A 66 años del “23 de enero de 1958” publicamos el recuento de los 23 días de ese enero. Escrito por el historiador Carlos Alarico Gómez, recoge los testimonios cruciales para conocer la verdad de esa historia.
El Editor
Por Carlos Alarico Gómez
El primero de enero de 1958, en horas de la madrugada, comenzó el movimiento cívico-militar que concluiría con el derrocamiento del régimen de Pérez Jiménez el 23 de ese mismo mes. Fue un lapso de gran inestabilidad que afectó al país en todos los órdenes. Como es costumbre en Venezuela, durante los grandes traumas políticos los medios de comunicación fueron ocupados antes y después de caer la dictadura. Ese Gobierno llevó al país a un indudable engrandecimiento en todos sus niveles, pero a pesar de eso un considerable sector de las Fuerzas Armadas y del liderazgo nacional se sentía asfixiado por la ausencia de libertades individuales y por la fuerte represión de los cuerpos de seguridad.

La situación se agravó cuando un grupo de militares que esperaba un cambio institucional en las elecciones recientemente celebradas se sintió molesto por la realización del plebiscito. Los sacerdotes, que deseaban regresar a la democracia y clamaban por una mayor justicia social, querían que se aplicara la famosa pastoral del padre Arias, con resultados infructuosos. Y, para completar la opinión adversa, los empresarios estaban molestos porque no les habían pagado las acreencias. Por último, aunque el origen golpista de su mandato pudiera no ser considerado como un argumento valedero, dados los antecedentes en la historia nacional se debe tomar en cuenta que el pueblo ya había conocido lo que era la libertad de expresión y deseaba volver a disfrutarla a plenitud.
El plebiscito fue sin duda el error más grave cometido por Marcos Pérez Jiménez, ya que su abierta intención de perpetuarse en el poder dividió a la institución armada y fortaleció a la oposición civil, provocando la rebelión militar del primero de enero y el posterior derrocamiento del régimen. El suceso se desarrolló con voluntades disímiles, que convergieron ese día en torno a una causa común. Era necesario que se unieran factores envolventes para derrocar la tiranía, lo cual se comprobó plenamente el 23 de enero, en el que participaron actores de los diferentes estratos y tendencias, demostrando poder suficiente para incidir en el resultado obtenido.

Los insurrectos se habían adueñado completamente de la ciudad. El Cuartel Páez, donde funcionaba el grupo principal de artillería y la compañía de transporte, fue tomado por el capitán Luis Enrique Sucre. El Cuartel Sucre, que era el lugar donde estaba ubicado el Batallón y la Escuela de Paracaidistas, fue declarado en rebeldía por su propio comandante, mayor (Ej.) Luis Evencio Carrillo, secundado por el capitán Enio Ortiz Cordero. El capitán Juan Massó Perdomo, por su parte, tomó control del Cuartel Bolívar, apoyado por la mayor parte de la oficialidad. La Escuela de Aviación Militar y las bases aéreas de Palo Negro y Boca del Río también fueron progresivamente ocupadas por los insurgentes. Los improvisados locutores militares hablaban en nombre del Frente de Liberación Nacional y le garantizaban al pueblo que tenían todo el país controlado. Radio Maracuy estaba controlada por el mayor Luis Evencio Carrillo y Radio Girardot por el teniente Hugo Montesinos Castillo.
Centenares de civiles se acercaban emocionados a solicitar armas para defender el movimiento de liberación. Martín Parada, el jefe rebelde el, Maracay, había dormido esa noche en el Círculo Militar de Caracas. Era el el piloto de confianza de Pérez Jiménez y, por lo general, era el que volaba el avión presidencial llamado La Vaca Sagrada. El nombre se lo habían dado debido a que era un DC-4 muy similar al C-54 que usó Roosevelt durante la Segunda Guerra Mundial, al cual llamaban de esa forma. La nave fue adquirida durante el Gobierno de Rómulo Gallegos. Tan pronto el Presidente se enteró del alzamiento militar, le mandó instrucciones a Parada viajara a Maracay y tratara de controlar el movimiento, ignorando que él era uno de los máximos jefes de la insurrección.
Los rebeldes no tuvieron en Caracas la misma suerte que alcanzaron en Maracay. El responsable del golpe y líder máximo del movimiento era el mayor Hugo Trejo, quien pasó el año nuevo con su esposa en la casa de la familia Mogollón, en compañía del capitán Evelio Gilmond Báez, quien le había informado lo que sucedió al general Hugo Fuentes. Las instrucciones que había dado Trejo eran que el golpe sería el 5 de enero y por eso estaba tan tranquilo, pero al llegar los oficiales Peña de Maracay se enteró de que las acciones ya habían comenzado.

En efecto, a las seis de la mañana dos aviones tipo vampiro piloteados por los mayores Néstor Rodríguez y Edgar Suárez Mier y Terán cruzaron el cielo de Caracas, señal de que la guarnición de Maracay estaba bajo el control de los rebeldes, lo que debía desencadenar las acciones en la ciudad capital. Pero Trejo dudaba. Sabía que el Batallón Bermúdez no estaba listo para atacar a Miraflores, aunque el golpe había comenzado. No obstante, ordenó avisarle al resto de los oficiales comprometidos. Al poco tiempo entró en Caracas el mismo escuadrón que, poco antes, había despertado a los maracayeros. Al estar sobre el cielo capitalino se dirigieron sin vacilar hacia el cuartel de la Seguridad Nacional, al cual arrojaron bombas que no explotaron.
El Servicio de Información, dirigido por el coronel Martín Bastidas Torres, informó a Pérez Jiménez lo que estaba ocurriendo y éste se trasladó de inmediato al Palacio, donde se encontró con Oscar Mazzei y Rómulo Fernández, que habían llegado hacía poco. Ordenó entonces emplazar las baterías antiaéreas en Miraflores, el Cuartel San Carlos y La Planicie, con · instrucciones de disparar contra cualquier avión que se aproximara. Las órdenes fueron oportunas y se cumplieron de inmediato. Tan pronto se instalaron las baterías se presentó una escuadrilla de aviones que ametralló el Palacio de Miraflores causando la muerte al portero Gerardo Pérez V ásquez y heridas al teniente Luis Felipe Ramírez. Una de las aeronaves atacantes fue alcanzada y debió aterrizar en La Guaira, donde el subteniente Luis Viana Lama, que era su piloto, fue capturado de inmediato.
Pedro Estrada no lograba descifrar todavía los complejos hilos de la asonada, pero se enteró de que Godofredo González era uno de los jefes civiles de Maracay y, pensando que no estaría actuando solo, ordenó detener a todos los dirigentes de Copei, comenzando por Rafael Caldera. Al enterarse de la prisión de Lorenzo Fernández, el máximo líder socialcristiano intuyó lo que estaba pasando y se dirigió a la Nunciatura Apostólica, donde solicitó y recibió asilo político. Por su parce, el teniente coronel José García Moreno protegió el Palacio colocando unidades de la Policía Militar en sus alrededores.
