Por Eduardo Martínez
La democracia requiere que gobiernen las mayorías, con la participación de las minorías. Si bien un gobierno de mayoría no puede convertirse en una variante dictatorial, es más perturbador para la democracia que una minoría se convierta en el gobierno que impone sus pareceres a la mayor parte de los electores.
Estas limitaciones, que permiten a la mayoría gobernar sin ignorar a las minorías, no puede nunca permitir que sean las minorías las que gobiernen. Y algo de esos viene pasando.
En buena parte de los estados occidentales se ha instaurado el mecanismo o la idea, de que para gobernar sea necesaria una mayoría absoluta.
En tanto el mundo era en principio bipolar -dos polos con fuerza electoral- este principio de la mayoría absoluta produjo gobiernos estables, por lo menos en la mayor parte de los países democráticos.
El mecanismo de la mayoría absoluta es lo que ha impulsado el mecanismo de la “segunda vuelta”. Una previsión legal que ha funcionado en algunos países, para elegir a los parlamentarios y gobernadores y alcaldes.
Cuando se trata de elecciones presidenciales, esta modalidad de la segunda vuelta tiene la desventaja que un candidato que obtiene una clara mayoría en la primera vuelta -sin sobrepasar el 50% de los votos- puede perder por un margen mínimo en la segunda vuelta, por cuanto el resto de candidatos se pudieron de acuerdo de acuerdo para evitar que gane la segunda vuelta. El resultado es que, la minoría de pocos votados candidatos pueden determinar quien asumirá la presidencia.
El mecanismo que permite esto, en algunos países y no en todos, ha sido perfeccionado para evitar los desequilibrios.
Eso no ocurre generalmente. Por cuanto, cuando la votación está muy fragmentada la votación que obtienen los partidos, es casi imposible lograr la mayoría parlamentaria necesaria para lograr los cambios de las leyes electorales. Con lo cual se sigue practicando articulados legales que impiden lograr que las mayorías gobiernen.
El mecanismo perverso
Al bloquearse la perfección de los instrumentos legales electorales, lo que se ha venido imponiendo en los sistemas democráticos son las maniobras para que las minorías tengan posibilidades de gobernar -no de no ser ignoradas- llegándose al exabrupto que hasta les permita gobernar hasta cuando no cuentan con la mayoría para hacerlo.
También hay otros extremos que estamos viendo, donde un partido que obtiene una mayoría circunstancial en un momento, logra cambiar las leyes electorales que le permitan seguir gobernando -aun luego de haberse convertido en una minoría.
Ese extremo no es nada nuevo. Adolfo Hitler, con algunas variantes, lo ejecutó en Alemania en los años 30 del siglo pasado. Así pasó de tener una mayoría parlamentaria no absoluta, a un régimen dictatorial absoluto de un solo partido.
En países que son democráticos, en los últimos tiempos se vienen experimentando estos mecanismos perversos. Lo que ha sido favorecido por varios factores: por la fragmentación de los partidos, la liberalidad naciente y creciente de las sociedades, y sobre todo, el desarrollo tecnológico.
Estas nuevas tecnologías, que han permitido a las sociedades tener acceso a todo tipo de informaciones en las palmas de sus manos (celulares inteligentes), sin tener muchas de las veces, la capacidad y preparación para discernir cuáles son “verdad” y ciertas, cuáles propuestas son válidas y cuáles son apropiadas para los problemas que se les ha señalado que son los problemas que hay que solucionar.
Lo que surgido con estos factores, y otros tantos, es una inestabilidad de los gobiernos. Ya las elecciones no logran definir, en el estado de fragmentación política, quién debe gobernar.
Torciendo rabos
Siempre la culpa recae en los políticos. Pero… ¿en cuál categoría de políticos?
En aquellos que lo primero que hacen, al llegar al poder, es reformar el sistema electoral para perpetuarse en el poder. Lo que a veces logran con un simple cambio electoral. Aunque cuando esta vía ya no les sirve, van con engaños al cambio constitucional.
El cambio constitucional, casi siempre, está montado sobre un también perverso cambio ad-hoc del sistema de lección de los constituyentes. Tal vez un ejemplo que en Venezuela tengamos cercano, cuando con el gobierno de Hugo Chávez, con el 65,8% de los votos, obtuvo el 95% de los puestos en la Asamblea Nacional Constituyentes.
Un robo electoral cuyas consecuencias en magnitud – 24 años después- todavía estamos viendo crecer.
Ese cambio constitucional, en el caso de Venezuela, significó también la destrucción de los mecanismos e instituciones democráticas. Entre ellas el de la separación de poderes. Y no fue la única perversión.
Hoy en día, cuando se percibe que el régimen Chávez-Maduro está reducido a un mínimo apoyo por parte de la población, se utilizan las instituciones para impedir electoralmente un cambio de gobierno: inhabilitaciones, procesos penales, extrañamiento del país, encarcelamientos, persecuciones, uso público y vergonzoso de los recursos del Estado, etc. Con lo que se destruye otro principio democrático: el de la “alternabilidad”.
Presente y futuro
En Venezuela el presente lo tenemos claro. Estamos frente a un régimen, que en indiscutible minoría, ejerce un desproporcionado poder orientado a mantenerse en el poder, por todas las vías posibles, sean buenas o malas.
Nunca antes, burócratas políticos le han torcido tanto “los rabos a los cochinos”. Algunos de ellos operadores legales, que por lo gorditos que están, ya deben haberse comido los cochinos, incluyendo los rabos.
Todo tiene sus límites, y más que quedarse colgando de las brochas, se están quedando colgados de un rabo de cochino. Lo han torcido tanto, que ya no engañan a nadie.
Cuando políticos le tuercen el rabo al cochino
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