Arlán Narváez-Vaz: La astilla del mismo palo

Por Arlán A. Narváez-Vaz R. (*)

Según reza el adagio “No hay peor astilla que la de un mismo palo” y pareciera que eso es exactamente lo que demuestra el caso venezolano, donde quien dirige al país lo ha arruinado completamente mientras que incesantemente se llena la boca ufanándose de ser “obrero”.

Venciendo la tentación no voy a discutir acerca de ese cacareo permanente, utilizado para manipular los sentimientos populares con esta multiplicada versión de aquel “Jaime es como tu”.

Simplemente, me concentraré en mostrar cómo un supuesto obrero es quien más daño le ha hecho, en toda la historia de Venezuela, a los obreros y a dos elementos inherentemente vinculados con esa condición: el trabajo y el salario.

Se puede empezar por el concepto de trabajo y su doble naturaleza, en el anverso destaca como el aporte del trabajador para la producción de bienes y servicios requeridos para satisfacer necesidades de la sociedad y, en el reverso, como fuente de los ingresos que le permitirán al trabajador el mantenimiento de su familia.

Lamentablemente los altos funcionarios de nuestra kakistocracia (gobierno de los más ineptos, con los planes más incapaces) degradan el concepto al concebirlo como el medio a través del cual se concreta una indeseable explotación por parte del patrono capitalista.

Esta retorcida interpretación conduce a cuatro consecuencias indeseables: 1. que se desvirtúe por completo al trabajo como proceso social asociado al progreso del trabajador y de la sociedad; 2 que se trasmute el trabajo en escenario de “lucha de clases”; 3 que se convierte al trabajador en víctima del proceso productivo; y 4. que el Estado intervenga y legisle en la materia perjudicando la producción y usurpando la capacidad de decisión del trabajador.

En la correcta interpretación del concepto de trabajo hay que destacar el trabajo productivo, término que puede tener dos acepciones.

Primeramente, como se dijo arriba, su asociación indisoluble con la producción de bienes y servicios para la satisfacción de necesidades de la población; esto implica que es diferente tener trabajo y producir, que tener un empleo remunerado sin aportar a la producción. Posiblemente la mejor forma de entender la diferencia es con dos chistes:

  1. Una persona llega a la recepción de una dependencia pública y pregunta ¿Podría decirme cuánta gente trabaja aquí? Y el recepcionista le contesta, “como el 20%”…
  2. Un venezolano que visitaba la India ve en una calle cualquiera a un señor con turbante, sentado con las piernas cruzadas, tocando un pungi (especie de flauta típica de ese país), frente a una cesta; de repente comienza a salir de ella, a ritmo acompasado, una serpiente de gran cabeza ancha.

Al verla el turista se asusta y grita ¡Una cobra!, a lo que le aclara el hombre del turbante: Si, pero no hace nada… y nuestro compatriota dice de inmediato: “¿Cobra y no hace nada?… ¡debe ser empleado público venezolano!”

La otra acepción del trabajo productivo es la que lo asocia con la productividad. Es importantísimo que se entienda que no es lo mismo producción que productividad.

La producción es la cantidad generada de bienes y servicios mientras que la productividad es la eficiencia en la producción.

La productividad es el gran secreto para el éxito de las personas, de las empresas y de los países, supone hacer mejor las cosas, hacer más con los mismos o con menos recursos.

La productividad deriva en disminuir los costos de producción, lo que permitirá que puedan ser menores los precios de lo producido.

Es obvio que nuestros kakistócratas no lo entienden y, en consecuencia, en lugar de impulsar políticas que promuevan más empleos productivos, adoptan medidas punitivas para proteger a empleados improductivos o, peor aún, engrosan las nóminas públicas con esos empleados improductivos.

En síntesis, el aberrado concepto de trabajo de nuestra kakistocracia desnaturaliza la dignidad del trabajador al divorciarle de su identificación con la producción y relegarle a un rol dependiente de manipulaciones pseudo-ideológicas.

A lo que hay que agregar el daño que también se le hace por los efectos negativos que estas tienen en la producción y en la productividad.

En cuanto al salario, las desviadas concepciones del régimen, en cuanto al trabajo productivo, se concretan también en el plano salarial, de diversas maneras.

Hay que comenzar por lo más obvio, como es el salario mínimo. En este respecto lo primero que destaca es la violación del inequívoco mandato del artículo 91 de la Constitución: “El Estado garantizará a los trabajadores y trabajadoras del sector público y privado un salario mínimo vital que será ajustado cada año, tomando como una de las referencias el costo de la canasta básica.”. Ya me referí a esto en mi reciente artículo titulado “Minúsculo”, en relación con el “aumento” del salario mínimo a partir del primero de mayo.