El mayor Víctor Maldonado Michelena llegó muy temprano en la mañana a Miraflores, donde se le presentó a Pérez Jiménez, poniéndose a sus órdenes. El oficial había sido el primero de su promoción. Se graduó en 1943 y en 1946 fue enviado a la Escuela Superior Politécnica del Ejército de Buenos Aires, donde se graduó de Ingeniero en Tracción Mecánica. El Presidente se alegró al verlo e inmediatamente llamó al comandante García Moreno, diciéndole: «Aquí tenemos a un experto de primera que nos va a ayudar a planificar la defensa del Palacio. Aprovéchalo, que nos va a ser muy útil». Un par de horas después se enteraron que Martín Parada había llegado a Maracay, pero que en seguida se plegó a la insurrección y tomó personalmente control del Batallón Bravos de Apure, mientras que el capitán Enio Ortiz Cordero se apoderaba del Cuartel El Rincón, sede del servicio de armamentos. Éstos eran los únicos cuarteles que no se habían rendido a los insurrectos en esa guarnición. La situación era realmente delicada. Parada había resultado ser uno de los jefes de la asonada, sin que el servicio de inteligencia lo hubiese detectado, tal vez por su cercanía con Pérez Jiménez.
El movimiento de resistencia civil al régimen, por su parte, se movilizó con toda rapidez. Líderes adecos, comunistas y socialcristianos se pusieron a la orden de los insurrectos y empezaron a tomar iniciativas de sabotaje por su cuenta. Ello permitió que surgieran personas dispuestas a correr el riesgo de perder incluso la vida y a enfrentarse en forma decidida a un Gobierno organizado y poderoso. La fisura que se había producido en las Fuerzas Armadas tenía que ser aprovechada al máximo. La Junta Patriótica, con Fabricio Ojeda al frente, estaba consciente de eso y no perdió tiempo durante esas horas llenas de violencia, de incertidumbre y de esperanzas.
Al tomar conciencia del papel de Martín Parada en la insurrección, la, instrucciones de Pérez Jiménez se concentraron en lograr su captura en el menor tiempo posible. Llamó al teniente coronel Simón Adolfo Medina Sánchez para que procediera a atacar Maracay con las siete compañías d»I Batallón Bolívar, integrado por tropas élite que habían sido selecciona das y entrenadas para operaciones de gran dificultad. El teniente coronel Elíseo Medina Arellano, ubicado en Valencia, entraría directamente contra la Base Aérea de Boca del Río. Finalmente, el teniente coronel Clemente Sánchez Valderrama atacaría con su Regimiento de Caballería desde San Juan de Los Morros, avanzando por Turmero. Una vez dadas estas órdenes Pérez Jiménez se dirigió al país por Radio Nacional para informar que había habido un alzamiento de pequeñas proporciones, pero que ya se habían dado las instrucciones correspondientes y que en un lapso breve sería totalmente dominado.
A las cinco de la tarde Hugo Trejo tomó control del cuartel Urdaneta, ubicado en Catia. Miraflores podía ser atacado e incluso vencido en cualquier momento. Era obvio que Pérez Jiménez no tenía escapatoria. Sin embargo, Trejo ordena a sus hombres dirigirse a Los Teques y, después de recibir respaldo militar, por increíble que parezca, se dirige a Maracay a reforzar la defensa de esa plaza, en lugar de atacar Miraflores. Tomó esa decisión, según explicó más tarde, al enterarse de que el Presidente había girado instrucciones de tomar esa ciudad a coda costa, para lo cual había enviado un fuerte contingente desde Caracas, Valencia y San Juan de los Morros. Otro error de Trejo, aún más grave, fue el de trasladarse a Maracay sin avisarle a Parada o a cualquier otro jefe de esa plaza, lo que selló el fracaso de esa jornada.

A las siete de esa noche, Pérez Jiménez decide hablar por segunda vez a través de la cadena de radio y televisión. Sin saber todavía la decisión de Trejo, le dice al pueblo venezolano que la situación está dominada: » .. .le manifiesto a los sediciosos, si es que me oyen, que su acto insensato tocará a término dentro de breve tiempo y si no abandonan las armas serán irremediablemente aniquilados». A su lado estaba el Comandante de la Guarnición de Caracas, coronel Ramón Gutiérrez Sánchez.
El mensaje parece haber causado el efecto buscado en una parte de los hombres de Parada, que ya sabían que venían tropas que los atacarían por tres puntos diferentes, entre las cuales estaban las del temido Batallón Bolívar. Pero ignoraban que Trejo se estaba desplazando hacia allá, por lo que deciden irse a Colombia. Consideran que han fracasado y mandan a preparar la Vaca Sagrada. Díaz Rangel revela en su obra Días de Enero ( 1998) que cuando Martín Parada decide irse del país, cerca de la medianoche del primero de enero, pone en libertad al coronel Abel Romero Villate, quien abrió la caja fuerte de la comandancia a su cargo y le entregó todo el dinero existente, expresándole: «Con eso se bandean unos días … Eso sí, me firman un vale para que no digan que yo me cogí ese dinero». 1 Después de esto, Parada reúne al resto de la oficialidad comprometida y les explica lo que está pasando, informándoles que no es posible enfrentar al enemigo en igualdad de condiciones. A los que deciden quedarse les dice que cuando lleguen las tropas del Gobierno deben explicarles que solo cumplieron órdenes.
Seguidamente se dirigen con toda rapidez al avión presidencial. Parada es el piloto. Lo acompañan al exilio los oficiales Luis Evencio Carrillo, Emiliano Peña Peña, Néstor Rodríguez, Edgar Suárez, Homero Leal Torres, Julio César Castellanos, Rooseve!t Adrianza, León D’Alexandro, Enio Ortiz, Gustavo Fernández, Juan Ignacio Leuceaga, Ramón González, Fernando Paredes Bello, Pablo Mota; los pilotos civiles Milton lnciarre y Rafael Elías Guillot; y el suboficial Antonio Márquez Bello. Fracasaron en su intento, habiendo podido triunfar. La falta de comunicación entre Caracas y Maracay fue la principal falla del grupo rebelde.
Mientras tanto, Trejo había llegado a Los Teques donde recibió el respaldo de mucha gente, entre quienes estaba Tiburcio Paz, Comandante de la Policía del Estado Miranda. No obstante, Trejo resultó ser un líder inapropiado para la magnitud del compromiso que se le había asignado y esa misma noche siguió hacia Maracay, a pesar de que recibió información de que Parada se había ido. Al llegar, a eso de las seis de la mañana, fue interceptado por el comandante Clemente Sánchez Valderrama, quien lo hizo prisionero y con las debidas medidas de seguridad lo condujo ante el Comandante de la Guarnición, quien después de conversar con él lo convenció para que se dirigiera a sus compañeros de insurrección que aún se encontraban alzados, conminándolos a que depusieran las armas, en la seguridad de que serían tratados con toda consideración. La medida surte el efecto deseado y, para mediados de la mañana del 2 de enero, el cuartel de La Macarena en Los Teques se había rendido y el Gobierno había recuperado el control total de la situación. Al menos eso creía Pérez Jiménez. Al mediodía se dirigió al país diciendo:
… se logró una decisión en breves horas en el levantamiento habido en la Guarnición de Maracay y en el de dos unidades de la Guarnición de Caracas … Logramos los resultados con un mínimo de bajas en vida y en material., Los resultados fueron rápidos contra los que no teniendo decidida vocación castrense ni suficiente capacidad profesional, tomaron la grave decisión de no defender principios … Los resultados negativos fueron compensados por la manifestación de pericia y eficacia de las unidades que actuaron defendiendo los elevados principios que caracterizan el Ideal Nacional.
