Víctor Maldonado: El laberinto de la impopularidad

«Entonces, no es tan fácil transformarse en un tirano cuando ese tránsito se hace desde las alturas del respaldo popular hasta los sótanos del más patético desencanto. De eso se trata el convertirse en un apestado político, en la más patética soledad, en la exigencia creciente de imponerse al resto.», nos dice Víctor Maldonado en su análisis de hoy

Por: Víctor Maldonado C.

La impopularidad es el nombre común de una categoría política más sofisticada. Es el descreimiento progresivo e irreversible en la validez de un régimen de dominación que impide la obediencia sumisa propia de los gobiernos legítimos. Ser un gobernante impopular no significa otra cosa que tener que imponer por la vía de la coacción lo que antes hacían por cuenta del mandatario como libre iniciativa. Ser impopular es forzar constantemente la conducta del resto, que se comporta como protagonista de un proceso indebido de sometimiento y también como espectador insatisfecho de todos y cada uno de los actos de fuerza que se cometen contra ellos. Ser impopular es no contar con la venia de la mayoría para instrumentar un plan de gobierno. Es carecer de la confianza social y perder el vigor político que da el sentirse acompañado por los buenos deseos del pueblo. Ser impopular es dejar de ser un líder para transformarse en otra cosa mucho más macabra.

Las encuestas dan cuenta de una tendencia que se va haciendo persistente. El líder del proceso ya no es una figura carismática. El comandante ha despilfarrado toda su popularidad en el tráfago de errores e inconsistencias que lo muestran como un improvisado aun cuando tiene doce años en el poder. Con menos del 30% de popularidad el apoyo viene a ser un recurso muy escaso y el pueblo se transforma en una entelequia costosa al tener que comprar cada aplauso y pagar una tarifa muy alta por cualquier intervención a su favor. No debe ser fácil la transición psicológica entre ser furor y convertirse en una decepción. Debe ser un tránsito muy amargo el irse convenciendo de que ya no cuenta con esa incondicionalidad mayoritaria que juraba mantenerse con el proceso sin importar incluso cuanta hambre y desempleo se estuviera sufriendo. Toda esa euforia es cosa del pasado. Ahora tiene que enfrentar la disyuntiva del post-carisma recurriendo a la violencia como único argumento disponible para seguir al frente del gobierno los escasos meses que le quedan de período constitucional.

Cuando un presidente no tiene ni popularidad ni prestigio no le queda otra opción que el uso sistemático de la fuerza. No siempre se logran con éxito esas acrobacias políticas, que por otra parte nunca son elegantes. Tal y como lo estamos sufriendo requieren una dosis tóxica de cinismo y desparpajo para desasirse de cualquier compromiso constitucional y pasar a ser el tirano que vacía de atribuciones el congreso, desconoce la inmunidad de los nuevos parlamentarios, destroza la honorabilidad del sistema judicial y anula cualquier prestigio que haya podido tener el Poder Moral. Pero con dos tercios del país en contra alguna certeza debe tener el dictador para continuar por esa vía como si nada hubiera cambiado. Tal vez sea que confía en la probabilidad de contar con el acatamiento de la institución militar y con el poder de fuego que esa obediencia le confiere. Por lo visto en los últimos días da lo mismo si es una protesta del sector informal o la resistencia demostrada por los ganaderos del sur del Lago. El único argumento que le queda al gobierno es una tanqueta.

El problema de confiarse exclusivamente en la capacidad de convicción de una tanqueta es que quienes la manejan también están expuestos al clima político de impopularidad que afecta la legitimidad del régimen. La lógica de la revolución armada victoriosa tiene la misma vigencia que el apoyo con el que cuente el régimen, pero será más imposible en la misma medida que la institución militar aprecie una disonancia creciente entre el rol prescrito constitucionalmente y el que efectivamente están asumiendo, sobre todo si sienten y les pesa el reclamo constante de la sociedad civil que le demande con firmeza y constancia un apego más irrestricto a la ley y el respeto incondicional a los derechos humanos garantizados por la Constitución. Entonces, no es tan fácil transformarse en un tirano cuando ese tránsito se hace desde las alturas del respaldo popular hasta los sótanos del más patético desencanto. De eso se trata el convertirse en un apestado político, en la más patética soledad, en la exigencia creciente de imponerse al resto. Pero el resto son todos, también los que inicialmente pueda pensarse que están alineados en las escuálidas filas del apoyo. Si esto no fuera cierto no tendría sentido la extraña “ley anti-talanquera” o las centenas de oficiales que son obligados a dejar su carrera o hacerla desde sus casas.

La tiranía es el último recurso de los gobernantes desesperados.

e-mail: victormaldonadoc@gmail.com

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