Por José Rodríguez Iturbe
Edith Stein nació el 12 de octubre de 1891, en Breslau (entonces Alemania, hoy la ciudad de Wroclaw, en Polonia), en el seno de un hogar formado por el matrimonio judío Siegfried Stein, maderero de profesión, y Auguste Courant. Fue la menor de once hijos, de los cuales superaron la infancia sólo siete. Su padre falleció cuando Edith tenía solamente dos años. Su madre, mujer de gran valor, sacó adelante el extenso grupo familiar. La vinculación de Edith con su madre resulta de particular importancia en su vida. Aprendió pronto a leer y adquirió el hábito de la lectura que nutrió su natural reflexivo. Desde la infancia alimentó la práctica de preguntarse interiormente por las realidades que observaba y por sacar consecuencias no sólo teóricas, sino práctica.
Dice en su Autobiografía (Estrellas amarillas. Autobiografía: infancia y juventud) que en su interior tenía “un mundo escondido”. “Todo lo que durante el día veía y oía —escribe— lo elaboraba por dentro. El ver un borracho, por ejemplo, me producía una impresión que me perseguía día y noche y me atormentaba…Siempre fue para mí incomprensible cómo puede haber gente que se ría de estas cosas y comencé ya en tiempos de estudiante, sin pertenecer a ninguna organización ni haber hecho ningún voto, a evitar la menor gota de alcohol para no perder por propia culpa algo de mi libertad de espíritu y dignidad humana”.
La vivencia religiosa judía del hogar estaba centrada en la práctica de la madre. Puede decirse que fue educada en un ambiente de creencia, en el cual las grandes fiestas judías tenían incidencia familiar. Captaba la tenacidad, la laboriosidad y la capacidad de sacrificio de su propio pueblo, pero no encontraba, en la forma como luego deseaba, ni siquiera en la liturgia rabínica, la fe en un Dios trascendente y la esperanza en la vida eterna. Es por eso que, al comienzo de su adolescencia, la vida le pareció, de manera creciente, carente de sentido.
Al cumplir seis años, el 12 de octubre de 1897, comenzó sus estudios formales en la Escuela Elemental Viktoria Schule. De 1908 a 1911 realizó sus cursos de educación media en el Gymnasium en Viktoria Schule.
A los 14 años declaró que no desea seguir estudiando y se fue a Hamburgo, donde vivía su hermana Else. Ayudó a esta durante un año en las cosas del hogar, pero se apartó, como ya habían hecho otros de sus hermanos, de la práctica del judaísmo. Desde fines del bachillerato (1911) hasta comienzo de la década de los 20, Edith se consideró atea. Fue, en realidad, un tiempo de búsqueda.
Ingresó a la Universidad en Breslau en 1911. Estudió allí, durante cuatro semestres, psicología, historia y germanística. La psicología centrará su atención hasta 1913, siguiendo las lecciones de Louis William Stern (1871-1938), cuyo psicologismo puede resumirse diciendo que era naturalista y mecanicista: para él la persona carecía de alma. Frente a tal reduccionismo, Edith reaccionará con fuerza, rechazándolo. Filosóficamente, en esos años, parecía inclinarse al neokantismo, según las enseñanzas de otro de sus profesores, Richard Hönigswald (1875-1947). Éste, a su vez, había bebido el neokantismo de su profesor Alois Riehl (1844-1924). Sin embargo, ese idealismo no parece haber dejado en ella grandes huellas. Fue, justamente, en un seminario con Höenigswald donde escuchó por primera vez hablar de Edmund Husserl y de la fenomenología.
En su tiempo universitario de Breslau se afilió a la Asociación Prusiana para el Sufragio Femenino, que alcanzaría su meta del voto para la mujer en 1918.
Se trasladó a la Universidad de Göttingen (Gotinga), donde Husserl era profesor. Allí estará desde 1913 hasta 1916, formando parte del Círculo Fenomenológico de Husserl. Recién llegada a Göttingen tuvo ocasión de escuchar a Max Scheler en un ciclo de Conferencias que no se daban en la Universidad. Max Scheler (1874-1928) era co-editor junto con Edmund Husserl del Jahrbuch für Philosophie und phänomenologie Forschung [Anuario
Crónica de filosofía y fenomenología]. Scheler estaba entonces convencido del catolicismo y trasmitía en sus lecciones públicas sus convicciones religiosas. Las conferencias de Scheler, fenomenólogo de Munich, en particular la que tuvo por tema la esencia de lo santo, produjo en Edith Stein notable impresión. Erika Goethe, compañera de Edith aquellos años escribe: “Estas conferencias fueron un acontecimiento en la pequeña ciudad universitaria […] Pero aún éramos ambas profanas y del mundo. Del paso a ella [a la religión católica] no hablamos nunca ni palabra. Y, no obstante, había sido, para mí y también para ella, el primer choque en el camino de la conversión”.
Edith Stein ha dejado relación de sus encuentros con Scheler. “Éste fue —escribe— mi primer contacto con aquel mundo hasta entonces desconocido. No me condujo todavía a la fe, pero me abrió una esfera de ‘fenómenos’ ante los cuales ya nunca más podía pasar ciega. No en vano nos habían inculcado que debíamos tener todas las cosas ante los ojos sin prejuicios y despojarnos de toda ‘anteojera’. Las limitaciones de los prejuicios racionalistas en los que me había educado, sin saberlo, cayeron, y el mundo de la fe apareció súbitamente ante mí”. Y añade: “Me conformé con recoger sin resistencia las incitaciones de mi entorno y ?casi sin notarlo?, fui transformada poco a poco”. De Scheler aprendió que “sólo la religión convertía a la persona en persona”.
Su traslado a Göttingen, sin embargo, había sido para seguir, básicamente, los cursos con Husserl, llevada, según sus palabras, “por una nostalgia de reencontrar lo objetivo, la santidad del ser, la pureza y la castidad de las cosas, de las mismas cosas”. Aunque en el padre de esa nueva orientación del pensamiento “la maldición moderna del subjetivismo no fue completamente superada”, su filosofía permitía “la apertura hacia el objeto”. Husserl, según su testimonio, “puso a muchos de sus discípulos en la vía hacia las cosas, hacia los contenidos reales, hacia el ser mismo y hacia el comportamiento del católico que no está conforme con dejar siempre que las cosas den la medida al espíritu que conoce”.
Así, después de haberse deslizado en su juventud hacia un ateísmo más teórico que práctico, Edith Stein encontró en la fenomenología el camino de superación del racionalismo y del idealismo. Impresionó a Edith la cristiana serenidad con la cual la esposa de uno de sus más queridos profesores, Adolf Reinach [1883-1917], afrontó la muerte de su marido durante la Primera Guerra Mundial. Los esposos Reinach habían sido bautizados recientemente en la Iglesia Evangélica y eran piadosos creyentes. Sobre esto se volverá dentro de poco.
