Por: víctor Maldonado
Las instituciones son el conjunto de reglas, acuerdos y convenciones
sociales que regulan la vida pública, fundan la confianza y permiten un
funcionamiento fluido, a partir de reglas del juego respecto de las
cuales todos tienen la expectativa recíproca del acatamiento universal.Sin ellas priva la montonera, la duda, la suspicacia y el esfuerzo
improductivo. Y los enemigos de la libertad lo saben. De allí el
esfuerzo desmedido de esta revolución para dejarnos al desamparo,
demoliendo todas y cada una de las convicciones y prácticas ciudadanas.
Ellos saben que al margen de las instituciones, todos somos más
frágiles y prestos a someternos a las disposiciones de la autocracia.
Por eso el combate a muerte contra los esfuerzos que hemos invertido en
construir y acatar las instituciones de la libertad.
Me refiero, por supuesto, a la extraordinaria labor social que ha
significado la vigencia de la Mesa de la Unidad Democrática y cada una
de sus expresiones, que comenzó con los acuerdos para un funcionamiento
estable -más allá de lo electoral- sin pretender ignorar los retos de
la diversidad y el pluralismo democráticos, se esmeró en la
presentación al país de los lineamientos programáticos, y tiene uno
de sus más rotundos éxitos en el haber llevado a cabo un cronograma
electoral para la realización de primarias, universalmente acatado, y
que contó como reconocimiento y contraparte, una masiva participación,
esos tres millones de personas que sin prestar oídos a las amenazas o a
la desesperanza, cambiaron un día de cola por seis años más de
tiranía. Las instituciones de la libertad son todos estos esfuerzos,
con liderazgos, autoridad y responsabilidades, que nos hemos provisto y
acatado. Y que contrastan con esa concentración del poder tan propia de
los autócratas, pero tan peligrosa e inútil como el perro que intenta
morderse la cola. Esta vez, sin estridencias ni aspavientos, hemos
edificado una institucionalidad que nos ha permitido mantener los
consensos, preservar la unidad y obtener resultados irrefutables. Una
inmensa ganancia que hay que reconocer a todos los actores sociales que
la han hecho posible. Y que nos toca a nosotros preservar de los ataques
y descalificaciones que vendrán desde el sector oficial, precisamente
porque son las instituciones las que nos dan esa fortaleza, las que nos
permiten el contraste, y las que posiblemente nos darán la oportunidad
de relevar el régimen para construir un nuevo modelo de convivencia,
fundado en la democracia y en la libertad.
Quedan muchos retos. El mantener la fe y la confianza. El seguir firmes
en la disciplina de la solidaridad, para seguir acopiando victorias. El
no desdeñar el mensaje unitario, integrador e incluyente. El
reflexionar sobre la justicia retributiva para dar una respuesta
apropiada a los que han sufrido expoliación. El no perder la
oportunidad para revisar los errores de la vieja política, que siempre
apuesta al caudillo, y hacer todos los esfuerzos posibles para sentar
las bases de una fuerte unidad nacional, que no tema acopiar la pujanza
de la sociedad civil, ni se apene por conjugar el arrojo de la
dirigencia de los partidos políticos.
El 12 de marzo de 1990, Patricio Aylwin, se dirigió por primera vez a
los chilenos como Presidente de la República, el primero luego de 17
años de dictadura militar. Su mensaje puede ser parafraseado como parte
de nuestra agenda impostergable: restablecer un clima de respeto y de
confianza en la convivencia entre los venezolanos, cualesquiera que sean
sus creencias, ideas, actividades o condición social, sean civiles o
militares, porque Venezuela es una sola! ¡Las culpas de personas no
pueden comprometer a todos! ¡Tenemos que ser capaces de reconstruir la
unidad de la familia venezolana! Sean trabajadores o empresarios,
obreros o intelectuales; acortar las agudas desigualdades que nos
dividen y, muy especialmente, elevar a niveles dignos y humanos la
condición de vida de los sectores más pobres; impulsar el crecimiento
y asegurar la estabilidad de nuestra economía; mejorar los términos de
intercambio de nuestro comercio exterior; contribuir con nuestros
mejores aportes a la democratización, al desarrollo e integración de
América Latina y a la consolidación de la paz en el mundo;
implementar, en fin, las políticas diseñadas en el programa de
gobierno que la MUD presentó al país. No hay tiempo para el odio. Hay
que trabajar para que volvamos a ser libres.
Víctor Maldonado C
Twitter: @vjmc