Generalmente uno se encuentra con amigos, conocidos, incluso familiares, y lo primero que preguntan es: ¿cómo está la vaina? Otros, más incisivos, nos dicen: ¿y tú cómo ves la vaina? Estos piensan que uno puede predecir el futuro o lo hacen simplemente por joder y, si les respondes, comienzan a debatir, analizar y terminan enredados en la misma pregunta. Pero hay algo peor: una sociedad puede desperdiciar la oportunidad de reconstruir las instituciones después de haber sobrevivido a su destrucción. Esa es una de las reflexiones que me deja Nelson Lara cuando afirma que su libro no se trata de advertencias vagas, sino de un modelo, de un umbral de no retorno y de una ventana de tiempo que se cierra con cada año de inacción. Hago esta reflexión porque, de ahora en adelante, si alguien me increpa para que le diga cómo está la vaina, le diré: busca “La Autopsia del Poder Mundial”. Porque la vaina está bien jodida.

UNA PORTADA QUE RESUME LA TESIS La portada de “La Autopsia del Poder Mundial” no es un simple recurso gráfico. La balanza quebrada, los documentos constitucionales dispersos, los algoritmos, los símbolos ideológicos y una Estatua de la Libertad fracturada condensan visualmente la pregunta que atraviesa el libro: qué ocurre cuando las estructuras creadas para proteger la libertad terminan debilitadas, capturadas o superadas por nuevas formas de poder. La imagen funciona como una advertencia antes de abrir la primera página: la disputa contemporánea ya no ocurre solamente entre gobiernos, sino entre modelos de sociedad, tecnología, instituciones, recursos e ideas sobre quién debe controlar el poder.
LA AUTOPSIA COMIENZA CON UN DATO
Hay un dato que debería preocuparnos bastante más de lo que parece. Freedom House reportó en marzo de 2026 que la libertad global retrocedió por vigésimo año consecutivo durante 2025: 54 países empeoraron en derechos políticos y libertades civiles, mientras apenas 35 mejoraron. Y hay un número todavía más brutal: solamente el 21% de la población mundial vive actualmente en países que esa organización clasifica como “libres”, frente al 46% de hace veinte años. No estamos hablando, entonces, de una sensación, de una conversación de café ni de la nostalgia de la Guerra Fría. Estamos hablando de una tendencia internacional medida durante dos décadas.
Freedom House examina procesos electorales, pluralismo político, funcionamiento de los gobiernos, libertad de expresión, Estado de derecho y autonomía individual. Su informe de 2026 identifica entre los motores del deterioro los golpes de Estado, los conflictos armados, los ataques de gobernantes electos contra las instituciones democráticas y la intensificación de la represión en regímenes autoritarios. También señala que la libertad de prensa, la expresión personal y el debido proceso se encuentran entre las libertades que más han sufrido durante este largo retroceso.
NELSON LARA: EL HOMBRE DETRÁS DE LA ECUACIÓN
Nelson Lara no llega a esta discusión desde la improvisación ni desde el comentario político de ocasión. Es Doctor en Ciencias Políticas, con posdoctorados en Gerencia y en Neurodecisiones. Ha sido profesor e investigador doctoral y posdoctoral en la Universidad Central de Venezuela (UCV), y su trayectoria académica incluye décadas dedicadas a observar la arquitectura del poder, la toma de decisiones y el comportamiento de las instituciones. Es autor de decenas de artículos publicados en revistas indexadas y de libros de referencia. Ese recorrido explica el tono de “La Autopsia del Poder Mundial”: Lara no presenta el deterioro democrático como una sucesión de accidentes aislados, sino como un proceso que intenta formalizar, medir y convertir en un modelo.
Ese punto es importante porque su propuesta no consiste simplemente en afirmar que el mundo está mal o que las democracias están amenazadas. Lara intenta identificar mecanismos, acumulaciones y umbrales. En otras palabras, busca determinar en qué momento una sociedad todavía conserva capacidad de corrección y en qué momento la concentración del poder ha avanzado tanto que recuperar los contrapesos comienza a resultar extraordinariamente difícil. Esa mirada académica, combinada con la experiencia venezolana, le da al libro una lectura que inevitablemente trasciende a Venezuela.