Cuando Husserl evolucionó hacia el idealismo, Edith sufrió, junto con otros de los seguidores de la cabeza del movimiento fenomenológico, una cierta desilusión. Padeció, además, discriminaciones y tratos injustos por ser mujer y por ser judía. Así, aunque fue asistente de Husserl, nunca recibió la autorización para ejercer la docencia en la educación superior. Se sintió, además, no valorada intelectualmente por su maestro, quien, sin embargo, utilizó su talento y capacidad de trabajo de manera abundante. Conservó, a pesar de todo, gran admiración y agradecimiento a Husserl. Siempre habló de él como su maestro y consideró a la escuela fenomenológica su “patria espiritual”. Desde su conversión, encomendó en su oración al viejo profesor. Fruto, quizá, de esas plegarias de Edith Stein, en los últimos años de su vida Edmund Husserl se acercó a Dios con clara conciencia.
Edith Stein, pues, se abrió a la fe en un ambiente hostil y con grandes dificultades. Ella misma ha contado cómo una noche del verano de 1921 en que se encontraba sola en Bergzabern, en la casa de su mejor amiga, Hedwig (Hatti) Conrad-Martius [1888-1966], filósofa y protestante, al haber salido la dueña de casa y su marido, buscando lectura de distracción, se encontró con la Vida de Santa Teresa de Ávila. La aurora la encontró leyendo aquellas páginas en las cuales descubrió la verdad viva y vivida. Palpó, por así decir, la sabiduría de la santidad en aquellas páginas vitales que trasmiten, con encanto sin par, la gracia de la gracia en la mística española de la Teresa Grande. Leyendo la Vida de Santa Teresa de Jesús comienza, entonces, por un toque divino, la ruta enamorada que la llevaría, a través del martirio, hasta la vida eterna. No por azar escribiría luego páginas antológicas acerca de la scientia crucis [ciencia de la cruz].
El encuentro de Edith Stein con Santa Teresa fue, por tanto, fundamental en su vida. El P. Johannes Hirschmann [1908-1961] escribió, en carta a la Priora del Carmelo de Colonia (13 de mayo de 1950): “Sor Teresa-Benedicta [Edith Stein] distinguía aquello que provocó su conversión al cristianismo de aquello que la hizo entrar en la Iglesia católica. El hecho determinante que provoca su conversión al cristianismo, tal como ella me lo relató, fue la manera como la Sra. Reinach, su amiga, había llevado, gracias al misterio de la Cruz, la prueba de la muerte de su esposo, caído en el frente en la Primera Guerra Mundial […] La razón por la cual, una vez ganada al cristianismo, ella no se hizo protestante como su maestro Husserl, como su amiga Hedwig Conrad-Martius, o como la misma Sra. Reinach, sino católica, vino directamente de la lectura de la Vida de Santa Teresa. Ella pensaba que esta etapa había sido preparada por la influencia de Scheler”.
La actitud fenomenológica suponía una sumisión absoluta a lo real. Los cursos de Max Scheler despertaron en ella profundo interés. Esas enseñanzas de Scheler y las discusiones filosóficas con personas para ella muy queridas como los esposos Reinach y luego los Conrad-Martius, abrieron una brecha positiva en su reflexión. “En el círculo fenomenológico —escribe— se encontraba, pues, un terreno favorable para reconocer trascendencias y revelaciones, lo divino y Dios mismo, para tomar decisiones religiosas definitivas, para regresos y conversiones”.
En Göttingen, Edith Stein se encontró con el tema de su tesis doctoral, en el semestre de verano de 1913, en el curso de Husserl sobre Naturaleza y espíritu. Husserl planteaba que el mundo exterior sólo puede ser experimentado por una pluralidad de sujetos en entendimiento recíproco. ¿Cómo llegar a la experiencia de los otros? Por una experiencia que Husserl llamaba la Einfühlung, la empatía. Edith decidió enfocar su investigación hacia tal tema.
Se dedicó a tal trabajo entre 1914 y 1916, a excepción de los meses de 1915 que pasó trabajando como enfermera voluntaria en el Hospital de enfermedades infecciosas en la Cruz Roja de Mährisch-Weisskirchen. Allí tuvo contacto directo con el horror humano de la guerra, con los muertos y heridos de los hospitales en aquellos años de la Primera Guerra Mundial. Ella, mujer de corazón, deja constancia de cómo la conmovió encontrar una oración en la agenda de un soldado fallecido.
Edith Stein aprobó, en enero de 1915, en la Universidad de Göttingen (Gotinga), el examen de Estado pro facultate docendi en propedéutica filosófica, historia y lengua alemana.
Con el término Einfühlung [empatía] Husserl hacía referencia a la experiencia intersubjetiva. Edith Stein logró elaborar sobre ella su tesis. Husserl la leyó y la aprobó, autorizando su presentación como trabajo para obtener el Doctorado en Filosofía. La tesis se intitula El problema de la empatía (Zum Problem der Einfühlung). Husserl había sido nombrado en 1916 profesor de la Universidad de Friburgo de Brisgovia. Fue allí, en esa Universidad para ella desconocida, y no en Göttingen, donde Edith Stein —luego de ejercer como docente pro tempore en la Viktoriaschule de Breslau de febrero a octubre— defendió, en el verano del 16, su trabajo doctoral. Obtuvo la más alta calificación, la mención Summa cum laude, el 3 de agosto de 1916. (La tesis sería publicada parcialmente en Halle en 1917). Entiende por Einfühlung la percepción intuitiva del otro, sosteniendo que el encuentro interpersonal puede, de veras, darse. Como ha señalado Reuben Guilead, ella hace, desde entonces, a la Einfühlung el camino real de toda su investigación en el campo espiritual.
En su tesis sobre la empatía sostiene que la experiencia del yo abarca la vida de conciencia en su conjunto; y el sentido del yo se muestra sólo en una reflexión sobre el alma. El alma es el portador idéntico subyacente de las vivencias individuales. Como unidad sustancial se patentiza en las vivencias, de las cuales el alma es portadora. Algunas vivencias afectivas allanan una vía a la estructura personal, a la subjetividad personal. En su nacimiento y desarrollo esas vivencias muestran una estructura regulativa propia. Tal estructura viene a ser el a priori de la correlación entre valores, sentimientos (también valorativos) y niveles de la persona. Así, las vivencias afectivas tienen su fundamento en los estratos de la persona. Afirma que cada avance en el dominio de los valores resulta una incursión en el campo de la propia personalidad. La conciencia de la persona es inseparable de la vida de la persona misma. Como ha destacado Peter Schulz, sus reflexiones sobre el ser anímico-corpóreo de la persona deben ser valoradas “como una contribución importante a la discusión en torno a las teorías de la identidad personal en la Modernidad”.
Después de su doctorado Edith fue designada asistente de cátedra de Husserl. Durante casi año y medio será ella la encargada de introducir en la fenomenología a los alumnos de Husserl, trabajando, paralelamente, en la transcripción de los manuscritos de su maestro.
Cuando Husserl evolucionó hacia el idealismo trascendental, Edith Stein renunció a seguir siendo su asistente, en febrero de 1918.