El Heraldo, órgano oficial del régimen, sacó dos ediciones ese jueves 2 de enero, en las que titulaba «Dominado el último brote sedicioso» y «Cayó la Guarnición de Los Teques». Fue el único periódico que circuló ese día. La declaración del jefe del Estado, que había sido totalmente improvisada, fue la única en que le habló al país sin un papel por delante. Se destacó sobre todo la participación de las Fuerzas Armadas, a las que calificó de leales. No obstante, tanto en Maracay como en Caracas había decenas de oficiales presos y el Servicio de Información intensificaba sus redes para atrapar a todos aquellos que hubiesen participado de algún modo en el frustrado golpe de Estado. Con Trejo nada más habían sido capturados siete mayores, once capitanes y ocho tenientes. No había duda. Era grande el número de oficiales comprometidos y, para el momento en que es capturado Trejo, permanecían detenidos más de doscientos militares, entre oficiales, clases y tropas.
No obstante, desde el viernes 3 hubo una tranquilidad extraña. El ambiente estaba enrarecido y la gente hablaba en baja voz, pero intentando volver a la normalidad. Pérez Jiménez decide dar la tradicional recepción al Cuerpo Diplomático y escoge el día siguiente para ello. En efecto, el sábado 4 los embajadores acudieron al Palacio de Miraflores a presentar la tradicional salutación, incluyendo al Nuncio Apostólico Rafael Forni, Decano de ese Cuerpo. El jefe del Estado recibió los saludos de las diferentes delegaciones en compañía de David Brillembourg, Presidente del Congreso; y de Gustavo Manrique Planchart , Presidente de la Corte Federal y de Casación. Ese mismo día la Junta Patriótica hizo circular un manifiesto en el que expresaba la unión del pueblo y las Fuerzas Armadas «contra la usurpación». Al final de la tarde, Pérez Jiménez y Pedro Estrada se reunieron para analizar los resultados de las últimas investigaciones realizadas por la SN. En realidad, no descansaban. Querían tener control sobre todos los hilos de la subversión, hasta llegar al último contacto.
El domingo 5 el Presidente ordenó la detención de una gran cantidad de oficiales y anunció el completo control de la situación anómala que se había vivido en esos últimos días. Parecía no haber paz. El lunes 6 en la mañana el Presidente dicta la Resolución Nº 3, en la que crea un Consejo de Investigación que debía proceder a establecer las responsabilidades de los sucesos ocurridos el primero de enero. Es obvio que por la mente de Pérez Jiménez nunca pasó la idea de la pacificación y reunificación de las Fuerzas Armadas y eso fue precisamente lo que le hizo perder el liderazgo que mantenía desde 1944. De acuerdo a lo establecido en los artículos 314 y 315 de la Ley Orgánica del Ejército y de la Armada se designan al coronel Rafael Esteva, teniente coronel Leopoldo Aponte García, mayor Joaquín Silveira, capitán Numa Cárdenas y teniente Carlos Canelones para integrar el referido Consejo. Ese mismo día los miembros de ese Tribunal ad hoc reciben un largo memo del general Rómulo Fernández en el que se incluye la primera lista de los oficiales detenidos que deben ser sometidos a juicio, señalándose a 116 oficiales de diferentes graduaciones, distribuidos así: 1 coronel, 6 comandantes, 20 mayores, 24 capitanes, 41 tenientes y 24 subtenientes. La situación es sumamente preocupante. El malestar de las Fuerzas Armadas es creciente.
La cantidad de militares detenidos, en lugar de causar temor, provoca una reacción de indignación entre sus miembros, que no se detienen a mirar quién los escucha a la hora de criticar lo que está ocurriendo. Nadie se atreve a decirle nada al general Pérez Jiménez, que está tan irascible en esos días que se permitió incluso gritar al Ministro del Interior en público, cosa absolutamente inusual. En ese momento el General tenía casi una semana sin dormir. Era lógico que estuviera tenso. Los hechos de los próximos días empeorarían la situación. No hay duda. Todo estaba en su contra, pero no quería demostrar ninguna clase de debilidad.
El Alto Mando, por su parte, integrado por Osear Mazzei Carta, Ministro de la Defensa; Rómulo Fernández, jefe del Estado Mayor; José Héctor Vivas Castro, Inspector General; José Luis Betancourt, Ejército; José Saúl Guerrero Rosales, Comandante General de la Aviación; Osear Ghersi Gómez, Comandante General de la Armada; y el coronel Raúl Croce Roa, Comandante General de la Guardia Nacional, conferencian en Miraflores con el jefe del Estado sobre la situación existente, en presencia de la oficialidad del Estado Mayor en pleno y de algunos militares de confianza del régimen, entre los que está el mayor Maldonado Michelena, quien escucha con suma atención. No opina en ese momento, debido a su rango militar, pero el martes 7 de enero se dirige al Presidente por escrito, diciéndole:
Tengo el honor de dirigirme a usted para, una vez más, manifestarle en forma franca y honesta una serie de puntos de vista que creo de especial interés para su Gobierno. En efecto, en dos oportunidades me he permitido hacerle algunas observaciones de política interna y, en ambos casos, le he pedido mis formales excusas por comprender que me he salido de mis actividades técnicas y castrenses, pero hoy, cuando tengo el antecedente de haber colaborado lealmente con usted sirviendo de enlace y coordinación durante la rebelión sucedida el 1 º del corriente mes, me creo con más deber y autoridad moral para manifestarle los siguientes aspectos:
1.- La gran cantidad de oficiales detenidos me hace pensar que existen razones muy profundas para que tantos integrantes de la institución, a pesar de las obras de su progresista iniciativa dentro de las Fuerzas Armadas, puedan haber tomado esa decisión tan arriesgada.
2.- Por tal motivo, estoy a su disposición para poder tener con todos una conversación colectiva (sin carácter de interrogatorios), de la cual se puedan deducir los factores reinantes en todo el conjunto.
3.- Creo muy honestamente que en el fondo de todo el problema está el punto de la reelección y el ambiente que tiene creado en el país la presencia de algunos altos funcionarios que sólo han hecho mal a su gestión administrativa.
4.-Aunque en nuestro medio es muy complicado hacer deducciones en forma precisa en reacciones de toda la nación en conjunto, creo que si usted, haciendo un gran esfuerzo, deja sin validez el plebiscito del 15 de diciembre y promete unas elecciones inmediatas con candidatos no oficiales, el problema estaría solucionado.
5.- Respecto a la población civil, a pesar de que hasta el momento no ha tomado ninguna iniciativa, la rebelión del 1 ° puede despertarla. Para evitar esto es pues de vital importancia aclarar el· espíritu reinante en el grupo de oficiales detenidos y en el resto del conjunto, para así, sin mucha violencia, tomar el camino más conveniente.
