Omar Uribe: Aerolíneas Argentinas y el tango Cambalache

Por Omar Uribe

“Si quiere tomar Aerolíneas, tendrá que matarnos”, dijo Pablo Biró, líder del sindicato de pilotos de aerolíneas de Argentina, refiriéndose al plan de privatización del presidente Milei de las empresas estatales que arrojan pérdidas que son imposibles de redimir por el Estado, que de paso, tiene mil casos de metástasis similares. Esa bravuconada de cortarse las venas bebiendo Malbec y cantando tango con sus colegas sindicaleros fue fácil de pronunciar. Se creen dueños de la aerolínea, aunque las enormes pérdidas no las pagan ellos, ni los gerentes y administradores, sino los argentinos con su ya destartalados bolsillos.

Socrates creía en el “Areté o excelencia humana. Desde tiempos remotos se sabe que basta una adecuada reputación fraudulenta para obtener éxito. Muchos prefieren ser tomados por justos que serlo cabalmente. Pues, del “areté” nada sabe Biró, ni le interesa. Ni siquiera se atreven a recibir la aerolínea para gerenciar y demostrar que pueden ponerla en números azules, o gestionarla para conseguir inversionistas. Lealtad oportunista al gobernante de turno (chorros y maquiavelos). Lo que quieren es perpetuar sus beneficios y prebendas provenientes de una empresa quebrada que el gobierno subsidia con las cargas impositivas crecientes que el pueblo debe asumir sin derecho al pataleo. Cuando una empresa privada está en rojo, las pérdidas la asumen sus propietarios pagando de su bolsillo, y si no lo hacen, los tribunales se encargan de proceder para hacer justicia.

“Que el mundo fue y sería una porquería ya lo sé en el 510 y en el 2000 también. Que siempre ha habido chorros, maquiavelos y estafaos, contentos y amargaos, valores y dublé, pero que el siglo 20 es un despliegue de maldad insolente, ya no hay quien lo niegue, vivimos revolcaos en un merengue. Y, en el mismo lodo, todos manoseaos”.

El Estado empresario no funciona, excepto con muy extrañas excepciones, que confirman la regla. En toda LATAM hemos visto iniciativas empresariales del Estado, por lo general muy grandes, que terminan en un gran fracaso y luego deben privatizarlas a precio de gallina flaca. En Venezuela, por ejemplo, SIDOR, empresa siderúrgica del Orinoco fue creada por el gobierno en 1964. En 1998 se privatiza y en 5 años de gestión exhibió estándares de competitividad que le permitieron ubicarse entre los tres mayores productores integrados de acero de América Latina y ser el principal exportador de acero terminado de este continente.

En el 2005, El Grupo TECHINT adquiere la totalidad de las acciones con miras de fortalecer su presencia en Latinoamérica y el mundo. En el 2006 comienzan a cotizar en la bolsa de valores de Nueva York. El 12 de Mayo del 2008, Hugo Chávez que no quería convivir con una empresa eficiente y menos si no era suya, firmó la nacionalización de Sidor del grupo ítalo-argentino Ternium Techint (es decir, su muerte) dentro de un plan de estatalización que alcanzó al cemento, el petróleo, la electricidad y la telefonía. ¡Todo el poder para el Estado! Y comenzó la sorprendente caída y quiebra de todas ellas. Hoy, en el 2024, las regaladas son caras y Venezuela ya no es la misma.

No es un caso exclusivo del izquierdismo venezolano. PEMEX, en el último trimestre del 2022 reportó una pérdida de 9.374 dólares. PETROBRAS, en el primer trimestre del 2023 reportó una deuda de 37.588 millones de dólares. PETROPERÚ reportó en septiembre de 2023, pérdidas cercanas a los 550 millones de dólares en su refinería Nueva Talara, luego de una inversión que ronda los 10 mil millones de dólares. Para la misma fecha reportó un déficit de capital de trabajo de unos 1.700 millones de dólares. El gobierno aspira rescatar la empresa inyectando unos 2.500 millones de dólares que se los quita a otros proyectos que quizás rindan mejores resultados que este barril sin fondo.

Como contracara, SHELL, en el 2022, ganó unos 40 mil millones de dólares. TOTAL, EXXON, CHEVRON Y BP reportaron ganancias similares, por debajo del gigante Chino SINOPEC, pero están mejor cotizadas en el mercado.

Aristóteles, en contrario a su venerado maestro Platón, hace siglos ya lo aclaró: “La propiedad es mucho más productiva y facilita el progreso. Observaba que, los bienes poseídos comunitariamente recibían poca atención, puesto que las personas tienden a guiarse por su propio interés y descuidan sus obligaciones cuando su cumplimiento puede dejarse a otros. La fuente de la discordia no estaba en la existencia de la propiedad como creían Sócrates y Platón, sino en la inexistencia de leyes justas. Tratar de imponer la propiedad comunitaria supondría menospreciar la experiencia para aventurarse en algo nuevo e inexplorado. Abolir la propiedad probablemente acabaría creando más problemas de los que resolvería”.

* Economista, historiador y premio nacional de periodismo.

Editado por los Papeles del CREM. Responsable de la edición: Raúl Ochoa Cuenca.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*