En ese tiempo tropezó, además, con la actitud adversa tanto de Husserl como de Heidegger respecto a sus aspiraciones a obtener, por la vía de las oposiciones académicas, una cátedra universitaria. Su lucha en tal sentido se vio coronada por el éxito de iure en 1920, cuando un decreto gubernamental permitió el acceso de las mujeres a las oposiciones a cátedra. De facto era otra cosa: las mujeres siguieron en los hechos, también en ese campo, discriminadas.
Al año siguiente de su éxito clamoroso con su tesis doctoral, Edith tuvo un encuentro con la Cruz que dejará en su espíritu honda huella. Adolf Reinach, que había recibido el bautismo junto con su esposa en la iglesia protestante unos meses antes, muere en el frente de batalla el 16 de noviembre de 1917. Edith, sumamente efectada por la noticia, al visitar para manifestar su condolencia a Anna, esposa de Adolf, encuentra que ella, dentro de su natural dolor, está serenamente abierta a la gracia, con una fortaleza sobrenatural que impresiona a su amiga. “Por primera vez —escribirá— encontré la Cruz y la fuerza que ella comunica a quienes la llevan. Por primera vez ví la Iglesia nacida de la Pasión redentora de Cristo,
vencedora de la muerte. En ese momento mi incredulidad cedió, el judaísmo palideció a mis ojos, mientras que la luz de Cristo nacía en mí, el Cristo presente en el misterio de la Cruz”.
En 1918, en medio de una profunda crisis interior (unida también a la crisis profesional motivada por su alejamiento de Husserl) que la llevaba a preguntarse la razón definitiva de su vida, Edith preguntó a un conocido judío sobre Dios. La respuesta fue: “Dios es espíritu. Más no se puede decir”. Ella cuenta cómo recibió tal contestación: “Me sentí como si me hubieran dado una piedra en vez de un pan para comer”.
Entre 1918 y 1920 escribió Causalidad psíquica [Psychische Kausalität], publicado en 1922. En ese texto refleja algo de lo que pasaba en ella antes de su conversión: “puedo desear ardientemente la fe religiosa —escribe—, tender hacia ella con todas las fuerzas, y no necesariamente recibirla”. En sus páginas se encuentran párrafos, que lucen manifestación de su experiencia personal, que ponen de relieve su vecindad a la fe: “Existe un estado de quietud en Dios, de relajación de toda actividad intelectual, en que no se hacen planes, no se toman resoluciones, y no se actúa, sino que todo lo venidero se deja en manos de la voluntad divina, abandonándose a la Providencia. Esta suerte me fue deparada después de una experiencia que sobrepasó mis fuerzas, que absorbió toda mi energía vital y que me privó de toda actividad. La quietud en Dios es algo totalmente nuevo y particular, en contra de la negación de la actividad por falta de fuerza vital. En su lugar aparece el sentimiento de estar escondido, de estar liberado de todo problema, preocupación u obligación. Y mientras más me entrego a este sentimiento, me comienzo a llenar más y más de vida nueva, que me empuja a nuevas ocupaciones, sin que para ello actúe la voluntad. Esta energía vital aparece como flujo de una actividad y una fuerza que no son mías, y que, sin ningún tipo de exigencias por mi parte, trabajan en mi”.
Sin embargo, la búsqueda continuaba. La lectura de La escuela del cristianismo de Sören Kierkegaard [1813-1855], en 1919, no la satisface. Era la suya una ansiosa búsqueda de la luz, pero aún en medio de las tinieblas. Hedwig Conrad-Martius deja también su testimonio de aquella profunda crisis interior. Relata cómo, cuando estuvo con ellos por varios meses la última vez, las dos se encontraban en una profunda crisis religiosa. Cuenta cómo ambas estaban atentas a descubrir la llamada divina. “Dios —escribe— se hizo esperar, pero nos condujo a cada una en direcciones confesionalmente diferentes. Se trata aquí de decisiones en las cuales la libertad más profunda del hombre, que lo eleva como una creación a la dignidad de persona, está mezclada de una manera que los ojos humanos no pueden develar, a la llamada de Dios, que se debe obedecer sin que haya escapatoria”.
El encuentro con Santa Teresa de Jesús [1515-1582], en las páginas de su Vida, en 1921, del cual ya se ha hablado, fue para Edith Stein definitivo para su encuentro con Dios. “A través de las palabras de Teresa —escribe Didier-Marie Golay (en la Présentation al pequeño volumen de Edith Stein L’Art d’Éduquer. Regard sur Thérèse d’Avila)— Edith se encuentra ante una experiencia, un itinerario personal, un camino de verdad y de interioridad; no sólo ante una teoría. Descubriendo su mundo interior con simplicidad y verdad, Teresa permite a Edith comprender lo que pasa en ella y descubrirle la verdad de su ser: ser creado que no llega a la verdad sino cuando se inclina ante su Dios. Ella ve que esta verdad que busca apasionadamente es Alguien: Jesucristo. Está impresionada, tanto en el nivel afectivo como en el cognoscitivo, por la autenticidad y la simplicidad de Teresa de Jesús”.
Para Edith Stein, Santa Teresa le enseña el camino: “La fuerza de su lenguaje, la sinceridad y simplicidad del estilo de sus escritos —dice— abren los corazones y depositan en ellos la vida divina”. Y manifiesta con claridad: “Con las Confesiones de San Agustín, ningún libro de la literatura universal está tan marcado por la huella de la veracidad como la Vida de Teresa. Ningún libro ilumina con una luz tan penetrante los pliegues secretos de nuestra alma ni presenta un testimonio tan emotivo de las misericordias de Dios”.
De esa Einfühlung entre Edith Stein y Teresa de Jesús ha escrito con agudeza A. Bejas que “no fue solamente un contacto de carácter racional, sino un contacto de mujer a mujer, o más exactamente el contacto de una mujer mística con una mujer en camino de ser mística”. A lo cual añade Didie-Marie Golay que, conociéndose ahora la ascendencia judía de la Madre Teresa, quizá Edith tuvo una misteriosa intuición de ese dieses jüdische Menschentum, vínculo particular que une a quienes pertenecen al pueblo judío; siendo esta noción más adecuada para expresar esa empatía que la de la judaidad (Judentum), en cuanto indica pertenencia al pueblo judío “más allá de la adhesión explícita a la fe y a la práctica de la religión judía”. Y como agrega este mismo autor: “Ella recibirá de la ‘Madre’ su amor a la Iglesia, una comprensión existencial del misterio de la Cruz que le llevará claridad sobre la experiencia tenida en 1917. Ella aprenderá de Santa Teresa el camino de la oración como diálogo interior y la ‘determinada determinación’ que es necesaria para avanzar en él”. Vista a posteriori su obra, da la impresión de que en esa Einfühlung entre Edith y Santa Teresa, se desarrolla la intuición de la profunda verdad que expresa místicamente San Juan de la Cruz, refiriéndose al alma: amada en el Amado transformada.
Se bautiza en la Iglesia Católica el 1° de enero de 1922, en la Iglesia Parroquial de Bergzabern, poco antes de cumplir los 30 años. Al año siguiente recibe la Confirmación en la Capilla del Palacio Episcopal de Speyer (Spira).