El análisis de Maldonado, un oficial de probada lealtad al régimen y de enorme capacidad profesional, es de gran interés para un estudio objetivo del problema. El hecho de que el alzamiento militar hubiera surgido de oficiales que fueron testigos del sostenido crecimiento técnico de las Fuerzas Armadas durante el Gobierno de Pérez Jiménez y de que su número fuese tan elevado, tenía que ser considerado con toda ponderación y eso era justamente lo que le estaba proponiendo al Presidente. Debía buscarse una manera de armonizar los diferentes factores internos y la única forma de lograrlo era a través de un oficial que disfrutara del aprecio de ambos bandos. Para ello era necesario tener una conversación amplia con los oficiales rebeldes, en la que cada quien expresara sus puntos de vista en forma sincera, sin presiones de ninguna clase. Debía proponérseles algo más que un perdón colectivo. El plebiscito había sido un gran error y una manera de subsanarlo hubiera sido la de convocar unos comicios en los que todos pudieran participar. Desde luego, dado el carácter pretoriano de Pérez Jiménez, era muy difícil que hubiese podido aceptar este consejo, que le habría ahorrado el derrocamiento, casi seis años de cárcel y el destierro de por vida.
Sobre lo único que Maldonado demuestra no estar totalmente informado es la participación del sector civil, que él considera que no ha empezado, pero que pudiera hacerlo estimulada por los sucesos del primero de enero. En realidad, la actividad del liderazgo civil era tan intensa que Pedro Estrada la investigaba con todo un equipo de sabuesos que no dejaba descansar. Como consecuencia de ello fueron arrestados numerosos dirigentes políticos y algunos directores de medios de comunicación social, entre los cuales se hallaban Miguel Ángel Capriles, Editor de Últimas Noticias, y el padre Jesús Hernández Chapellín, Director de La Religi6n. Asimismo, habían sido detenidos varios sacerdotes, entre los que se encontraban Pedro Pablo Barnola, Rector de la UCAB, Alfredo Osiglia, Delfín Moneada y José Sarratud. Desde el 4 de enero estaba circulando en Caracas un comunicado de la Junta Patriótica en el que se hacía un análisis de los sucesos del día primero, concluyendo que el logro más claro era que «ha desaparecido del escenario venezolano el llamado Gobierno de las Fuerzas Armadas y ahora ya no hay otro que el dejado en manos de Pedro Estrada, Vallenilla y Pérez Jiménez».

La Junta Patriótica había nacido poco después del XIII pleno del Comité Central del Partido Comunista, celebrado en Caracas en julio de 1957. En ese momento estaba dirigido por Pompeyo Márquez, encargado de la Secretaría General bajo el seudónimo de Santos Yermes. Desde el 18 de diciembre la JP se reorganizó debido a la prisión o exilio de algunos de sus miembros y desde entonces estaba dirigida por Fabricio Ojeda (URO) y en el resto de la directiva estaban Guillermo García Ponce (PCV), Silvestre Ortiz Bucarán (AD) y Enrique Aristeguieta Gramcko (Copei). También se había constituido un Frente Universitario en el cual figuraban Rafael Rodríguez Mudarra (URO), Héctor Rodríguez Bauza (PCV), Héctor Pérez Marcano (AD) y José de La Cruz Fuentes (Copei). Todos ellos trabajaron para distribuir el comunicado de la JP, que circuló profusamente en la ciudad capital.
La actitud intransigente de Pérez Jiménez y su falta de visión política ante esa crisis aceleraron la reacción en su contra. Dos días después de que el Consejo de Investigación iniciara sus deliberaciones, el general Rómulo Fernández llamó a Pérez Jiménez y le solicitó audiencia para plantearle algunos puntos de extrema urgencia. El jueves 9 de enero, en horas de la mañana, llegó muy puntual a Miraflores en compañía de los miembros del Alto Mando. Se producía ahora una escena parecida a la que ocurrió en 1948 cuando los tres comandantes entraron en el Despacho del Presidente Gallegos a entregarle un memorando-ultimátum, teniendo como resultado la generación de un golpe de Estado. ¿Se repetiría la historia? Lo que el Alto Mando le planteó al Presidente en ese momento fue la inmediata salida de Vallenilla Lanz y Pedro Estrada del Gobierno y la militarización del Gabinete. Pérez Jiménez oyó con interés el planteamiento y le dijo que estaba de acuerdo con ambos puntos, agregando: «En el transcurso del día lo llamo para decirle los cambios». Al retirarse el Alto Mando, Pérez Jiménez le dijo al Dr. Jaime Marcí Cordido que llamara de urgencia al Ministro del Interior. Vallenilla Lanz recibió el mensaje y salió de inmediato para Miraflores. Al entrar al Despacho del Presidente, éste le expresó lo siguiente: «He dispuesto aceptar las condiciones del Alto Mando. Reúna a los ministros en su Despacho y pídales la renuncia. Usted renunciará igualmente … Lo que quiero es ganar tiempo, Vallenilla. Ellos no tienen nada contra mí». Y el Ministro de Relaciones Interiores le respondió: «Esta decisión es grave, Presidente. Tan grave que creo conveniente avisar a su esposa. También sería justo avisar a Pedro Estrada. Ha siso un buen servidor suyo y corre el peligro de ser asesinado». Pérez Jiménez le da la razón, pero le dice que avise a Estrada pero no a su esposa. Quiere tranquilizarla personalmente. Luego, le extiende la mano y le dice: «Que Dios lo lleve». Fue la última vez que se vieron en Venezuela.

Laureano Vallenilla Lanz y Pedro Estrada.
Al salir del Despacho lo estaba esperando su viejo amigo José Giacopini Zárraga, quien lo acompaña en el automóvil ministerial. Se dirigen al Ministerio, pero Giacopini le aconseja que se vaya directamente a la Embajada de Italia. «Tu vida corre peligro, Laureano». Le promete hacerlo así, pero primero debe pasar por el Despacho. Al llegar allí llama a Pedro Estrada y, después de informarle lo que está ocurriendo, le da instrucciones al doctor Luis Schloeter para que convoque a los ministros y les pida la renuncia. Luego se dirigió a la Embajada de Italia, donde ya lo estaba esperando su esposa, a la que le había dicho que se moviera hacia allá. No obstante, el Embajador Giusto Giusti del Giardino les informó que no les podía dar asilo porque su país no era firmante del Tratado de Montevideo, pero les ofreció apoyo para llevarlos a la Embajada del Brasil. Esa misma noche del 9 de enero el antiguamente poderoso Ministro se encuentra durmiendo en esa delegación diplomática, que es legalmente territorio extranjero, y al día siguiente sale rumbo a r rancia para un largo exilio. A fin de garantizarle la vida, Pérez Jiménez envió ni comandante Paoli Chalbaud para que lo acompañara hasta Maiquetía.
Pedro Estrada recibió la llamada de Pérez Jiménez la misma noche del 9. El Presidente le explicó lo que estaba ocurriendo y le indicó que iba a nombrar en el cargo a un amigo de ambos, pero cuando le dijo que se trataba del coronel José Teófilo Velasco, Estrada le advirtió: «Ni amigo suyo, ni amigo mío». Al cerrar la llamada, Estrada se dirigió a su casa en compañía de Régulo Fermín Bermúdez, Cónsul de Venezuela en Curazao. Alicia Parés, su esposa, lo aguardaba ansiosa con sus dos niñas y, después de montar el equipaje, se dirigieron a la Embajada de la República Dominicana, donde ya los estaba esperando el Embajador Rafael Bonelly.
