Por Eduardo Martínez
Tal vez el mundo se nos hizo muy grande para los venezolanos que nos quedamos en Venezuela. Aunque, para los que han emigrado, pareciera que ninguna distancia es demasiado lejos. Hoy por hoy, venezolanos viven en todos los continentes, y en casi todos los países.
Sin embargo, para ver el mundo en toda su dimensión, son tantos los problemas, que debemos también “tal vez”, dedicarnos a focalizar -también un poco- al continente americano, desde Akaska hasta la Patagonia.
Un amigo, acucioso lector de las noticias y preciso en sus apreciaciones, nos comentó ayer que “no tenía una lectura clara de lo que nos sucede en estos momentos”. Añadiendo que “se ha introducido un elemento a la política que no estaba tan aparente otrora: la violencia”.
Quienes tienen el don de la palabra, y este amigo lo tiene, el don se caracteriza no solo por decir mucho, sino que no necesitan muchas palabras para dar en el blanco.
Lo que a su vez tiene la propiedad de obligarnos a buscar elementos, que aunque están a la vista no los vemos. Y eso, es un empujón que nos obliga a reflexionar.
El pensar en el futuro tiene dos partes. De un lado, a todos nos inquieta conocer el futuro. De otro lado, deseamos abordar ese futuro de acuerdo a nuestros deseos.
Para poder llegar a dónde queremos llegar, las técnicas de planificación estratégica requieren que conozcamos cuál es nuestro punto de partida. Es decir, dónde estamos y con cuáles recursos contamos.
En este sentido, nos hemos habituado a leer las noticias diarias, a enterarnos que sucede, local y más allá de nuestras fronteras. Lo que en nuestra circunstancia no es tan fácil.
En la Venezuela de esta época, a diferencia de otras épocas, es más fácil acceder a informaciones de cómo va la guerra en Ucrania, que enterarnos en Caracas que está sucediendo en las poblaciones del Tuy mirandino, a escasos kilómetros de distancia.
Nuestro entorno goza de una oscuridad, aparentemente sin límites. Los medios de comunicación son desafortunadamente unicolores. El espectro radiofónico obedece a una hegemonía comunicacional, que nos oculta lo que sucede, y que a la vez dice lo que se quiere que se sepa, sea verdad o mentira.
A pesar de esto, en América vienen sucediendo situaciones que parecieran rodearnos de manera amenazante.
Si dedicamos nuestra atención medio minuto a los países americanos, encontraremos en esa visión a vuelo de pájaro, que la violencia es el factor común.
Violencia de la cual no escapa ningún país, ningún sector dentro de los países, en cualquier lugar y en cualquier momento.
¿Cómo evitamos que esta violencia nos toque? Aunque pareciera ser difícil, hay ejemplos de países que han logrado mantener a raya las acciones que atentan en contra de la civilidad y la vida pacífica.
Una acción habitual de los regímenes con vocación autoritaria es caer en la tentación de hacer uso de la represión para mantener la paz ciudadana. Lo que termina siendo una forma de “violencia de Estado”, con todo lo que eso implica. Y tenemos los ejemplos de La Rotunda, de principios del Siglo XX, a La Tumba, de principios del Siglo XXI.
La historia nos ha enseñado que la represión lo que logra es la contención, represando los sentimientos colectivos e individuales de la población. Lo que termina siendo una paz relativa en un principio, para luego convertirse en estallidos en el momento menos pensado. Lo que al final, nadie en su sano juicio desea. Por cuanto se transforma en pobladas que se llevan por delante todo lo que consiguen a su paso, incluyendo tanto a los culpables como a inocentes.
Debemos reflexionar sobre esta situación. La violencia pareciera estar a la vuelta de la esquina. No se ve claro el futuro, y todavía no se ve la luz al final del túnel de la crisis.
NR: si bien La Rotunda fue construida en 1854, adquirió su fama tenebrosa en la larga dictadura de Juan Vicente Gómez (1908-1935).
@ermartinezd