En los años posteriores a su bautismo, Edith Stein fue profesora, durante una década, del Gymnasium y de la Normal Santa Magdalena de las Dominicas en Speyer. Allí las obras de
S. Tomás la ayudan a encontrar el fundamento racional de la fe. En esos años de Speyer también lee y traduce a John Henry Newman [1801-1890]. Singular empatía entre el converso inglés del Movimiento de Oxford y la fenomenóloga judía alemana, también conversa. Pero, sobre todo, descubre la capacidad fecundante del tomismo. “Aprendí de Santo Tomás —escribe— que se puede hacer un oficio divino incluso de la ciencia…y que se puede vivir en medio de este mundo una vida contemplativa”. Y añade: “Cuanto más profundamente una persona entra en Dios, tanto más tiene que salir de sí mismo para llevar la vida divina de los hombres”.
Una de sus preocupaciones apostólicas consistía en ayudar a las mujeres corrientes a transitar caminos de oración personal. En este sentido escribió una Carta mensual para mujeres profesionales.
Cinco años después de su bautismo pudo escribir, como quien lo tiene experimentado, en una carta (a Roman Ingarden [1893-1970], 20 de noviembre de 1927): “Creo que se puede y se debe hablar de experiencias religiosas; pero con ello no se trata de una ‘contemplación directa’ de Dios […] Donde falta la propia experiencia uno debe apoyarse en testimonios de homines religiosi. De esto no hay escasez. Según mi modo de entender, los más impresionantes son los místicos españoles Teresa de Jesús y Juan de la Cruz”.
En los casi doce años que transcurren entre su bautismo y su ingreso al Carmelo, Edith Stein desarrolla una fecunda y valiosa tarea como filósofa cristiana. Con su bautismo, ni abandona la filosofía, ni reniega de nada de lo aprendido o investigado previamente. “Parece centrarse —ha escrito Francisco Javier Sancho [1966]— en la necesidad de introducir la filosofía moderna dentro del cristianismo, tratando de armonizar, lingüística y metodológicamente, la fenomenología con el tomismo”.
Espiritualmente, siempre conservó especial agradecimiento a Dom Walzer, Abad del monasterio benedictino de Beuron, cuya dirección espiritual fue decisiva en su vida. Intelectualmente, recibió distintos aportes. Con Erich Przywara (1889-1972), jesuita, divulgador de la metafísica de la analogia entis (su obra principal se intitula, precisamente Analogia entis) se introdujo en la obra de S. Tomás y estudió De ente et essentia. Trabajó entonces también con él en la traducción del De veritate. También influyeron en ella otros tomistas alemanes de entonces, entre los cuales merecen destacarse Joseph August Gredt (1863-1948), benedictino, cuyo manual de filosofía Elementa philosophiae aristotelico-thomisticae, fue uno de los más difundidos en la formación eclesiástica de la primera mitad del siglo XX; (con Gredt, sin embargo, tiene una confrontación abierta en la parte final de Ser finito y ser eterno) ; y Gallus M. Manser [1866-1950], dominico, de quien tomará la gran importancia del acto y la potencia en el tomismo. Debe mencionarse también la influencia en Edith Stein de Marie Dominique Roland-Goselin [1883-1934], en quien descubrió la afirmación de que a veces no hay línea clara de separación entre la filosofía y la teología.
La fenomenología de Husserl y la filosofía de Santo Tomás de Aquino, fue publicada en 1929. Deseaba buscar puntos de encuentro entre la fenomenología y el tomismo. Entre 1930 y 1932 trabaja en Significado “ideológico” de la fenomenología, que constituye una reflexión sobre la concepción fenomenológica del mundo moderno. Su traducción (comenzada en 1928), en estilo lineal y lenguaje moderno, de las Questiones Disputatae de Veritate, vio la luz en dos volúmenes en 1932.
En 1932 fue nombrada Profesora del Instituto de Pedagogía Científica en Münster. Sus clases de Pedagogía y Antropología teológica duraron poco, pues con la llegada de Hitler al poder en 1933, como consecuencia del clima antijudío y la legislación antisemita, se vio privada de su cargo docente
De ese tiempo han quedado los textos de sus exposiciones del semestre de invierno de 1932-1933, sobre La formación de la persona humana; y el curso completo sobre Antropología teológica (muy basado en el magisterio eclesiástico), que había preparado para el semestre de verano de 1933. Fue entonces, después de rechazar una oferta para viajar al exterior como profesora en un colegio alemán de América del Sur, cuando consideró que ya era tiempo de realizar su deseo de entrar en la Orden del Carmelo, como hija de Santa Teresa de Jesús. Desde su bautismo había manifestado esa voluntad, pero se le había aconsejado servir a la Iglesia en el mundo con su talento. En el verano del 33 recibió el asentimiento de su director espiritual.
Entre 1928 y 1933 dio Edith Stein sus más importantes conferencias sobre la mujer. Sostuvo que las mujeres pueden, en principio, desempeñar con propiedad y competencia
cualquier profesión. Proclamaba el olvido de sí, la entrega a los demás y el espíritu de servicio para alcanzar la paz interior, la felicidad del alma.
“En sus enseñanzas —ha escrito Jutta Gurggraf [1952-2010]—, Edith se basaba en la antropología cristiana. Partió, además, de una fe viva, y contó con la acción de la gracia divina en todo el obrar humano: de ahí ?sostenía? se puede sacar fuerzas para llegar a ser una persona íntegra y desinteresada, que sabe trabajar bien y entablar amistades. En el fondo, mujer y varón sólo pueden desarrollarse plenamente si viven en una relación auténtica con Dios. Por esto, la antigua atea llegó a afirmar que la formación religiosa es el núcleo de toda tarea educativa”. Y agrega: “Edith nos presenta una respuesta profunda a la cuestión femenina, a la que sitúa en el marco más grande de la vida cristiana, con todas sus riquezas y desafíos”.
Al estudiar la idiosincracia femenina Edith Stein se sirve de la máxima escolástica anima forma corporis, el alma como forma del cuerpo. Como ha destacado Hanna-Barbara
Gerl-Falkovitz [1945], “se esfuerza en hacer patente también la diferencia de los sexos para poder enfocar mejor desde allí la realización particular de la mujer”. Destaca que la maternidad como capacidad corporal distingue a la mujer; pero no vincula a la maternidad corporal la configuración anímica de la maternidad. Lo corporal configura, de alguna manera, lo anímico y lo espiritual. La maternidad supone una tensión entre naturaleza y persona. Entre la maternidad corporal y la espiritual, la prioridad la tiene la espiritual. La maternidad supone la entrega; y la entrega personal digna está vinculada con la libertad, así como la libertad está referida a la entrega. “No debemos —escribe Edith Stein— separarnos de esta maternidad estemos donde estemos. La enfermedad de la época se debe a que ya no hay maternidad”.
