Víctor Maldonado: Época de transiciones

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por: Víctor Maldonado C.

Uno de los signos más claros de la represión que estamos viviendo es la apropiación oficial de palabras y el esfuerzo de la claqué oficial para vaciarlas de contenido hasta hacerlas irrelevantes.  El último esfuerzo al respecto tiene como posible víctima a la transición, y por tanto a cualquier alusión que se haga al cambio. Y sin embargo, eso es lo que está ocurriendo, a pesar de la adusta resistencia de los guardianes de la tiranía.

El DRAE propone una acepción que hay que tener en cuenta: “Acción y afecto de pasar de un modo de ser o estar a otro distinto”. La palabra no puede divorciarse del intento de advertir que entre dos momento del ser o del estar de una persona, un país o una organización, hay un trámite que se debe agotar, precisamente el relacionado al pasar de una condición a otra. Robert Nisbet tiene un concepto de cambio que se puede asimilar a este planteamiento: “una sucesión de diferencias que a lo largo del tiempo van afectando a una identidad persistente”. De acuerdo al sociólogo norteamericano, ocurre una tensión constante entre la variación y la persistencia. Este choque de fuerzas ocurre a lo largo del tiempo, afectando la condición sin tornarla en algo absolutamente diferente. Siempre quedará algún rasgo que nos permita reconocernos a pesar del acopio sucesivo de nuevas circunstancias. Adam Smith solía decir que “estábamos condenados a tener los sentimientos que tenemos” por más contrición que podamos anunciar. Y quien mejor lo expuso fue Rubén Darío en ese bello poema titulado “Los Motivos del Lobo”. El cambio no será lo suficientemente fuerte como para modificar la esencia, y siempre habrá una justificación para volver a ser el mismo de siempre. De eso precisamente trata la persistencia, antítesis del cambio.

Lo que sí ocurre e impacta es la transformación de las circunstancias y las expectativas del resto respecto a lo que una persona, un liderazgo o una condición pueda significar. Hans Christian Andersen lo imaginó muy bien cuando escribió El traje nuevo del emperador. Son los demás los que comienzan a ver las cosas tal y cual son. Y al final, si el soberano anda desnudo haciendo el ridículo él y su corte, alguien se atreverá a denunciar lo que algunos no ven y otros no quieren decir, que allí solo hay impudicia y desfachatez.

Así que pueden tenerle miedo o pueden intentar demonizar la palabra, pero hay dos transiciones que están entretejidas. La primera y más importante es la que está afectando al presidente, que está sufriendo el tránsito de la época carismática de su liderazgo a la postcarismática, sin haber hecho ninguna de las tareas que garantizaban su supervivencia política. No deja legado en obras, su discurso es inconsistente con la realidad que todos observan, los poderes públicos y otras instituciones republicanas lucen devastados, no hay evidencia de “milagro” alguno en la redención de la justicia social, y para colmo no tiene sucesor ni organismo que sea capaz de dirigir con razonable éxito todo este proceso. Chávez luce vencido por tres de sus enfermedades  más relevantes:  el ansia de poder que no ha podido transformar en gestión de gobierno, un narcisismo patológico que ha sido el mayor obstáculo para organizar un equipo de trabajo que sustente sus ambiciones, y el cáncer que por ahora lo tiene inmunosuprimido e inhabilitado para dar la cara. La lástima que produce su condición humana no es lo suficientemente poderosa como para ocultar el monumental fracaso tras trece años de poder absoluto. No es que van a desaparecer ni su figuración pública ni su planteamiento político, pero está en vías de transición hacia otro momento, mucho más escuálido. Weber diría que no aprovecho el tiempo para rutinizar su carisma. En cambio, se empalagó con el escándalo de la irracionalidad revolucionaria.

La otra transición tiene que ver con el tiempo que nos va a tomar el desmontaje de un país rentista y cercado por la impunidad, el autoritarismo y la corrupción, para volver a erigir  instituciones creíbles y autónomas que apalanquen una nueva relación con la sociedad. Tampoco esta va a ser fácil. No habrá amanecer repentino sino sucesivas progresiones. Y los mayores peligros que vamos a enfrentar son la insensatez del populismo, el reduccionismo tecnocrático y la espiral de complicidad y silencios que nos tientan para que no le hablemos con claridad al pueblo.

El chavismo es fundamentalmente una condición de ebriedad social por la que nos negamos a hacer nuestra labor histórica. La fenomenal rumba de recursos y talento tendrá que pagarse en términos de austeridad republicana y construcción de prioridades. Arrancar de nuevo con el país moderno no será fácil.

e-mail: victormaldonadoc@gmail.com

 

 

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