Bastará con recordar que “… con el nuevo salario minúsculo, al costo del mes de marzo, un trabajador debe ganar 1,26 salarios “integrales” al día para poder cubrir la canasta alimentaria de su familia (estas cifras serán peores con el costo correspondiente al mes de mayo)”.

Ahora bien, si el supuesto aumento del salario mínimo “integral” (SMI), desde enero hasta mayo, fue del 77,78% y el incremento de los precios de enero a marzo que reporta el BCV fue del 124 %, se ve a todas luces que, en términos reales, de poder adquisitivo, se redujo el salario mínimo integral (nótese que el BCV no incluye la inflación de abril, de hecho la Asamblea Nacional acaba de revelar que la inflación del mes de abril fue del 80 %, lo que significa que el incremento de los precios en el último mes fue superior al aumento nominal del SMI).

Esto se ve con igual claridad si contrastamos la cantidad en US$ a la que equivalía el SMI cuando fue anunciado en enero (US$ 6,70 al tipo de cambio “oficial”) con la correspondiente del primero de mayo (US$ 4,70 al tipo de cambio “oficial”): el salario mínimo no se aumentó sino que ¡se redujo en 2 dólares!

La preocupación del “mandatario obrero” por los obreros queda mejor patentizada si reportamos que el SMI ha venido siguiendo una constante disminución desde hace varios años.

Por lo pronto, puede constatarse que a la tasa de cambio oficial para el momento de su anuncio, ha disminuido consistentemente desde US$ 32,41, en septiembre de 2018, hasta los US$ 4,70 del pasado primero de mayo, ¡una reducción salarial de 27,71 dólares!

Esta cada vez más pírrica remuneración se hace más lacerante si se considera que Venezuela llegó a tener durante la vituperada República Civil (mal llamada cuarta república por el oficialismo) el mayor salario mínimo de América Latina y que, cuando Rafael Caldera les entregó la presidencia en 1999, el salario mínimo era equivalente a US$ 290,34.

La perversión del concepto de salario también queda demostrada en que la mitad del SMI no es salario en propiedad, porque se trata del “bono de alimentación”, no se considera remuneración al aporte productivo ni es computable a los efectos de prestaciones sociales, lo cual quiere decir que, en realidad, se denigra el trabajo (y, consecuentemente al trabajador) al desvirtuar al salario como retribución al trabajador por su aporte a la producción.

Tanto el “mandatario obrero”, como los dirigentes sindicales del oficialismo, “embarran más la jaula”, como dice el refrán criollo, cuando justifican el piche SMI haciendo referencia a la supuesta humanidad o bondad del régimen porque “lo compensa” con bonos, cajas u otras dádivas que nada tienen que ver con el concepto de salario, ni con el trabajo, ni con el trabajador.

Resulta indignante e inaudito oír a supuestos obreros defender un salario ofensivamente bajo y, peor aún, defender limosnas compensatorias en lugar de hacer lo que hacen los dirigentes verdaderamente obreros en el resto del mundo: exigir un salario digno acorde con el aporte productivo del trabajador.

Completa la corrosión y el desdibujamiento, de la esencia del trabajo y del salario todo el tinglado, que la kakistocracia ha montado para repartir bonos que no tienen relación alguna con la producción ni el trabajo, que obviamente incluyen los “compensatorios” al denigrantemente bajo SMI.

Un elemento común, en las sociedades exitosas y las economías prósperas, es que sus ciudadanos se sienten orgullosos de poder mantener a sus familias con las remuneraciones producto de su trabajo… eso es lo que un buen padre de familia enseña a sus hijos. Eso es lo que un buen dirigente trata de garantizar para su país.

Termino refiriendo una anécdota absolutamente verdadera: en la cena de despedida a un embajador con quien desarrollé cierta amistad, animado por los efectos etílicos me dijo “profesor me voy sin entender por qué los venezolanos no tienen dignidad… en mi país preferiríamos suicidarnos antes que depender de la limosna del Estado”…

Nuestro “mandatario obrero” les ha hecho un daño terrible a los verdaderos obreros del país, al convertirlos prácticamente en mendigos dependientes de la limosna del Estado, comprobando aquello de que “No hay peor astilla que la de un mismo palo”. ¡Cosas veredes, Sancho!

(*) Profesor UCV / arlanwmun@gmail.com

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