269 PÁGINAS DE PURA DINAMITA
Pero Nelson Lara no se conforma con hacerle la autopsia al poder. En 269 páginas de pura dinamita, se mete en un debate académico con algunos de los grandes pensadores políticos del siglo pasado y del presente y defiende una idea que, en estos tiempos, resulta casi provocadora: la perfectibilidad de la democracia es posible. Es decir, la democracia no es una obra terminada ni un sistema condenado inevitablemente a devorarse a sí mismo. Puede corregirse, reconstruir sus contrapesos, aprender de sus crisis y perfeccionarse. Pero para hacerlo necesita reconocer a tiempo dónde comienza su deterioro.
En ese debate Lara encuentra un punto de coincidencia particularmente importante con la politóloga Chantal Mouffe, para quien el conflicto no constituye una anomalía que deba ser eliminada de la democracia. Por el contrario, forma parte de la política. El problema comienza cuando dejamos de reconocer al otro como un adversario legítimo y lo convertimos en un enemigo cuya existencia misma consideramos incompatible con la nuestra. Como sintetiza Lara al abordar esta discusión: “el conflicto es consustancial a lo político, pero cuando se transforma en un antagonismo existencial donde el adversario es enemigo, se erosionan los mínimos consensos que permiten la convivencia democrática”.
Y coño, ¿a qué venezolano puede resultarle extraña esa frase? Durante años nosotros vimos cómo la diferencia política dejó de ser diferencia y se convirtió en una guerra de identidades. Chavista y escuálido. Patriota y traidor. Revolucionario y fascista. Pueblo y oligarquía. Después la misma enfermedad terminó contaminando también sectores de la oposición: quien negociaba era traidor, quien votaba era colaboracionista, quien se abstenía también era culpable, quien cuestionaba una estrategia inmediatamente pasaba al paredón de las redes sociales. Dejamos de discutir qué hacer con Venezuela y comenzamos a discutir quién tenía derecho a llamarse venezolano decente.
Ese es exactamente el punto donde la reflexión de Lara y Mouffe adquiere una importancia enorme para el futuro del país. Reconstruir la democracia venezolana no significa eliminar el conflicto. Sería absurdo. Vamos a seguir discutiendo sobre petróleo, privatizaciones, impuestos, Fuerzas Armadas, justicia transicional, sanciones, relaciones con Estados Unidos, China, Rusia y Cuba; discutiremos sobre izquierda y derecha, sobre el tamaño del Estado y hasta sobre qué coño hacer con el chavismo. Eso es política. Una democracia sana no elimina esas diferencias: construye instituciones dentro de las cuales podemos matarnos a argumentos sin tener que matarnos entre nosotros.
Por eso la perfectibilidad democrática que defiende Lara no debe confundirse con ingenuidad. Una democracia puede corregirse precisamente porque permite el conflicto sin convertirlo necesariamente en destrucción. Puede perder una elección y volver a competir. Puede cambiar una ley. Puede declarar inconstitucional una decisión del presidente. Puede investigar al poderoso. Puede permitir que una mayoría gobierne sin autorizarla a desaparecer a la minoría. Y puede garantizarle al adversario de hoy la posibilidad de convertirse democráticamente en el gobierno de mañana. Cuando esa posibilidad desaparece, la democracia comienza a dejar de ser democracia aunque todavía conserve elecciones.