De inmediato regresó a la Seguridad Nacional a esperar que llegara Velasco para entregarle el cargo, pero recibió la llamada de un amigo que ocupaba un alto puesto en Miraflores advirtiéndole que no lo esperara, porque iba con instrucciones de matarlo. Fermín también le aconsejó lo mismo. La situación era muy peligrosa. Por lo tanto, regresaron a la Embajada. Al poco tiempo recibió la visita de Velasco, quien le expresó que lo acompañaría a Maiquetía por instrucciones del Presidente de la República, pero el Embajador le advirtió que Estrada estaba bajo su responsabilidad. El mismo Pedro Estrada le narró los hechos a Blanco Muñoz, quien publicó la entrevista en su libro Pedro Estrada habló (1983), donde dice que ante la insistencia de Velasco, el Embajador se dirigió a Estrada y le dijo: «Yo soy el responsable de usted y usted se va conmigo».
Mientras hablaban llegó a la Embajada el mayor Víctor Maldonado Michelena, enviado por Pérez Jiménez para garantizar la vida de Estrada hasta que saliera del país. Al diplomático le pareció extraño que el Presidente hubiera mandado dos emisarios con la misma finalidad y precisó en alta voz que él acompañaría a Estrada y su familia hasta la escalerilla del avión. Así lo hizo. Los Estrada bajaron al aeropuerto en el automóvil del diplomático, en compañía de Maldonado Michelena y Velasco. Al llegar al aeropuerto, había muchos agentes de la Seguridad Nacional con ametralladoras. Cuando anunciaron la salida del vuelo, el Embajador acompañó a Estrada hasta el avión, ayudando muy especialmente a su esposa, que se encontraba en avanzado estado de embarazo.
Fue un día extraño y complicado. En la Armada -que hasta ese momento se había mantenido no deliberante- comenzaron a reunirse grupos de oficiales para analizar la situación del país y la actuación del Gobierno. No había duda, la disciplina estaba totalmente resquebrajada. No obstante, tal vez Rómulo Fernández tuviera razón y con el nuevo Gabinete la situación volvería a la calma, pero no fue así. El 10 de enero el país se enteró, a través de la voz de Pérez Jiménez, que el Gobierno había sido reestructurado: «De acuerdo con el sentir de las Fuerzas Armadas Nacionales, institución básica de donde ha emanado este Gobierno y a fin de garantizar la constitución de la labor que ha venido realizando, he formado este Gabinete que hoy se juramenta». El nuevo Consejo de Ministros quedó integrado de la siguiente forma:
– General Luis Felipe Llovera Páez, Ministro de Relaciones Interiores.
– Dr. Carlos Felice Cardot, Ministro de Relaciones Exteriores.
– Dr. José Giacopini Zárraga, Ministro de Hacienda.
– General Rómulo Fernández, Ministro de la Defensa.
– Contralmirante Carlos Larrazábal, Ministro de Fomento.
– General Osear Mazzei Carta, Ministro de Obras Públicas.
– General Néstor Prato, Ministro de Educación.
– Dr. Pedro Antonio Gutiérrez Alfaro, Ministro de Sanidad y Asistencia Social.
– Coronel Luis Sánchez Mogollón, Ministro de Agricultura y Cría.
– Dr. Carlos Tinoco Rodil, Ministro del Trabajo.
– General J. Saúl Guerrero Rosales, Ministro de Comunicaciones.
– Dr. Héctor Parra Márquez, Ministro de Justicia.
– Dr. Edmundo Luongo Cabello, Ministro de Minas e Hidrocarburos.
– Dr. Raúl Soulés Baldó, Secretario de la Presidencia.
– Capitán de Navío Osear Ghersi Gómez, Gobernador DF».
De los catorce miembros del Gabinete, un total de ocho eran militares, incluyendó ~ Ministro de Educación. En el anterior sólo hubo tres oficiales. En las Fuerzas Armadas se produjeron los nombramientos del coronel Jesús Manuel Pérez Morales al frente del Estado Mayor General y del coronel Abel Romero Villate para comandar la Fuerza Aérea. La integración del Gabinete pudo ser bien recibida por Fernández y los demás miembros del Alto Mando, pero no lo fue por la inmensa mayoría de los venezolanos, que vieron un peligro mayor al que antes había. Desde luego, cayó bien en la opinión pública la salida de Vallenilla Lanz y de Pedro Estrada, pero en general el cambio no fue bien acogido, de tal modo que la conspiración militar siguió su curso y la participación de los civiles se incrementó notablemente a partir de ese momento.
Ese mismo día 1O en la mañana, Pérez Jiménez dispuso una ceremonia en el patio del Regimiento de Guardia de Honor para degradar a los líderes militares del abortado golpe. Los oficiales Hugo Trejo, Gilmond Báez, Sucre, Pérez Méndez, Testamarck, Zuloaga, Fajardo Lobato, Gustavo Bassalo, Tineo Arismendi, Trujillo Echeverría, Hely Mendoza y Peña fueron formados frente al batallón, mientras que un oficial leía la Orden General, de acuerdo a lo establecido en el artículo 272 de la Ley militar. Los reos fueron condenados a retiro infamante, pérdida de todos los grados militares y demás prerrogativas (jubilación, servicio médico, etc.). Al terminar la lectura de la sentencia, se procedió a la degradación y se ordenó el Toque de Oración.
Todas estas medidas causaban consternación en el seno de la familia armada. En lugar de buscar medios de conciliación, las decisiones que tomaba el Gobierno enrarecían más el clima interno, ya de por sí extremadamente peligroso. En la marina de guerra fue donde se concentró más la oposición a Pérez Jiménez, debido a la iniciativa del capitán Morales Luengo, Comandante del destructor Zulia, de convocar a una reunión a la que asistieron los comandantes de los buques surtos en La Guaira y el Comandante de la Infantería de Marina. Los capitanes Hernández Soucier, Osear Paredes López, Sosa Ríos, Azopardo y muchos otros intercambiaron ideas sobre los últimos sucesos y la situación del país. Hernández, uno de los más emotivos, expresó en alta voz: «Hay que alzar la marina, esto no puede seguir así».
A Sosa no le gustó su intervención, ni la presencia de Paredes, que hasta hacía pocos días había sido miembro de la Casa Militar, donde es tradición que los presidentes escojan a los oficiales que sean de su más absoluta con- · fianza. Por lo tanto, se retiró de la reunión, pero garantizó su silencio. Sosa tenía razón. Unas horas después, Pérez Jiménez llamó a Rómulo Fernández y le dijo que se estaba tramando un golpe de Estado en el seno de la Armada. El ahora Ministro de la Defensa bajó entonces a La Guaira en compañía del capitán de navío Rodríguez Olivares y subió a bordo del Zulia, donde conversó detenidamente con la oficialidad. Intercambiaron ideas sobre las grandes preocupaciones de esa Fuerza, que se concentraban en la corrupción de altos funcionarios, oficiales detenidos y en los atropellos de la SN en la vida ciudadana.
