Por Eduardo Martínez
Más que los triunfos y los tesoros, las guerras enseñan lecciones. De los triunfos quedan las medallas, de las rapiñas quedan los tesoros, pero el resto es muerte, mutilados, afectados mentalmente, destrucción y odio.
Desde que recuerde, en el mundo hemos tenido guerras. Unas cercanas, otras lejanas y, hasta algunas internas. Mientras más lejos las hemos tenido, más fans locales han acumulado. Porque es fácil estar a favor de un bando cuando no oímos las explosiones ni las balas.
Las lecciones son muchas. La primera es como los bandos en confrontación se levantan con el triunfo o con la derrota. Los primeros tratan de cubrirse de gloria y dejar atrás sus bajas. Los segundos, muestran sus bajas y destrucción, para luego intentar pasar raqueta y levantar fondos para la reconstrucción.
La segunda, es que la guerra comienza en un fecha y hora dada, y la paz no se sabe nunca cuando llegará.
La tercera lección, son los intentos de paz y las instituciones. En los últimos conflictos, a pesar de los buenos oficios y las buenas intenciones, es la ONU la institución que resulta más agujereada.
La cuarta lección, es que pareciera ser la Corte Penal Internacional (CPI), la institución que está tomando el protagonismo a la hora de recoger los cristales rotos.
La quinta lección, y tal vez debiéramos colocarla en un puesto más preponderante, es como los gobiernos destinan y agilizan recursos, desarrollos y tecnologías en pocas horas. Una velocidad de acción que quisiéramos verla para acelerar las investigaciones que den al trasto con el cáncer, el hiv y otras voraces enfermedades. Porque hasta el momento, la mayor parte de las iniciativas están empujadas por la caridad pública.
La sexta lección, y se recuerda a cada momento en los desfiles oficiales y conmemoraciones patrióticas, son los pechos repletos de medallas que quedaron sembrados después de cada guerra.
Y una lección, que mejor no numeramos, de como en países como los nuestros, hay pechos sembrados de medallas sobre las guerreras, sin que el portador -ese que las exhibe- haya pasado remotamente por un campo de batalla, disparado un solo tiro al aire o arriesgado su vida, más allá, de las refriegas palaciegas propias para obtener un cargo o mantenerlo.
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