Y aquí regresamos inevitablemente a la ecuación que atraviesa el libro. Porque todo este formidable debate académico desemboca finalmente en algo mucho más sencillo y mucho más aterrador: el tiempo. De nada sirve descubrir cómo se deteriora una democracia cuando ya no quedan instituciones capaces de detener el deterioro. De nada sirve reconocer al adversario cuando ya lo convertimos en enemigo. De nada sirve reconstruir los contrapesos cuando todos fueron capturados. De nada sirve encontrar la salida después de haber cruzado el umbral. Por eso, después de 269 páginas, la idea que me queda dando vueltas no es solamente que la democracia puede perfeccionarse. Es que tiene que hacerlo a tiempo. Y allí está, para mí, la verdadera carga explosiva de La Autopsia del Poder Mundial: la democracia puede salvarse, puede corregirse, puede reconstruirse y puede perfeccionarse. Pero el tiempo se agota.

“Este no es un libro de advertencias vagas. Es un modelo. Tiene ecuaciones, tiene un umbral de no retorno, y tiene una ventana de tiempo que se cierra con cada año de inacción.”
— Nelson Lara, La Autopsia del Poder Mundial
LA VENTANA SE ESTÁ CERRANDO
Aquí es donde el libro de Nelson Lara deja de ser, para mí, una reflexión académica sobre el poder mundial y comienza a parecerse peligrosamente a Venezuela. Porque nosotros sabemos lo que significa perder años esperando. Esperamos que las instituciones reaccionaran, que los militares reaccionaran, que la comunidad internacional reaccionara, que las elecciones corrigieran el rumbo, que las sanciones lo cambiaran, que las negociaciones produjeran una salida y que finalmente alguien hiciera lo que nosotros no habíamos podido hacer. Y mientras esperábamos, la ventana se fue cerrando. Año tras año. Elección tras elección. Negociación tras negociación. Hasta que llegamos al punto en que ya no discutíamos cómo salvar la democracia, sino cómo salir de una autocracia que había utilizado los propios mecanismos de la democracia para destruirla.
Por eso esa frase de Lara tiene hoy una segunda lectura para Venezuela. La ventana también puede cerrarse durante una transición. Podemos perder otra oportunidad histórica si creemos que basta con cambiar al hombre que está en Miraflores sin desmontar la arquitectura que permitió concentrar el poder. Si permanecen intactos los mecanismos de control político, judicial, electoral, militar, policial y económico, el país puede cambiar de presidente y continuar atrapado dentro de la misma ecuación. Y allí está el verdadero peligro del momento venezolano: confundir transición con transformación.

La libertad necesita instituciones capaces de romper las cadenas del poder.
LA AUTOPSIA NO ES SOLAMENTE DE VENEZUELA
Sería demasiado cómodo leer a Nelson Lara pensando exclusivamente en Chávez, Maduro, Cuba o Venezuela. La autopsia que propone es mucho más grande. Lo que está sobre la mesa es un orden mundial que durante décadas asumió que democracia, mercados, instituciones y globalización terminarían imponiéndose casi naturalmente. Los datos de Freedom House obligan, por lo menos, a cuestionar esa tranquilidad. Si la libertad mundial acumula veinte años consecutivos de retroceso, la pregunta de Lara —¿cuánto tiempo le queda a la libertad?— deja de ser una provocación literaria y se convierte en una pregunta política de nuestro tiempo.
Durante buena parte del siglo XX sabíamos, más o menos, cómo reconocer a un enemigo de la democracia. Llegaba con uniforme, cerraba el Congreso, sacaba los tanques, censuraba los periódicos y encarcelaba a sus adversarios. El autoritarismo del siglo XXI aprendió que puede resultar mucho más eficiente conservar parte de la escenografía democrática mientras vacía lentamente el escenario. Puede haber Constitución, elecciones, tribunales, redes sociales, empresarios, oposición y medios de comunicación y, sin embargo, producirse simultáneamente una concentración progresiva del poder. La democracia puede comenzar a morir mucho antes de que alguien firme su certificado de defunción.

Cuando la libertad queda al borde del precipicio, la crisis deja de ser local.
