Por Eduardo Martínez
Sin separación de poderes, Venezuela se convirtió en un amasijo de responsabilidades que nadie asumió durante 27 años. Nunca se rindieron cuentas. Y así el erario público se fue agotando hasta quedar totalmente vacío. Para un régimen que no se preocupó en generar riquezas, solo en gastarla, el dinero se utilizó descaradamente con el único fin de establecer un control social para mantenerse en el poder.
Cuando el dinero se agotó, el poder quedó vacío. Fue una gestión gubernamental que no fue más allá de su gasto.
Las tareas propias de un gobierno, de cualquier gobierno, fueron encomendadas a contratistas extranjeros tarifados: la salud, la construcción de infraestructuras, la seguridad, y hasta las mismas labores gubernamentales -de siempre emprendidas por venezolanos- quedaron en manos extranjeras.
Mientras se ejecutaba esas políticas de desnacionalización, se reprimían e incautaban los emprendimientos privados. Para ello se utilizaron dos herramientas: el control cambiario, el control de precios y la inflación.
En muchos casos, se copiaron las experiencias comunistas para acabar con las empresas privadas.
Las que no se apropiaron con artilugios legales, las dejaron morir de mengua restringiendo el acceso a las divisas. Lo que llevó a que fueron los mismos propietarios quienes decidieron cerrar las empresas.
Lo que no se dio cuenta la nomenclatura de la revolución bonita fue que con esas políticas iban perdiendo el respeto de los venezolanos, la confianza de los organismos multilaterales de financiamiento y la seriedad ante los foros internacionales. Y como si fuera poco, la corrupción socavó las bases morales de la estructura de poder de lo cual terminaría quedando el esqueleto sin sustancia.
El golpe maestro apareció el pasado 3 de enero, cuando una fuerza de tareas invadió el territorio nacional, adentrándose en la principal base militar para extraer a quien fungía como presidente y a la mujer con quien compartía su soledad de presunto poder.
El poder se había quedado vacío, sin gente, sin apoyos, sin legitimidad, sin respeto, sin ingresos, traicionado por los mandos militares que habían quedado reducidos a una guardia pretoriana que lo protegía; y lo peor que le puede pasar a un gobernante: sin 10 millones de connacionales que emigraron.
Ese vacío no ha sido llenado. Lo que está en escena en los últimos seis meses, es una tarima de teatro con un guion transmitido tipo Cashea: a plazos y con incómodas cuotas, bajo la sigilosa mirada de un peligroso acreedor. “Si se resbalan, pierden”.
Habrá quien vea al poder en Venezuela como la botella de vidrio de los borrachos. El optimista lo verá como “medio lleno”. El pesimista lo verá como “medio vacío”. El problema es que esta botella de poder no tiene nada adentro.
* Editor del portal eastwebside.com
Especial para la “Serie El Estado Fallido de Los Papeles del CREM”, editado por Raúl Ochoa Cuenca.