Edith Stein desarrolla la tesis de la relación maternidad-virginidad. Si la maternidad incluye la virginidad, ello supone recibir los hijos como un don. “Ser libre de todas las criaturas, de falsas trabas en sí mismo y respecto de otros […] esto es el sentido más íntimo y espiritual de la pureza. Esta virginitas del alma tiene que poseerla también la mujer que es esposa y madre: es más, sólo mediante tal virginitas puede cumplir su tarea; amor servicial que ni es sumisión servil, ni prepotencia e imposición, sólo puede manar de esta fuente”. “Por esto, —comenta H-B. Gerl-Falkovitz— la significación de la virgo mater es aplicable a todo tipo de mujer: muestra exactamente los polos entre los cuales se desarrolla y debe desarrollarse la vida concreta de una mujer”.
El prototipo de la relación virginidad-maternidad es la Santísima Virgen, Madre de Dios y Madre nuestra. Ya el Dante Alighieri, en la Divina Comedia (Paraíso, XXXIII, 1-21) habla de María como Virgen-Madre. Es la primera parte de la oración que S. Bernardo dirige a la Virgen para que obtenga al Dante, por su intercesión ante Dios, la visión de Dios y de los supremos misterios. Son versos que en su belleza recogen la calidad poética y la hondura teológica de su autor.
Vergine madre, figlia del tuo figlio, umile e alta più che creatura, termine fisso d’eterno consiglio;
Tu se’ colei che l’umana natura Nobilitasti sì, che’l suo fattore Non disdegnò di farsi sua fattura. Nel ventre tuo si raccese l’amore per lo cui caldo nell’etterna pace cosí è germinato questo fiore.
Qui se’ a noi meridiana face
di caritate, e giuso, intra i mortali, se’ di speranza fontana vivace.
Donna, se’ tanto grande e tanto vali, che qual vol grazia ed a te non ricorre, sua disianza vuol volar sanz’ali.
La tua benignità non pur socorre a chi domanda, ma molte fiate liberamente al dimandar precorre. In te misericordia, in te pietate,
in te magnificenza, in te s’aduna quantunque in creatura è di bontate. (Virgen Madre, hija de tu hijo,
más humilde y alta que toda criatura, término fijo de eterno consejo,
Tú eres aquella que la humana naturaleza ennobleciste de tal manera, que tu Hacedor no desdeñó hacerse su hechura.
En tu vientre se reencendió el amor por cuyo calor en la eterna paz
ha germinado así esta flor.
Aquí eres para nosotros luz meridiana
de caridad, y, justamente, entre los mortales eres de la esperanza la fuente viva.
Mujer, eres tan grande y tanto vales,
que quien quiera gracia, y a tí no recurre, su deseo es como querer volar sin alas Tu benignidad no sólo socorre
a quien la pide, sino que libera de muchos cansancios antes de ser solicitada.
En tí misericordia, en tí piedad, en tí magnificencia, en tí se reune
cuánto en la criatura hay de bondad.)
Virgen-Madre, Hija-Hijo, Humilde-Alta….En la poesía dantesca se recoge, de manera sencilla e insuperada, toda una tradición bíblica y litúrgica que expresa la verdad teológica.
Juan Pablo II en la Encíclica Redemptoris Mater [La Madre del Redentor], del 25 de marzo de 1987, expone magistralmente la doctrina de la Virgen María, Madre de Dios y de la Iglesia.
Alguien podrá asombrarse, sin embargo, con lenguaje humano, de la referencia constante a la persona que en el lenguaje de S. Juan de la Cruz existe y que en el análisis de Santa Edith Stein persiste. No sólo puede, sino que debe ser así. Si la persona no es solamente el cuerpo, tampoco es solamente el alma; ni siquiera cuerpo y alma unidos. El compositum (compuesto) humano, la naturaleza humana es la persona completa. Sin embargo, la persona es más: es sujeto autónomo respecto a cualquier otro, cuyo misterio sólo se devela plenamente en Dios, su Creador. En toda persona humana hay naturaleza humana. Por tanto, para explicar, con la limitación del modo humano de hacerlo, lo inefable del Amor divino en su relación fundante, redentora y elevadora respecto a la persona, resulta perfectamente lícito acudir al modus loquendi [modo de hablar] humano para expresar, con términos humanos, el querer divino y sus efectos en el ser personal de la criatura.
Autorizada por su director espiritual, Dom Raphael Walzer [1888-1966], Abad de Beuron, para abrazar la vida de clausura carmelitana a la que aspiraba desde su conversión al catolicismo, Edith ingresó en el Carmelo de Lindelthal, en Colonia, el 14 de octubre de 1933. Su toma de hábito se realizó el 15 de abril de 1934. Eligió como nombre de religión Teresia Benedicta a Cruce. Teresia, por Teresa de Jesús. Benedicta, por su amiga Hedwig
Conrad-Martius [1868-1966]. El complemento del nuevo nombre, a Cruce, indica ya que con Teresa de Ávila y Juan de la Cruz está avanzando en la scientia Crucis, en la ciencia de la Cruz, de una manera que resulta inseparable de su condición judía. “Cuando elegí el nombre a Cruce, —escribe— lo hice por el destino de mi pueblo, porque ya entonces se podía prever que iba a sufrir mucho. Pensé que quienes entendíamos que los acontecimientos políticos significaban para nosotros la Cruz de Cristo, tendríamos que llevar esta Cruz en el nombre de todos”. El 21 de abril de 1935 hizo su profesión religiosa, formulando sus votos por tres años.
Antes de entrar al Carmelo volvió a Breslau. Quiso ser ella la que informara directamente a su madre de su decisión de ingresar como religiosa en la orden de Santa Teresa de Jesús. La entrevista con su madre resultó conmovedora, pero no encontró en ella ni comprensión ni respaldo a su decisión. Su madre y la casi totalidad de sus hermanos y familiares no entendieron su conversión al catolicismo; y, luego, menos aún, su ingreso en el Carmelo. De su extensa familia, sólo su hermana Rosa [1883-1942] la siguió tanto en el abrazar la fe católica, como en su vida religiosa y en el martirio. En efecto, Rosa ingresó como Terciaria Carmelita y trabajó los últimos meses de su vida como portera y sacristana del Convento de Echt, en Holanda, donde estaba su hermana Edith.
En 1934 apareció su vida de Santa Teresa bajo el título Amor por Amor. Allí presentó el desarrollo paralelo de la vida de oración y de la vida de la gracia. Dos años después, en 1936, en La oración de la Iglesia explica la ayuda de Teresa de Ávila a la Iglesia por la “renovación de una auténtica vida interior”. Y en su artículo sobre La historia y el espíritu del Carmelo refleja la coherencia de la vida y la enseñanza de la Madre Teresa con una verdad en la cual había calado hondo: Sólo Dios basta.
En 1935, siendo todavía novicia, escribe un artículo intitulado Una Maestra en el arte de educar y de formar: Santa Teresa de Jesús. Didier-Marie Golay [1955] destaca que en ese largo trabajo Edith Stein pone de relieve tres aspectos importantes para valorar a Teresa de Jesús como Maestra en el arte de educar: un carácter que la hacía capaz de conquistar a otros para traerlos a colaborar en la realización de sus proyectos; una competencia en la formación, pues como primera responsable de la fundación de la reforma carmelitana, va a dejar en ella su impronta específica; y su carisma y santidad que hacen de ella una especialista en la formación de la persona humana.
