Por Rafael Mourad
La nueva encíclica de León XIV no debería leerse como un texto “contra la tecnología”, sino como una advertencia sobre el tipo de humanidad que estamos construyendo con ella.
No escribo esto como especialista en encíclicas. Me he acercado a algunas de ellas, las he estudiado en parte y he escuchado a profesores explicarlas con mucha más profundidad de la que uno puede alcanzar en una lectura rápida. Pero precisamente desde ahí, desde esa posición de lector interesado más que de experto, me parece que Magnifica Humanitas merece ser tomada en serio.
La encíclica de León XIV, presentada por el Vaticano como una carta “sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial”, se publica en un momento muy particular: apenas tres años y medio después de la aparición pública de ChatGPT, que OpenAI presentó el 30 de noviembre de 2022.
La comparación con Rerum novarum no es un simple gesto simbólico. Aquella encíclica de León XIII, publicada en 1891, abordó la situación de los obreros en el contexto de la industrialización. Quadragesimo anno, de Pío XI, retomó cuarenta años después esa tradición social en un mundo marcado por la crisis económica, la concentración de poder y las tensiones del capitalismo moderno.
Ahora, con Magnifica Humanitas, la pregunta social se desplaza hacia otro terreno: los datos, los algoritmos, la automatización, las plataformas digitales, la desinformación y la posibilidad de delegar decisiones humanas en sistemas artificiales. No porque la cuestión obrera haya desaparecido, sino porque el trabajo, la política, la cultura y hasta la guerra están siendo reordenados por una nueva infraestructura tecnológica.
Lo interesante del texto no es que la Iglesia descubra ahora la inteligencia artificial. Esa reflexión venía preparándose desde antes. En 2020, el Rome Call for AI Ethics ya propuso principios como transparencia, inclusión, responsabilidad, imparcialidad, fiabilidad, seguridad y privacidad. En 2025, Antiqua et nova distinguió con claridad entre inteligencia artificial e inteligencia humana, recordando que la IA puede imitar operaciones racionales, pero no posee conciencia moral, corporalidad ni vida interior.
Por eso sería injusto leer Magnifica Humanitas como una reacción improvisada o como un rechazo simple a la tecnología. A mi modo de ver, el documento hace algo más serio: obliga a cambiar la pregunta. No pregunta solo qué puede hacer una máquina, sino qué tipo de ser humano queda cuando una sociedad empieza a confiar a las máquinas su memoria, sus decisiones, su trabajo, su lenguaje y sus conflictos.
Ahí está el punto central. La inteligencia artificial no es neutral en el sentido ingenuo de la palabra. Puede servir para curar, educar, organizar mejor la información o facilitar tareas. Pero también puede concentrar poder, vigilar trabajadores, multiplicar desigualdades, degradar la conversación pública o convertir la guerra en un proceso cada vez más remoto y opaco.
La encíclica parece situarse justo en esa tensión. No demoniza la técnica, pero tampoco la absuelve por el simple hecho de ser eficaz. Esta es una línea que ya venía de antes en la doctrina social reciente: la crítica no va dirigida contra la herramienta en sí, sino contra el tecnocratismo, es decir, contra la idea de que todo problema humano puede resolverse con eficiencia, cálculo y control.
En el ámbito del trabajo, esto tiene consecuencias muy concretas. La automatización no puede medirse exclusivamente por su productividad. Hay que preguntarse qué ocurre con el trabajador, con su familia, con su capacidad de decidir, con sus saberes y con su dignidad. Una empresa puede ser más eficiente y, al mismo tiempo, hacer más frágil la vida de quienes dependen de ella. Esa contradicción es una de las grandes preguntas sociales de nuestro tiempo.
Lo mismo ocurre con la verdad pública. Las redes y los sistemas algorítmicos no solo distribuyen información: también ordenan lo visible, premian ciertas emociones y favorecen determinados comportamientos. Francisco ya había advertido en Fratelli tutti sobre los circuitos cerrados, la agresividad digital y la difusión de noticias falsas. Magnifica Humanitas parece llevar esa preocupación un paso más allá, al situarla en el contexto de una inteligencia artificial capaz de producir contenidos, perfiles y narrativas a una escala inédita.
Quizá la parte más delicada sea la militar. Cuando se habla de sistemas autónomos o de decisiones letales asistidas por IA, la discusión deja de ser técnica y se vuelve moral. ¿Quién responde cuando una máquina participa en una decisión irreversible? ¿Dónde queda la conciencia? ¿Dónde queda la culpa? Vatican News ha resumido la posición de León XIV con una expresión fuerte: la IA debe ser “desarmada” de lógicas de dominio, exclusión y guerra.
Esa palabra, “desarmar”, me parece especialmente acertada. No significa apagar la tecnología ni imaginar un regreso imposible a un mundo anterior a los algoritmos. Significa quitarle a la IA su pretensión de ocupar el lugar del juicio humano. Significa recordar que ninguna máquina puede convertirse en autoridad última sobre la dignidad, el trabajo, la educación, la política o la vida.
Leída así, Magnifica Humanitas no es solo una encíclica sobre inteligencia artificial. Es una forma de decir que la cuestión social ha entrado en una nueva fase. Antes se expresaba principalmente en la fábrica, el salario, la propiedad y las condiciones laborales. Hoy sigue pasando por ahí, pero también pasa por los datos, las plataformas, la automatización, la vigilancia y el control de la información.
Tal vez eso sea lo más importante del texto: nos devuelve una pregunta que la fascinación tecnológica suele evitar. No basta con preguntar si algo es posible. Hay que preguntar si es humano. No basta con celebrar que una herramienta funcione. Hay que mirar a quién sirve, a quién deja fuera y qué clase de mundo está ayudando a construir.
La inteligencia artificial no decidirá por sí sola si el futuro será más justo o más desigual. Eso lo decidirán las personas, las instituciones, las empresas y los Estados que la diseñen, la financien, la regulen y la utilicen. En ese sentido, Magnifica Humanitas no habla solo a los creyentes. Habla a cualquiera que intuya que el progreso técnico, sin una idea clara de la dignidad humana, puede acabar produciendo un mundo muy avanzado y, al mismo tiempo, profundamente deshumanizado.
* Profesional venezolano dedicado a la tecnología digital