Nuestra pareja presidencial recibe a Indira Gandhi

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Relato dedicado a los hijos de Doña Menca y el Presidente Leoni

Por Rosario Orellana

«Según una revista venezolana que vi en el avión, voy a la peluquería antes de cada reunión de Consejo de Ministros…»

Así, una reunión protocolar entre Jefes de Estado de distantes continentes entre sí, antesala del banquete formal al que seguiría una recepción para más personas, tal y como se estilaba, aquella noche se tornó muy pronto en una conversación cordial más parecida a un reencuentro entre viejos conocidos después de largo periodo sin verse.

Ello transcurría en el Salón de Embajadores de la Casa Amarilla -me pregunto qué nombre tendrá, ahora- una noche de octubre de 1968. Sonriendo, la Primer Ministro de la India completó la frase iniciada: no es cierto, ni los compromisos de trabajo me lo permitirían. Nuestra Doña Menca se apresuró a preservar el liviano clima ya instalado, con aquella cálida sencillez tan suya asumió la respuesta: Quien sí va a la peluquería antes de cada reunión de Gabinete es Raúl. Llevándose la mano a su cabeza, el aludido aportó al simpático ambiente, “será a pulirme la calva”, sentenció. También estaba presente nuestro entonces Canciller Ignacio Iribarren Borges. No recuerdo si había alguien más, descontando la otra joven intérprete y yo. [1]

Una vez transitado el largo corredor, entramos al comedor amplio y rectangular donde esperaban, de pie, los invitados a la cena en honor de la ilustre huésped. Estaba previsto que nuestra Primera Dama flanqueara al Canciller de la lndia en el centro de uno de los lados de la mesa y en mi papel de intérprete de ocasión debía intermediar la conversación entre ambos, sentada un tanto detrás de ellos pero suficientemente cerca para susurrar a cada uno, cerca de su oído, lo que el otro le decía. Para mi estupor, la voz desde la silla de alto respaldar como todas ellas, asignada al alto diplomático visitante comenzó a hablarle a Doña Menca en perfecto castellano, con entonación netamente venezolana. Me percaté que se trataba del Presidente del Congreso Nacional, por lo que mi presencia carecía de objeto.

Me paralicé sin saber qué hacer mientras nadie se movía alrededor de la mesa, solo los silenciosos mesoneros sirviendo el primer plato a cada comensal y únicamente era audible el conjunto de  frases indistinguibles, entre éstos. La opción de irme dejando a aquellos retirar la silla vacía se me ocurría la más razonable, pero para hacer el espacio de salida tenía que deslizarla hacia atrás sobre el piso de madera que sonoramente acusaba cada paso y ello, quizá, podía causar un ruido molesto al igual que mi andar el montón de metros hasta la puerta que había sido cerrada y el traje largo agregaba un tris de incomodidad al cavilar mi pequeña maniobra. La voz de Doña Menca decidió el asunto, incorporándome al diálogo con sus vecinos incluso con preguntas “a esta joven” hasta que una vez más volteada hacia mí, dijo “tú vas a hacer que me dé tortícolis. En seguida convocó con un gesto un mesonero, suavemente le ordenó ayudar a introducir mi silla entre ella y el Presidente del Congreso al tiempo que pidió a éste arrimarse un poquito para que dicha silla cupiera. Solo sintió culminada la faena cuando el mesonero cumplió su instrucción de traerme plato y cubiertos porque “tú no puedes estar ahí mirándonos comer”. Me vi, entonces, sentada justo frente al Presidente de Venezuela y la Primer Ministro de la India hasta concluir la cena de gala. No recuerdo haberle visto joya alguna a la incumbente asiática.

Llegado el momento de dejar la mesa, Doña Menca dijo “Ahora si me vas a ayudar”. Con Indira Gandhi ingresamos al tradicionalmente llamado Salón América o de Las Américas, siendo las únicas ocupantes de aquel espacio – vuelvo a preguntarme si tendrá ahora algún peculiar nombre –  La conversación amable y cordial entre dos madres, duró algunos minutos. En algún momento, nuestra cariñosamente recordada Primera Dama, abrió su pequeña cartera de noche, sacó de ella algo dónde y con qué escribir mientras sonriente expresó, palabra más palabra menos, dile que me disculpe pero mis hijos no me perdonan si llego a casa sin su autógrafo. La Señora Gandhi correspondió ampliamente la franca sonrisa y garabateó algo que yo no leí. Llegada la hora fijada para dar comienzo a la recepción hicimos, yo tras ellas, el recorrido entre invitados que abrían paso, hacia el lugar predeterminado en uno de los corredores, de espaldas a la baranda.  Nos detuvimos solo una vez, fugazmente, cuando la Primer Ministro se dirigió a una joven economista, familia mía por coincidencia, para decirle que le recordaba mucho a una persona que ella había querido inmensamente. [2]

El Presidente Raúl Leoni inició las presentaciones protocolares a la larga fila y los tres recibieron los saludos de estilo. Ahí permanecí al lado de Doña Menca hasta asegurarme que no le sería de utilidad alguna.

[1] Para la época nada tenía yo que ver con la Cancillería, ni imaginaba que la Casa Amarilla estaría en mi futuro, menos aún que lo estaría en modo bastante singular. Estuve allí porque quienes tuvieron la responsabilidad organizativa de aquella visita, decidieron contar esa noche con dos intérpretes no profesionales e, indirectamente, fui contactada. 
[2] La persona con quien Indira Gandhi tuvo esa deferencia dice hoy: “Sus breves palabras fueron lindas y cariñosas. Las recuerdo como si fuera ayer. Me impactó su emoción al pronunciarlas, visible incluso en su mirada. Pensé que se trataba de alguien fallecido. Yo ni siquiera estaba en la primera línea de invitados a su paso, pero me vio, se detuvo y le abrieron espacio hasta mí. Quedé muy impresionada” 

Foto Archivo del diario El Nacional.

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