En ese artículo Edith distingue, de entrada, educación de formación. La educación (die Erziehung) es el aprendizaje sistemático de la voluntad para alcanzar una meta. La formación (die Bildung) debe penetrar hasta el alma, para que todo el ser humano se encamine hacia la unión con Dios. La formación es, así, la obra de Dios, actuando por Sí mismo o por los instrumentos que escoge. Los encargados de formar en la santidad rezan por aquellos que deben formar, derraman en ellos su propia santidad y los instruyen en el conocimiento de la vida interior; conocimiento que proviene de la experiencia iluminada por la ciencia teológica. La Madre Teresa ha sido para su hija Edith Stein una maestra en el arte de educar, en cuanto por la oración, por la intimidad con Dios, sus cualidades naturales se afinaron y aumentaron por una difusión del Bien. Para ser maestra en el arte de educar Teresa de Jesús se preparó mediante el “diálogo familiar con Dios”. Presenta en su artículo una hermosa evocación del cristocentrismo carmelitano y de la importancia de la Santísima Humanidad de Cristo. En la última parte (Del individuo a la persona) destaca que Santa
Teresa se ocupó de la “formación de personas”, ejemplificando eso con referencias a los casos de San Juan de la Cruz y de Ana de Jesús.
“Desde 1933 —comenta Didier-Marie Golay—, Edith Stein era muy consciente de lo que representaba el acceso al poder de Adolfo Hitler y del Nacionalsocialismo. Este artículo sobre la educación y la formación que presenta como modelo a Santa Teresa de Jesús fue, seguramente, una forma para ella de combatir la ideología neopagana del nazismo, que despreciaba la dignidad humana. Ese texto es también un vibrante homenaje rendido a la maternidad espiritual de aquella que le había abierto el camino hacia la verdadera fe y que le había descubierto el diálogo interior con Dios como medio de realizar su ser de mujer, de mujer cristiana en marcha hacia la santidad”.
La legislación nacionalsocialista declaró, en 1935, ciudadanos de segunda clase a todos aquellos que no tuviesen sangre aria. La discriminación y la persecución se abatió con mayor fuerza sobre los judíos.
En 1936 los superiores carmelitas le indicaron que reanudara su actividad como filósofa. Ese mismo año falleció su madre, distanciada de Edith por el bautismo y la entrada en religión. Nunca entendió la buena mujer esos pasos dados por su hija.
El 21 de abril de 1938 realizó, siempre en Colonia, la profesión de sus votos perpetuos. Seis días después fallecíó en Friburgo de Brisgovia su “venerado maestro”, Edmund Husserl. El 1° de mayo recibió el velo negro de manos del Dr. Wilhelm Stockums [1877-1956], Obispo Auxiliar de Colonia.
Su obra fundamental se considera Ser finito y ser eterno. Es una reelaboración de un trabajo (Acto y Potencia) posiblemente escrito entre 1930 y 1931. Lo llevó al Carmelo de Colonia. Con permiso y mandato de sus superiores lo revisó dejándolo listo para su publicación en 1936. “A pesar de su carácter filosófico se descubre la huella profunda de la espiritualidad carmelitana, sobre todo en sus discursos sobre el alma humana y sobre la imagen de la Trinidad presente en todas las criaturas. Es la obra fundamental en el momento de establecer las bases de la antropología espiritual steiniana. Además, aquí se observa el camino de su filosofar, que pasa de la contemplación del ser finito a la contemplación de Dios. Es un intento por crear una línea ascendente en la conquista del ser: es el paso de la filosofía a la mística”. Como apéndice de esa obra escribe, también en Colonia en 1936, el análisis crítico de la obra de Heidegger Ser y tiempo intitulado La filosofía existencial de Martin Heidegger.
En Ser finito y ser eterno, señala que la investigación ontológica no puede detenerse en las fronteras de lo simplemente natural. “La fe y la teología —escribe— informan a la razón natural sobre el primer ente; sin su ayuda, la razón sola no llegaría jamás hasta allá…La razón se convertiría en sinrazón si se obstina en detenerse ante las cosas que no puede ella descubrir por su propia luz y si cerrara los ojos delante de lo que una luz superior le hace visible”. Como ha señalado Francisco Javier Sancho, Edith Stein sigue en este punto la línea señalada por Jacques Maritain [1882-1973].
Así, para Edith Stein, la experiencia mística fue como la perfección de la filosofía: “La perfección completa del ideal hacia el cual tiende la filosofía en cuanto búsqueda de la sabiduría divina misma, la visión simple por la cual Dios se comprende a sí mismo y a todo
lo creado. La realización suprema que puede ser alcanzada por un espíritu creado
—seguramente no por sí mismo— es la visión gloriosa que Dios le da al unirse a Él: el ser adquiere la participación del conocimiento divino viviendo la vida divina. El mayor acercamiento a este fin supremo durante la vida terrestre es la visión mística”.
Edith Stein estuvo en el Carmelo de Colonia desde su ingreso el 14 de octubre de 1933 hasta el 31 de diciembre de 1938. La persecución de los judíos en Alemania motivó su traslado al Carmelo de Echt, en Holanda. Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial y Holanda fue ocupada por las fuerzas del III Reich, en mayo de 1940, hasta allí se extendió el odio antisemita. Ante las deportaciones de judíos, los Obispos católicos de Holanda hicieron leer una pastoral en todas las iglesias, el 24 de julio de 1942, condenando la persecución. Se desató, entonces, la persecución nazi contra los judíos católicos con particular intensidad.
Edith Stein y su hermana Rosa [1883-1942] fueron detenidas conjuntamente en el Carmelo de Echt el 2 de agosto de 1942. “Vayamos a morir con nuestro pueblo”, fue la frase de Edith a su hermana. Primero fueron llevadas al campo de concentración de Amesfoort y, luego, al de Drenthe-Westerbork. El 7 de agosto ambas estaban en el convoy enviado a
Auschwitz-Birkenau. Allí murieron, posiblemente el 9 de agosto, en la cámara de gas. Fueron enterradas en fosa común. (Se toma como fecha oficial de la muerte el 9 de agosto, por ser la publicada en la Gaceta Holandesa del 16 de febrero de 1950). Sus hermanos Paul [1872-1943] y Frieda [1889-1943] murieron también como judíos en campos de concentración. Todos sus familiares restantes sufrieron terriblemente con la persecución nazi.
El Santo Padre Juan Pablo II, el 1º de mayo de 1987, Beatificó a la carmelita judía como mártir de la Iglesia católica. Once años después, Edith Stein fue canonizada, también por Juan Pablo II, el 11 de octubre de 1998, luego, fue proclamada co-Patrona de Europa en 1999.
La Ciencia de la Cruz
Su libro póstumo Ciencia de la Cruz (Kreuzeswissenschaft), resulta, desde el punto de vista teológico, una de sus obras más importantes. Es una obra escrita considerando la doctrina de San Juan de la Cruz y en base a su propio periplo interior.
