo y preocupado del Despacho Presidencial al almuerzo de trabajo que había convocado con otro de sus asesores y conmigo. Informó que un auto mercado había sido saqueado, según recuerdo, en Cumaná. Como quien se asoma al porvenir, agregó, palabra más palabra menos, «esas cosas se sabe cuándo empiezan pero no cuando terminan». Con el ambiente algo tenso, abordamos el tema de la reunión que era implantar un sistema para el seguimiento de las decisiones del Consejo de Ministros, así como las resultantes de las cuentas presentadas por los ministros al Presidente. Luego, el Ministro se fue a Barquisimeto con el Presidente.

En algún momento de la tarde, un edecán irrumpió visiblemente alterado en la “oficina privada del Ministro de la Secretaría”, según se leía en su acceso, una de las pocas y más cercanas a la sala en la cual sesionaba el Consejo de Ministros y que Reinaldo Figueredo me había asignado para servir en calidad de una de sus asesores. Me preguntó si sabía dónde estaba el Presidente, a mi respuesta “usted sabe que en Barquisimeto,” replicó “sí, pero dónde, tenemos que localizarlo, es urgente”. Recordemos que para aquellos tiempos apenas empezaban a posicionarse los “ladrillos,” primeros celulares llamados así por su tamaño, yo había adquirido uno algo antes de iniciar mis días en Miraflores todavía sin imaginar que allí trabajaría, pero la administración aun no los usaba como instrumento de trabajo y el ya viejo avión presidencial carecía de sistema de comunicación adicional al estándar instalado en cualquier aeronave.

A principio de aquel febrero, Jaime Lusinchi había entregado la Presidencia con más del 60% de aceptación o de popularidad, vale decir que en la percepción de al menos esa proporción de venezolanos, no había nada que cambiar pues estábamos en el mejor de los mundos. Aunque es poco recomendable tomar decisiones importantes en situaciones de emergencia, la terca realidad contraria se impuso al gobierno entrante, que se encontró con precario margen de maniobra y sin tiempo para convencer. La situación de las reservas, por ejemplo, era apremiante, apenas rondaban los cuatrocientos millones de dólares frente a algo así como seis mil millones, igualmente de dólares, únicamente en compromisos por cartas de crédito.

Ignoro en qué medida la notificación de una próxima liberación de precios, sin anterior labor informativa sobre una realidad divergente de la percepción generalizada, pueda haber contribuido a los sucesos. No obstante, la divulgación anticipada de tal decisión recibida por oídos fanáticos de la ganancia fácil o, simplemente, cuidadosos del valor de reposición, acentuó la escasez que los prolongados controles venían causando y luce natural que los anaqueles vacíos en los expendios de alimentos hayan contribuido en indeterminable proporción a caldear los ánimos. Sin embargo, me resulta poco concebible que la ira popular se haya desatado y sobretodo simultáneamente en lugares distantes entre sí sin articulación ni empujón adicional ni planificación u organización previa alguna, quizá a la espera del momento propicio. Vista en retrospectiva, aquella escasez parce tenue con relación a los periodos de desabastecimiento padecidos en el curso de las recientes dos décadas a pesar de la más prolongada bonanza petrolera jamás antes percibida por nuestra Venezuela.

Los días que precedieron a aquellos explosivos de febrero y marzo, hubo imprevisiones, siempre más fáciles de identificar a posteriori, por supuesto.

Se omitió, al parecer, el escenario de eventuales incidentes de violencia y de perturbación y de allí que no hubo previsiones para esa eventualidad, prevaleciendo la sorpresa con su consecuente desconcierto.

La Policía Metropolitana vivía una aguda crisis ¿espontánea y sólo espontánea? que no había trascendido y que la incapacitaba para cumplir su función de preservación del orden público. Así la actuación de sus efectivos tuvo más relación con el clima interno un tanto anárquico, que con sus funciones y responsabilidades. Uno de los botones menos trágicos de la muestra lo tuvimos el lunes 27 en las pantallas de televisión al transmitir en directo, cómo sus efectivos impusieron colas en la entrada de varios de los negocios que fueron saqueados, en espera de la salida de otras personas cargadas con cuanto podían.

El mismo lunes 27 en lugar de un viernes, por ejemplo, entró en vigencia un aumento del costo del transporte, que motivó tempranos disturbios en Guarenas.