Rómulo Fernández regresó directo al Palacio y le informó al Presidente que sólo había desacuerdos y nada más. No obstante, el reporte del Servicio de Información no coincidía con lo señalado por Fernández. Se detecta una conspiración en donde aparecen involucrados varios oficiales de la Armada, pero sin poder determinar el nombre del líder. Pérez Jiménez decidió entonces ordenar una inspección en los buques de guerra que estaban en La Guaira y detener al grupo de oficiales que aparecía señalado en el informe del Estado Mayor General. En consecuencia, llamó a Ghersi Gómez, Comandante General de la Marina, y le pidió que asignara a un oficial de su más completa confianza para que acompañara al general Llovera Páez a cumplir la referida orden. El oficial que designó fue justamente Azopardo, que al recibir las instrucciones de su superior no tuvo tiempo de avisar al resto de los implicados. Bajó a La Guaira con Llovera Páez, de quien era muy amigo, seguidos de varios tanques de combate y dos compañías de la Policía Militar.
En el camino, Azopardo pensó cómo podría hacer para advertir a sus compañeros del peligro en que estaban y, en ese sentido, convenció a Llovera de que él debía subir primero a fin de que los capitanes aceptaran de buen grado que un oficial del Ejército inspeccionara sus buques. Llavera aceptó la sugerencia de su amigo, sin poder nunca imaginarse la funesta consecuencia que le traería a la causa que estaba defendiendo. Cuando se enteró de que el capitán José Vicente Azopardo era la persona clave de la conspiración en la Armada, ya era demasiado tarde. Por lo tanto, le permitió que subiera solo al Nueva Esparta, donde reunió a los oficiales para advertirles que la conspiración había sido descubierta y que Llovera venía a desarmar los barcos. Les pidió, además, que no hicieran resistencia y que simularan cooperar, pero que dejaran escondida una dotación de proyectiles en las tres torres de proa y de popa.
Cumplida su labor, Azopardo bajó a buscar a Llovera y le dijo que la oficialidad estaba de acuerdo con la inspección. Luego regresaron a bordo y Llavera les indicó que le entregaran sus armas de reglamento. Seguidamente, ordenó a la Policía Militar que procedieran al desarme de los destructores Zulia, Nueva Esparta y Aragua, cargando un total de seis camiones con el armamento recogido, Asimismo, les ordenó detener a los veinte oficiales que aparecían en la lista, «aunque después de los interrogatorios sólo fueron privados de su libertad Eduardo Morales Luengo, Pablo Cohén, Luis Ortega y Álvaro del Castillo, integrantes de la oficialidad destacada en el destructor Zulia.
Los contactos internacionales del grupo conspirativo parecían ser excelentes y contribuían al deterioro del Gobierno. El viernes 10 de enero se recibió la noticia de que Estados Unidos redujo la importación de petróleo venezolano en aproximadamente 144.000 barriles diarios, según el análisis que hizo en Fedecámaras Manuel R. Egaña, corroborado después por la opinión del banquero Henrique Pérez Dupuy, quien criticó la política discriminatoria del Gobierno de ese país. La situación afectaba directamente el corazón de la economía nacional, pero el Ejecutivo nacional no tenía tiempo para dedicárselo a esas noticias.
El sábado 11 Wolfgang Larrazábal fue designado Comandante General de la Armada. Se trataba de un oficial de muy buen carácter, que disfrutaba de la simpatía general y, a criterio del Presidente, eso podía ayudar a apaciguar los ánimos. Ese fin de semana hubo una «guerra de papeles», pues la ciudad fue inundada por comunicados de la Junta Patriótica.

El lunes 13 Pérez Jiménez amaneció preparado para darle un contragolpe a Rómulo Fernández. Tenía la convicción de que el 9 de enero había ocurrido un golpe de Estado en el que le habían obligado a efectuar los cambios que anunció el día siguiente. Y ahora, que ya tenía una radiografía completa del respaldo real que Fernández tenía dentro de las Fuerzas Armadas, estaba listo para retribuirle su acción con la misma moneda. Por lo tanto, le indicó al Jefe de la Casa Militar que lo hiciera llamar. El alto funcionario estaba a punto de iniciar su desayuno en La Planicie, lugar que se había convertido en su hogar desde que comenzaron los disturbios el primero de enero, cuando recibió la llamada de Pérez Jiménez, quien le dijo que tenía urgencia de hablar con él en forma personal, porque deseaba consultarle unos cambios que iba a efectuar. El Ministro llegó a las diez de la mañana a Miraflores y fue pasado de inmediato ante la presencia del jefe del Estado, que lo estaba esperando en compañía de Llovera Páez, Roberto Casanova y Carlos Pulido Barrero. El Presidente tenía un foete en sus manos, que agitaba agresivamente mientras se dirigía al Ministro, que lo escuchaba en posición de firmes, asombrado por lo que estaba presenciando. Nunca se esperó un tratamiento así de su compadre Pérez Jiménez. Una de las expresiones más duras que le increpó, antes de destituirlo, fue la siguiente:
Yo lo saqué a usted del anonimato. De teniente coronel lo hice jefe de Guarnición de La Guaira. Después lo nombré jefe de Agrupamiento. Lo ascendí a Coronel y luego a General, sin pasar por cursos. Todo lo que usted es me lo debe a mí. Y a cambio usted conspiraba contra mi autoridad y quería que yo me fuera al exterior. Yo le voy a demostrar quién manda aquí. Hoy mismo usted saldrá a una misión para el exterior.
Al terminar de expresar esta última frase, Llovera Páez procedió a desarmarlo y a detenerlo en una habitación que se encuentra cercana al Despacho Presidencial, la cual fue trancada con llave. Muy poco tiempo después fue sacado de allí por un grupo de oficiales del Servicio de Información y conducido a La Carlota, de donde salió hacia Ciudad Trujillo (hoy Santo Domingo) faltando diez minutos para la una de la tarde. Fue expulsado en un avión privado que viajó custodiado por un Camberra piloteado por el capitán Luis León Aranguren. Mientras se producía este hecho, Llovera Páez rodeó el Ministerio de la Defensa con un batallón de la Policía Militar, respaldado por carros blindados. Ese mismo día, como consecuencia de las averiguaciones que se venían adelantando, fueron sacados del país los coroneles Pérez Morales y Bastidas Torres, entre otros. Carlos Luis Araque asumió entonces la Comandancia General de la Guardia Nacional y Buitrago Vivas fue designado jefe de la II Sección del Estado Mayor, pero ya nada de lo que hiciera podía detener la caída de su Gobierno. Las Fuerzas Armadas, que eran su único sostén, ya no creían en él ni respetaban su trayectoria. Por lo tanto, era cuestión de horas saber cuál sería el epílogo de aquel interminable mes de enero.
Los nuevos miembros del Gabinete fueron los siguientes: Antonio Pérez Vivas en el Ministerio del Interior, Llovera Páez en Comunicaciones y Humberto Fernández Morán en el Ministerio de Educación. Pérez Jiménez se reservó el Ministerio de la Defensa, el cual dirigiría personalmente.