Ciencia de la Cruz (Estudio sobre San Juan de la Cruz), es un estudio emprendido por Edith Stein en agosto de 1941 por petición de sus superiores como contribución al Jubileo de San Juan de la Cruz. Trabajaba aún en él cuando se produjo su arresto, deportación y muerte.
Aunque, como su misma autora señala, no pretende ser una biografía de San Juan de la Cruz, su análisis de las obras del santo estudiado (con una cuidadosa indicación de qué es del santo y qué de ella) resultan material imprescindible de consulta en todo estudio actual de San Juan de la Cruz. Tanto el Cántico Espiritual y la Llama de Amor viva, como la Noche Oscura son presentadas por Edith Stein, siguiendo la huella del mismo San Juan de la Cruz, con una hondura psicológica, filosófica y teológica especial. Prescindiendo de las variantes existentes en el Cántico Espiritual en los manuscritos existentes —considerándose los principales aquellos de Barrameda y de Jaén— recoge la tesis de que las composiciones de
S. Juan de la Cruz (realizadas en circunstancias particularmente duras) buscaron evitar
cualquier asimilación con los iluminados que entonces enturbiaban la vida de la Iglesia en España y frente a los cuales estaba particularmente atenta la Inquisición.
Para Edith Stein, cuando el alma encuentra a Dios, el Redentor irrumpe en su noche como alba de un día de eternidad. Si el alma ha sido creada para la unión nupcial con Dios, esta unión “se obtiene por la cruz, se consuma en la cruz, y va marcada, por toda la eternidad, con el sello de la cruz”.
“Amar —escribe Santa Edith Stein—, en su más alta realización, es hacerse uno el amante con el amado en una libre entrega mutua: esa es la vida divina en el seno de la Trinidad.
Hacia esa plena realización aspiran el amor anhelante y porfiado de la criatura (amor, eros) y el amor misericordioso de Dios que se abaja hasta aquélla (caritas, agape). Donde estos dos amores se encuentran, allí se irá realizando progresivamente la unión a costa de todo lo que se oponga a su paso y en la medida en que todo esto quede aniquilado. Esto va haciéndose, como ya lo sabemos, a lo largo de la Noche oscura por modo activo y pasivo.
Mediante la purificación activa la voluntad humana se va uniendo cada vez más con la divina, pero de tal manera que la voluntad divina no se percibe como realidad presente, sino que es acogida en la oscuridad de la fe. Aquí en realidad hay sólo una diferencia de grado entre la presencia por gracia y la unión de amor. Por el contrario, en la purificación pasiva causada por el fuego consumidor del amor divino, la voluntad divina va penetrando progresivamente hasta sentirla como una realidad presente”.
Y más adelante agrega, explicando la unión de la cual habla S. Juan de la Cruz, que “estamos ante la más profunda inmersión del alma en la esencia divina, que la deja divinizada; una unión e identificación de dos personas que no anula su independencia, sino que precisamente la supone; una compenetración sólo superada y aventajada por la circuminsesión de las divinas personas, que es su prototipo”.
Para entender a Santa Teresa, a S. Juan de la Cruz (ambos Doctores de la Iglesia, como también es Doctora de la Iglesia Santa Teresa del Niño Jesús, cuya comparación con E. Stein realiza Javier Sesé) y a Santa Edith Stein, se necesita, para decirlo con palabras de le escritura, saborear las cosas de arriba y no las de la tierra (Cfr. Col. 3, 2.) Porque el fin de la personalidad cristiana no es otro que la identificación con Cristo.
La empatía de Santa Edith Stein con S. Juan de la Cruz no deriva de la común filiación de ambos con Santa Teresa de Jesús. La espiritualidad carmelitana facilita sin duda lo que podría llamarse, con lenguaje llano, la misma longitud de onda sobrenatural. Pero de las vidas de ambos se deduce que, adicionalmente, fue el Crucifijo —al igual que para Santo Tomás— el gran texto, el texto imprescindible para asimilar espiritual y existencialmente la scientia crucis, la ciencia de la cruz.
Juan de Yepes, que al entrar inicialmente en religión adoptó el nombre de Juan de Santo Matía y, luego, al pasar a la Reforma del Carmen impulsada por Santa Teresa, adopta como Descalzo el de Juan de la Cruz, fue, después de Santa Teresa de Jesús, el gran instrumento del Maestro Divino en la formación del alma de Santa Edith Stein; en explicar, en lo posible, lo inefable de la embriaguez del alma colocada en la intimidad con Dios.
La empatía de Santa Edith Stein con San Juan de la Cruz deriva de la analogía de ser los dos personas especialmente elegidas por Dios para, amando en el Amado, corredimir con
Él, conociendo la Cruz, amando la Cruz y enseñando que, para un cristiano coherente, no queda otra cosa que exclamar ¡Ave Crux, spes unica! [Salve, oh Cruz, única esperanza].
Edith Stein interpreta bien la enseñanza de S. Juan de la Cruz viendo la entrada activa en la noche oscura como el seguimiento de la cruz. Pero es sólo el inicio. Quien persevera en el seguimiento de Cristo encontrará, además, la noche pasiva como crucifixión. Es el camino estrecho y de lucha en la fe para llegar, por la gracia de Dios, a la unión. Es el sendero en el cual se aprende, por la vía dolorosa, que la unión con Cristo exige la muerte de cruz. Nada más alejado del auténtico espíritu cristiano que la superficialidad sensiblera o la sinusoide de los estados de ánimo. Es el camino del despojo total para el encuentro, la donación y la identificación de quién es el Todo. Lección maravillosa y sobrecogedora de honda entraña evangélica: “El que quiera ser mi discípulo, niéguese a sí mismo, tome su Cruz y sígame.
Porque el que quiera salvar su vida la perderá; pero quién la perdiere por mi y por el Evangelio la salvará” (Mc., 8, 34).
No es la ruta indicada por S. Juan de la Cruz y Santa Edith Stein un camino de simple masoquismo, de ascésis de lo espiritual como autoaniquilación de lo sensitivo. Renunciar por un motivo de amor divino a la propia voluntad para tomar como propia la voluntad de Dios, aunque resulte de difícil comprensión para quien prescinda de una visión cristiana, es la mayor liberación y la mayor elevación de la persona, que encuentra en su unión con Dios un anticipo de lo que recibirá en la patria definitiva, el Cielo. Es decir, es un comienzo del Cielo en la tierra. El Señor dijo “Mi yugo es suave y mi carga ligera” (Mt., 11, 30), Y Edith Stein comenta: “Beber el cáliz con el Señor (Mt, 20, 21) significa morir a la naturaleza —tanto sensitiva como espiritual—. Sólo así puede el alma ascender por el camino estrecho (…) Cristo es nuestro camino. Todo se reduce a comprender cómo hemos de caminar imitando al modelo que es Cristo (…) nuestra meta es la unión con Dios, nuestro camino Cristo crucificado. El único medio apropiado para ello es la fe”. Y agrega que la “tiniebla que guía hasta Dios es, como ya sabemos, la fe”. Y de ella dice: “Es el único medio que nos lleva a la unión, porque pone a Dios delante de nuestros ojos tal como Él es: infinito y trino. La fe es semejante a Dios porque ambos ciegan el entendimiento y se le aparecen en tinieblas. Por lo cual el alma está más íntimamente unida a Dios cuanto más llena está de fe. Su oscuridad la representa la Sagrada Escritura en la imagen de la Nube bajo la cual Dios se ocultaba en las revelaciones del Antiguo Testamento: ante Moisés sobre la Montaña; en el templo de Salomón”.
