Por José Hernández
Rawayana es una novedad que me representa. Aunque les lleve cuatro décadas de ventaja, aun cuando sea un adorador de la salsa cabilla o salsa gorda.
La frescura y forma de Rawayana me hace sentir bien, me siento cómodo dentro de sus notas. Me saben a pan de jamón, tienen la sedosidad de los golfeados y los pocos de gusto de las hayacas.
No tengo la gracia de conocerlos, pero con mucha facilidad ponen a danzar a un sexagenario. Y, generan, de manera espontánea una juntura, un vente tu, un juego de chapita o pelotica de goma, son una media cancha caliente, una polla pareja de dominó, son la gritería del truco y carraspeo del ron.
Son una bajada de la Virgen, un paseo del Nazareno. Son La Billo’s y los melódicos, con serenata guayanesa y el quinteto contrapunto. Pero debo insistir son unión. Son o todos en la cama o todos en el piso. Somos nosotros. Y, la hermosa y eterna costumbre de compartir desde la risa hasta las lágrimas.
En Madrid la sacaron del estadio con fuerza enorme. Ahora que estamos en fase de reconstrucción, en un tiempo de corregir, el humilde gesto popular de Rawayana, tiene que convocarnos.
La Nación somos todos y nos persigue hasta el lugar más allá al que lleguemos. Y, es hora de entender que estamos en todos lados.
Hoy me salí de la política sesuda y académica, del chisme secreto y que no sabe nadie para hablar de lo evidente: allá afuera, en la bolita del mundo, hay una Venezuela que está reventando la liga, que cada mañana arranca con su Venezuela encima y la narra a su manera.
Eso somos y tenemos que entenderlo, no creo que seamos mejor que nadie, tampoco somos peor que nadie. Lo que sí estoy seguro es que somos la mejor gente para compartir la vida.
Por eso la unidad, inevitable y sólida, a la que convoca el compartir de Rawayana, debe ser nuestra meta. Unidad para ser venezolanos y para hacer mejor lo mejor sabemos hacer los venezolanos, ser capaces de todo hasta de la máxima felicidad
* Editorialista, Corresponsal Miami