EL NUEVO TABLERO: PODER, TECNOLOGÍA Y RECURSOS
Seguimos intentando explicar el siglo XXI con las categorías del siglo XX: izquierda contra derecha, capitalismo contra comunismo, Washington contra Moscú. Pero el tablero actual es bastante más enredado. Estados Unidos y China compiten por tecnología, cadenas de suministro, semiconductores, minerales estratégicos, mercados e influencia. Rusia busca preservar espacios estratégicos y capacidad de presión. Potencias regionales negocian simultáneamente con distintos bloques. Petróleo, gas, minerales, datos, inteligencia artificial, rutas comerciales y capacidad tecnológica son también instrumentos de poder.
Las líneas ideológicas ya no coinciden necesariamente con las líneas de los negocios. Un Estado puede competir con otro y al mismo tiempo comerciar con él; puede condenarlo diplomáticamente y necesitar sus materias primas; puede sancionarlo mientras negocia excepciones. Los países protegen intereses. Esa realidad es especialmente importante para Venezuela, porque durante demasiado tiempo hemos interpretado cada movimiento internacional como una declaración de amor o de traición hacia nosotros. Washington protege intereses estadounidenses; Pekín, intereses chinos; Moscú, intereses rusos. Venezuela tiene que aprender a proteger, mediante instituciones y reglas estables, los intereses de los venezolanos.

Cuando el poder económico se fractura, la disputa no desaparece: cambia de manos.
VENEZUELA ESTÁ SENTADA ENCIMA DE ALGO QUE EL MUNDO NECESITA
Venezuela no está flotando sola en el Caribe. Está sentada sobre enormes recursos energéticos, ocupa una posición estratégica en el hemisferio occidental y arrastra una crisis política, económica y migratoria con consecuencias internacionales. Por eso sería ingenuo pensar que su futuro se decidirá exclusivamente mediante una discusión moral entre democracia y autoritarismo. Alrededor de Venezuela existen petróleo, inversiones, deuda, migración, seguridad, influencia internacional y competencia entre potencias. Todos esos intereses existen y cada actor los defenderá desde su propia perspectiva. Pero ninguno sustituye el interés de los venezolanos por reconstruir una República.
El petróleo no tiene ideología. El capital pregunta por seguridad jurídica, estabilidad, contratos, rentabilidad y riesgo. Las potencias preguntan por acceso, seguridad, influencia y recursos. Y allí aparece uno de los mayores peligros de cualquier transición: que la necesidad internacional de una Venezuela estable termine siendo más urgente que la construcción de una Venezuela verdaderamente democrática. Estabilidad y democracia pueden coincidir, pero no son sinónimos. Un país puede ser suficientemente estable para producir petróleo, pagar deuda, controlar migración y firmar contratos sin haber construido todavía instituciones plenamente independientes.

Petróleo, crisis y geopolítica: Venezuela no puede analizarse fuera del tablero mundial.
EL ALGORITMO TAMBIÉN GOBIERNA
Hay otro elemento de la portada del libro de Lara que no debemos tratar simplemente como decoración: los algoritmos. El poder contemporáneo dispone de herramientas que los autoritarismos del siglo XX jamás tuvieron. Cada ciudadano lleva voluntariamente en el bolsillo un dispositivo que registra hábitos, búsquedas, movimientos, consumos y relaciones. Eso no convierte automáticamente la tecnología en un instrumento autoritario. También sirve para informar, organizar, denunciar y controlar al poder. El problema aparece cuando enormes capacidades de datos, vigilancia, inteligencia artificial y manipulación informativa se combinan con instituciones incapaces de controlar a quien controla la tecnología.
Antes había que cerrar un periódico para impedir que una noticia circulara. Hoy también puede ahogarse dentro de millones de contenidos. Antes la propaganda intentaba convencer a una población completa con el mismo mensaje. Hoy los sistemas digitales permiten segmentar audiencias y personalizar contenidos. La disputa por la libertad ya no ocurre únicamente dentro de los parlamentos, los tribunales o los cuarteles. También ocurre dentro de una pantalla de seis pulgadas.

¿CAYÓ EL HOMBRE O CAYÓ EL SISTEMA?