Un día después de la salida de Rómulo Fernández se conformó una célula conspirativa que había venido germinando en la GN bajo la coordinación del teniente coronel Víctor Garrido Sutil. En la Armada la situación tomó un rumbo sin regreso y fijó el 21 de enero para dar el golpe de Estado bajo la conducción de Larrazábal. Casi todos los integrantes de esa Fuerza estaban a favor del golpe. También se elaboró otro plan en la Escuela Militar para detener al general Pérez Jiménez durante el acto de inauguración del nuevo edificio de la Escuela Básica, previsto para el 15 de enero, pero fue desechado en virtud de que iban a estar presentes muchos delegados extranjeros. La situación era de extrema tensión. Se crean células civiles, militares y cívicomilitares, pero la SN y el Servicio de Información no descuidaban su trabajo y continuaban deteniendo oficiales y civiles complicados en la red conspirativa. El 15 circuló profusamente la Declaraci6n de los Intelectuales, en la cual se exigía libertad democrática, solicitando «que los poderes públicos sean la expresión genuina dé la voluntad popular». El 16 hay una fuerte manifestación estudiantil y se ordena el cierre del Liceo Andrés Bello, foco principal de la violencia desatada ese día.
El 17 fueron detenidos muchísimos oficiales y el Alto Mando Militar fue reestructurado una vez más. Marco Aurelio Moros asumió la Comandancia del Ejército. Esa noche se produjo una reunión clave entre la Junta Patriótica, el Comité Cívico-Militar y el Frente Universitario, a la cual asistieron sus presidentes Fabricio Ojeda, Oscar Centeno Lusinchi y H. Rodríguez Bauza, además de una gran cantidad de oficiales comprometidos con el movimiento subversivo. El cónclave es altamente definitorio y, como consecuencia, el 19 se produce la reunión entre el capitán de navío Rodríguez Olivares y el contralmirante Wolfgang Larrazábal, que acepta definitivamente la dirección del movimiento cívico-militar. Al concretarse el golpe, se constituirá una Junta presidida por Larrazábal e integrada por dos civiles.

Mientras estas cosas ocurrían en Venezuela, los líderes más emblemáticos de la oposición estaban exiliados en Nueva York, incluyendo a Caldera, quien logró salir de Venezuela el 19 de enero en horas de la mañana. Esa situación facilitó los acuerdos para efectuar una alianza estratégica que les permitiera vencer al enemigo común. Betancourt, Villalba, Gonzalo Barrios, Jaime Lusinchi, Valmore Acevedo Amaya, Edilberto Moreno y otros exiliados esperaron a Caldera en el aeropuerto de Idlewild (hoy Kennedy) y de allí se fueron a almorzar al Huncer’s Club en el Central Park. Posteriormente se reunieron en el apartamento de Miguel Moreno, antiguo Secretario de la Junta de Gobierno, a cuya reunión se incorporaron Simón Alberto Consalvi, Enrique Tejera (padre e hijo), Tomás Enrique Carrillo Batalla, Manuel López Rivas, Ignacio Luis Arcaya, Eugenio Mendoza y Lorenzo Fernández, con quienes analizaron la situación existente en Venezuela y las alternativas a seguir. Allí comenzó a fraguarse lo que más tarde se conocería como el Pacto de Punto Fijo. Caldera se hospedó en el Hotel Lombardi, en donde estableció su centro de operaciones, mientras que Betancourt esperaba el desenlace de los acontecimientos en el Hotel París, ubicado entre la avenida West End y la calle noventa y siete.
En Caracas, el clima político seguía complicándose. El 20 de enero las diferentes redacciones de los diarios fueron allanadas por la Seguridad Nacional. A Pedro Estrada le había llegado la información de que al día siguiente habría una huelga de prensa, pero cuando llegaron ya el personal se había marchado y, por supuesto, el día 21 no hubo periódicos. Al mediodía comenzaron a sonar incansablemente las cornetas de los automóviles y las campanas de las iglesias. La policía actuaba en forma desesperada, casi perdiendo el control por falta de comando, hasta el punto de que algunos gendarmes dispararon contra un grupo de manifestantes que se habían refugiado en la iglesia Santa Teresa, lo que generó una reacción aún más negativa en la población civil. Los hospitales se comenzaron a llenar de heridos y muertos. Se declaró la huelga general.
El miércoles 22 había una gran expectativa, pues circulaba el rumor de que ese día sería el golpe. No obstante, la jornada transcurría con las mismas noticias de siempre: manifestaciones, noticias sin confirmar, enfrentamientos entre los grupos descontentos y la policía, francotiradores. Miraflores respondía al fuego que le estaban haciendo desde Pagüitas, Agua Salud y El Calvario. Al comenzar la noche, los destructores Zulia y Aragua comenzaron a lanzar humo por sus chimeneas, lo que indujo que Pérez Jiménez llamara a su esposa, a la que dio instrucciones de asilarse con las niñas en la Embajada del Paraguay. La familia preparó sus maletas y salió de su residencia, ubicada en la avenida El Ejército, calle Sanabria, quinta Lourdes de El Paraíso rumbo a la referida sede diplomática, donde ya la estaban esperando. Después de llamar a su esposa, el Presidente tomó contacto con Larrazábal para preguntarle la razón de que los buques estuvieran echando humo y éste le respondió que él había dado la orden para tenerlos listos en caso de alguna emergencia. Apenas un mes atrás el Comandante de la Armada no se hubiera atrevido a hacer algo así sin la autorización del Ministro de la Defensa. Era obvio que ya el poder se había escapado de las manos de Pérez Jiménez.

Las últimas horas de la dictadura estuvieron signadas por la incertidumbre. El puntillazo final se lo dio el alzamiento de la Escuela Militar y Pérez Jiménez tuvo que enfrentarse a la misma disyuntiva que se le presentó a Medina Angarita en 1945: dispararle a los cadetes o abandonar la lucha. Tomó la misma decisión que Medina, pero no se entregó. La fase final comenzó a las 9 .30 p. m. A esa hora el general Quevedo, Director de la Escuela Militar, fue abordado en el teatro de esa institución por los oficiales José Vicente Azopardo y José Luis Fernández, quienes lo invitaron a sumarse al golpe. Coincidió que en esos momentos lo llamó Pérez Iiménez, quien fue atendido al teléfono por Azopardo, que le informó con toda tranquilidad cuál era ta.situación y le agregó:»General, esta batalla la estamos ganando. Si usted quiere conferenciar, venga a la Escuela Militar».
Informado ya de que la Armada también estaba alzada, llamó a Larrazábal para invitarlo a conferenciar, pero éste oficial le respondió: «General, yo sólo iré a la Escuela Militar donde está el comando de operaciones de la revolución, a formar la Junta de Gobierno que dirigirá el país cuando usted se marche». En ese momento lo llamó Medina Sánchez, Comandante del Batallón Bolívar, quien estaba enterado de lo que estaba pasando en la Escuela Militar y le pidió autorización para atacarla. Pérez Jiménez le respondió: «Eso no se puede hacer, no podemos derramar sangre inútilmente. No puedo sostener un régimen sacrificando cadetes, que son los futuros oficiales de las Fuerzas Armadas». Esa era la única salida militar que tenía el mandatario y al desecharla sólo estaba tratando de salvar su imagen ante la historia, pero también era obvio que ya no tenía otra salida que salvar a su familia y escapar del país.