Además, el país venía de alrededor de nueve años sin necesidad de utilizar equipos antimotines y apenas se encontraron unas máscaras antigases inservibles por desuso.

El Ministro de la Defensa al salir del Despacho presidencial y ser abordado en los corredores, comunicó que nada se podía hacer porque el Presidente no quería represión. Un día más tarde, se repitió la escena en los mismos corredores, el Ministro transmitió entonces el siguiente diálogo con el Presidente. Ministro, esto no puede continuar ¿Qué hago Presidente? Haga lo que tiene que hacer para que esto no continúe. Se improvisó en La Carlota la llegada nocturna de tropas desde el interior porque en Caracas el número de efectivos apenas rondaba los mil quinientos.

Para facilitar el seguimiento de la situación, el Ministro de la Secretaría de la Presidencia hizo instalar en su mencionada “oficina privada” dos planos de la ciudad, uno de Seguridad y otro de Abastecimiento y vinieron 4 oficiales quienes, mediante tachuelas de colores mantenían actualizada la información que les llegaba, en particular desde el comando estratégico, a través de una veintena de teléfonos punto a punto, instalados a tal efecto. Fueron, desde luego, días muy intensos y largos. Sin que estuviera previsto y tampoco pregunté por qué lo hacían, hasta la madrugada la central nos remitía llamadas de angustia pidiendo apoyo frente a supuestos grupos amenazantes. Con el personal de oficina que me acompañaba y el apoyo de los referidos oficiales, las canalizábamos como podíamos. Salvo una que se identificó desde una urbanización del este, las demás se decían procedentes de zonas populares, las más frecuentes de Catia y del 23 de enero. Desde este último sector, a una hora tardía que no sabría precisar, una voz femenina clamaba por ayuda ¡Por favor, envíen a alguien que nos quieren quitar nuestras casas! ¿Quiénes? le pregunté. ¡Ellos, ahí vienen! Aunque insistí no logré precisión y le pedí sus datos. En esa ocasión uno de los oficiales diligente y amable, luego de hacer gestiones, me refirió que sólo podían enviar una tanqueta. Avisé a aquella persona, pidiéndole no asustarse al verla llegar. Para mi estupor contestó, sin vacilar ¡Mejor, que vengan y los maten que nos quieren quitar nuestras casas!

Entre tantas incidencias impactantes recuerdo el asesinato inmisericorde de un soldado de la Guardia de Honor. El joven efectivo, confiado y desaprensivo, salió solo de Palacio Blanco o del regimiento no sé a qué y en la esquina noreste fue derribado por un francotirador, desde algún edificio vecino. El tema de los francotiradores fue recurrente, percibí su presencia y acción como una más de las incoherencias con la supuesta espontaneidad. La explicación opuesta: una conspiración de larga data, planificada a la espera del momento oportunista adquirió para mí solidez porque uno de los oficiales encargados del seguimiento de la situación de Seguridad, me expresó “No entiendo pero los francotiradores están siendo coordinados por radioaficionados”. Conociendo el incuestionable e indubitable talante positivo y pacífico de la actividad de esa red interpreté que se trataba de otra red ad hoc, integrante de la hipotética conspiración.

Después, cuando vivíamos el sabor amargo de lo ocurrido y estando yo de regreso de mi primera misión como emisaria presidencial, comenté el asunto de los francotiradores con una calificada persona de mi confianza del área seguridad. No se inmutó, solo se sorprendió de mi desconocimiento y me ofreció un regalo. Poco tiempo después me trajo un voluminoso legajo de copias de informes y fotos de inteligencia relativas a décadas de actividades de ex guerrilleros así como de contactos de éstos incluso con insospechadas personalidades de la vida de la nación. Aquel material me resultó impresionante, lo clasifiqué de algún modo y como juego del destino, casi todo se me extravió en una mudanza.

Quienes hoy actúan con omnipotencia desde el poder en su guerra contra la Nación y la República, se apropian y celebran con orgullo el dolor de aquellos días como precursores de sus ulteriores triunfos, lo que encuentro confirmatorio de sus propósitos de antes y de ahora.

* Testigo de excepción.

Fotografias:  Cortesía  de El Nacional y Últimas Noticias. Fotógrafos: Tom Grillo, Alejandro Delgado, y otros.

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