Aquí regreso a Venezuela. Durante años cometimos un error comprensible: personalizamos el problema. Chávez. Maduro. Diosdado. Delcy. Terminamos creyendo que sacar una pieza del tablero significaba cambiar el juego. Pero las autocracias modernas no funcionan solamente alrededor de un hombre. Construyen sistemas. Crean tribunales, fiscalías, organismos electorales, servicios de inteligencia, leyes, estructuras económicas, mecanismos de vigilancia y redes de intereses capaces de sobrevivir incluso a quien originalmente las creó. Por eso la pregunta importante no es solamente quién está o quién estará en Miraflores. La pregunta es si desaparece la arquitectura que permite que una sola persona, partido o grupo vuelva a concentrar demasiado poder.
Cambiar al hombre no necesariamente cambia la ecuación. Si sobreviven los mecanismos que permiten controlar jueces, fiscales, militares, elecciones, contratos, información y presupuesto, Venezuela podrá cambiar de presidente, de partido, de discurso y hasta de ideología, pero conservará intacta la enfermedad. El verdadero cambio ocurre cuando cambia la relación entre el gobernante y el poder, cuando existen instituciones capaces de ponerle límites incluso al gobernante que nos gusta.
LA AUTOPSIA QUE TODAVÍA PODEMOS EVITAR
La gran discusión venezolana no debería limitarse a quién ocupará Miraflores. Esa pregunta es demasiado pequeña. La pregunta verdaderamente importante es qué vamos a colocar alrededor de Miraflores para impedir que quien llegue allí vuelva a convertirse en dueño del país. Qué instituciones podrán decirle que no. Qué juez podrá fallar contra él. Qué periodista podrá investigarlo. Qué fiscal podrá procesar a uno de sus funcionarios. Qué organismo electoral podrá proclamar su derrota. Qué militar entenderá que obedece a la Constitución y no al presidente. Y, sobre todo, qué ciudadano podrá cambiar a un gobernante con un voto sin tener que derribar primero todo un régimen.
Ese es el verdadero sentido que encuentro en la advertencia de Nelson Lara. La ventana de tiempo no se cierra solamente cuando una autocracia se consolida. También puede cerrarse cuando una sociedad desperdicia la oportunidad de reconstruir las instituciones después de haber sobrevivido a ella. Freedom House dice que llevamos veinte años consecutivos de retroceso mundial de la libertad. Nelson
Lara habla de ecuaciones, de un umbral de no retorno y de una ventana que se cierra con cada año de inacción. Venezuela conoce demasiado bien las tres cosas.
La diferencia es que esta vez ya sabemos cómo termina la película. Y sería imperdonable volver a verla desde el principio. Por eso, cuando alguien vuelva a preguntarme cómo está la vaina, ya tengo la respuesta: busca “La Autopsia del Poder Mundial”. Léelo, discútelo, contradícelo si quieres, pero mira la ecuación. Porque, mientras seguimos preguntando quién gana la próxima jugada, la pregunta de fondo sigue allí: ¿cuánto tiempo le queda a la libertad? Y sí, a calzón quitao: la vaina está bien jodida.
FUENTES Y CRÉDITOS
Freedom House, Freedom in the World 2026: The Growing Shadow of Autocracy, publicado el 19 de marzo de 2026. Datos citados: vigésimo año consecutivo de retroceso global; 54 países con deterioro, 35 con mejoras; 21% de la población mundial vive en países clasificados como libres, frente a 46% dos décadas antes.
Cita y reseña curricular de Nelson Lara elaboradas a partir del material suministrado para esta columna. Portada del libro y fotografía del autor: material suministrado por el autor de la columna.
Ilustraciones: material aportado por el autor de la columna. Cortesía indicada: “crisis del dibujo, ejemplos y vectores disponible libre de derechos”. Algunas imágenes aportadas conservan marcas de agua de bancos de imágenes; antes de publicación comercial debe verificarse la licencia correspondiente.
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