Mientras reflexionaba sobre ese aspecto regresó el mayor José Cova Rey, quien había sido enviado en misión de observador a apreciar lo que estaba ocurriendo en los cuarteles. Al entrar en el Despacho Presidencial, informó: «La situación es ciertamente caótica, todo es confusión y ya los subalternos no obedecen las órdenes de sus jefes. Estos, a su vez, están desalentados». Pérez Jiménez le respondió. «Mayor, váyase a La Carlota y tenga el avión presidencial listo para el despegue. En unos momentos mandaré a buscar a mi familia, que se encuentra refugiada en la Embajada de Paraguay. Nos vemos allá». Era cerca de la medianoche del miércoles. En unos minutos comenzaría el veintitrés de enero. El mandatario empleó la primera hora de ese día para ordenar sus papeles y decidir cuáles debía llevarse. Acomodó todas esas cosas en su maletín y a la 1.00 a. m. dio la orden de que tuvieran su carro listo. Juan José Montilla buscó el vehículo y lo estacionó frente a la puerta lateral del Palacio, por donde acostumbraba salir el Presidente. A la 1.15 a. m. Pérez Jiménez abandonó el Despacho Presidencial escoltado por el capitán Pedro Villarroel Ordosgoiti, encargado de comandar el equipo militar que custodió al Presidente hasta la Base Aérea, donde fue recibido por el capitán Erasmo Valera Mora. Casi en seguida llegó su esposa Flor, acompañada de sus hijas y de la señora Adela, madre de Pérez Jiménez. También viajaron en la nave Llovera Páez, Pérez Vivas, Gutiérrez Alfaro, Soulés Baldó, Alberto Paoli Chalbaud y Fortunato Herrera.

La Vaca Sagrada.
Todo estaba en orden para despegar. Cova Rey había verificado cuidadosamente los controles y el combustible del avión presidencial, llamado popularmente La Vaca Sagrada. Hacia las tres de la madrugada del 23 de enero, el pueblo de Caracas sintió un avión de gran potencia surcar el cielo hacia un destino que no se pudo conocer en ese momento: Ciudad Trujillo. Cuando sobrevoló Miraflores, las baterías antiaéreas apuntaron hacia el aparato, cumpliendo las instrucciones de disparar contra cualquier nave que pasará sobre el Palacio. Maldonado Michelena, que se dio cuenta de la tragedia que estaba a punto de ocurrir, les gritó a todo pulmón: «¡Alto el fuego, alto el fuego!» Sólo hubo dos o tres disparos, pero inmediatamente obedecieron la orden del Mayor. Durante el vuelo, Pérez Jiménez le preguntó a su esposa dónde estaba la maleta con los papeles. Fue entonces cuando se dieron cuenta de que no estaba. Se había quedado olvidada en el automóvil que trasladó a doña Flor y sus hijas al aeropuerto de La Carlota. Después se supo que la encontró el teniente Vinicio Augusto Plaza González, comandante del destacamento que custodiaba la residencia del Presidente, ubicada en el Callejón Sanabria de la urbanización El Paraíso. La mantuvo en su poder hasta que recibió una llamada telefónica de doña Flor pidiéndole que se la enviara, pero prefirió entregarla a finales de enero al contralmirante Wolfgang Larrazábal.
Durante el viaje a la República Dominicana el ex-mandatario se mostró molesto por el olvido. No obstante, decidió que iba llamar a algún amigo tan pronto llegara a Ciudad Trujillo. Necesitaba alguien en Caracas que lo pudiera ayudar a recuperar su propiedad. Al amanecer estaban ya a salvo en la bella capital dominicana, donde recibieron la protección del gobierno de Trujillo. Había terminado un período de extraordinario bienestar económico para Venezuela, como nunca antes ni después se ha vivido en un solo período constitucional, pero también terminó una dictadura que trajo lágrimas y desasosiego a muchas familias venezolanas, generando un gran malestar político. Esa página de la historia acababa de cerrarse y se había abierto otra, que le correspondería escribir a Wolfgang Larrazábal.

La Junta de Gobierno presidida por Wolfgang Larrazabal.
El nuevo mandatario llegó a Miraflores en compañía del capitán Miguel Rodríguez y de tres infantes de marina que le servían de custodia. Eran las 3. 30 a. m. cuando entró en el Despacho Presidencial. Al poco tiempo se constituyó una Junta Militar de Gobierno, presidida por Larrazábal (Armada) e integrada por los coroneles Abe! Romero Villate (Aviación), Roberto Casanova (Ejército), Carlos Luis Araque (GN) y Pedro José Quevedo (Escuela Militar). En la Secretaría se designó al Dr. Renato Esteva Ríos. El nuevo Bresidente era natural de Carúpano, ciudad en la que nació el 5 de marzo de 1911. Durante su vida militar ocupó los cargos de Comandante de las Fuerzas Navales (1947-1949), Agregado Naval en la Embajada de Venezuela en Washirtgton (1949-1951), Director del Instituto Nacional de Deportes (1952-1955), Director del Círculo Militar (1955-1956), Sub-Inspector de las Fuerzas Navales (1957) y Comandante General de la Marina (1958).

Al amanecer del 23 de enero los venezolanos leyeron la noticia titulada a ocho columnas en la primera página de El Nacional: «Huyó Pérez jiménez», En el sumario se dieron los siguientes detalles: «Cayó a las doce de la noche una de las más sombrías dictaduras que padeció Venezuela. Las cornetas de los autos y el grito del pueblo celebraron en la madrugada el derrocamiento de la tiranía». Y en la parte inferior de esa primera página, el diario colocó un recuadro en el que se leía: «Primera edición sin censuras desde 1948». La Esfera, por su parte, tituló «Liberada Venezuela». El diario Últimas Noticias resaltó el hecho de que había sido «Liquidada la tiranía», en tanto que el diario de la Iglesia, La Religión, tocó a fondo la emotividad de los venezolanos usando el leitmotiv del Himno Nacional, «Gloria al Bravo Pueblo», en su titular. La prensa nacional, sin excepción, manifestó su contento ante el hecho ocurrido en la madrugada del 23 de enero.
No obstante, la conformación de la Junta no cayó bien. Romero Villate y Casanova eran profundamente repudiados por muchos de sus compañeros de armas, además de tener una mala imagen en el pueblo debido a la cantidad de abusos que se le atribuían. Por otra parte, el acuerdo previo con la Junta Patriótica y con el Comité Cívico-Militar era que habría un militar presidiéndola y dos civiles que iban a ser escogidos de común acuerdo: Pedro Emilio Herrera y Manuel R. Egaña. Ambas situaciones causaron malestar y una inmediata reacción en contra de la Junta Militar constituida. Mientras tanto, la violencia se desataba en las calles, especialmente por las represalias que se estaban tomando contra miembros del desaparecido régimen. Las casas de Pérez Jiménez, Vallenilla Lanz, Pedro Estrada y Soulés Baldó, entre otras, fueron saqueadas. La Seguridad Nacional, ubicada en la Plaza Morelos, justo en el sitio donde hoy se encuentra el Hotel Hilton, era objeto de ataques de la población enardecida, que puso en libertad a los presos políticos y asesinó a varios miembros del cuerpo represivo. Entre los manifestantes estaban Teodoro Petkoff, su hermano Luben, Douglas Bravo y Alberto Lovera. Trescientos muertos y más de mil heridos en todo el país fue el triste balance de ese día.
*Periodista, Historiador, escritor, y profesor universitario.
** Publicado en el libro: «Marcos Pérez Jiménez. El Último Dictador», por Carlos Alarico Gómez, por Los Libros de El Nacional, 2007
* Fotografias: Cortesia diario El Nacional.