El libro tiene tres grandes secciones: I, El Mensaje de la Cruz; II, La Doctrina de la Cruz; y III, El seguimiento de la Cruz. Es en la segunda donde trata de manera directa el punto de la elevación del alma al orden sobrenatural; y, también, de la fe y la vida de la fe.
“¿Qué es lo que tratamos de expresar —dice— con este conjunto de verdades de fe? Evidentemente lo que se nos propone para creer, el contenido de todas las verdades reveladas, predicadas por la Iglesia: fides quae creditur. Cuando el entendimiento acepta lo que se le propone, pero no puede conocer por su propia visión, da el primer paso hacia la Noche Oscura de la fe. Pero ésta no es todavía más que la fe que se cree, una actividad vida del espíritu, y el hábito a ella correspondiente o virtud de la fe; el convencimiento de que Dios existe (credere Deum [creer en Dios]) y la aceptación convencida de lo que Dios enseña por medio de su Iglesia (credere Deo [creer a Dios]). Con esta vida de la fe se levanta el espíritu sobre su actividad natural sin desprenderse de manera alguna de la
misma. Más bien, las potencias del alma reciben en el nuevo mundo que la fe les presenta una nueva cantidad de material sobre el que obrar”.
Después de señalar que el espíritu hace íntimamente suyo el contenido de la fe a través de la meditación: y que, así, “la voluntad se mueve a amar y se decide a transformar su vida viviendo de fe”, Edith Stein habla de la contemplación.
“De nosotros depende —dice— el entregarnos a la oración y el tiempo y modo que dediquemos a la contemplación adquirida. Si examinamos esta contemplación, como tranquilo y amoroso abandono en Dios, podemos considerarla como una forma de la fe –fides qua creditur-: no como el credere Deum (por más que la fe en el ser divino se presupone y va incluida en ella), ni tampoco como el credere Deo, (por más que sea el resultado de todo lo que nosotros aceptamos por la fe como verdad revelada por Dios), sino credere in Deum, creer en Dios, entregarnos a Él por la fe”. Y agrega: “Este es el más alto grado que la vida de la fe puede alcanzar con sus propias fuerzas, cuando, fundada en ella y como consecuencia práctica, se perfecciona el abandono de la propia voluntad en la divina y la dirección de las acciones y pasiones de la propia voluntad se conforma a la divina. Supone también una mayor elevación del espíritu sobre la condición de su ser natural. Las verdades de fe nos acercan a Dios por medio de figuras, imágenes y conceptos tomados de las cosas creadas. Pero además nos enseñan que Dios está por encima de todo lo creado y de todo concepto o aprensión. Por ello debemos abandonarlo todo y todas las fuerzas con los que lo captamos y comprendemos, para levantarnos por la fe a Dios, el inaprensible e incomprensible”.
Lo impresionante es que el hondo análisis de la vida y obra de S. Juan de la Cruz haya sido hecho desde el propio via crucis de Edith Stein. Quizá por lo que como persona padecía, integrando su padecimiento en el padecimiento del pueblo judío, el pueblo elegido, el pueblo de la Alianza que era su pueblo, logró una comprensión magistral de esa scientia crucis que procuró transmitirnos, haciendo gala de su sólida formación profesional como filósofa y de su elevada vida interior como alma que correspondió heroicamente al cúmulo de gracias que el Señor le fue dando para conformarla, justamente a través de la Cruz, de Su Cruz, consigo mismo.
“Santa Edith Stein […] —escribe Javier Sesé— descubre ante todo en su cruz personal una ocasión maravillosa de entregarse por su amado pueblo judío (hay un paralelismo conmovedor en esto con muchos aspectos de la misma Cruz de Cristo), pero esa entrega es eficaz justamente porque en ese dolor encuentra al propio Jesús, con el que también ella se ha desposado con todo su ser”. Y añade: “La sabiduría de la cruz es, pues, la sabiduría del amor: y por tanto, de la santidad. Pero no simplemente porque de la Cruz de Cristo y de la identificación personal con ella nazca o crezca la caridad, sino porque la misma Cruz es Amor, porque es Cristo. Aquí es donde las formulaciones teóricas se quedan habitualmente cortas, y hay que dejar paso a esta sabiduría de la santidad para alcanzar alguna luz, aunque sea muy parcial […]. En nuestra pobre experiencia humana, sufrimiento parece sinónimo de tristeza, si no de algo peor (y en algunos ámbitos de la sociedad hedonista moderna, esto se presenta cada día más acentuado); sin embargo, la experiencia de la santidad muestra todo lo contrario: el sufrimiento más cruel no sólo es compatible con la alegría, sino que es fuente de esa misma alegría, en la medida —insistimos— del
enamoramiento personal de Dios y de la entrega a los demás por Dios; porque en ese sufrimiento está el mismo Dios: porque ese sufrimiento es la Cruz de Cristo”.
Permítaseme concluir con una larga cita de Santa Edith Stein. La misma está tomada de una de sus cartas. En ella se refleja claramente que entiende por la ciencia de la Cruz.
“Quien pertenece a Cristo debe vivir la vida de Cristo en su totalidad, ha de alcanzar la madurez del Salvador y andar, por el camino de la Cruz, hasta el Getsemaní y el Gólgota. Y todos los sufrimientos que vienen de fuera son nada en comparación con la noche del alma, cuando la luz divina ha desaparecido y la voz del Señor no se escucha más. Dios está allí presente, pero escondido y silencioso. ¿Y por qué sucede esto de esa manera? Se trata de secretos de Dios, sobre los cuales hablamos, pero que, en definitiva, nunca podemos dilucidar totalmente. Sólo alcanzamos a vislumbrar algunas facetas de ese misterio y por eso Dios se hizo hombre, para hacernos participar de una manera nueva de su vida divina.
Este es el comienzo y la meta final, pero en medio existe todavía otra cosa. Cristo es Dios y hombre al mismo tiempo; y quien quiere compartir su vida tiene que participar de su vida divina y humana. La naturaleza humana que Él asumió le dio la posibilidad de padecer y morir; la naturaleza divina que Él poseía desde toda la eternidad le dio a su pasión y muerte un valor infinito y una fuerza redentora. La pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo se continúan en su Cuerpo Místico y en cada uno de sus miembros. Todo hombre tiene que padecer y morir, pero si él es un miembro vivo del Cuerpo Místico de Cristo, entonces su sufrimiento y su muerte reciben una fuerza redentora en virtud de la divinidad de la Cabeza. Esa es la razón objetiva de por qué los santos anhelaban el sufrimiento.
A los ojos de la razón natural puede parecer esto una perversión, pero a la luz del misterio de la salvación es lo más razonable. Es así que los que están realmente unidos a Cristo permanecen inquebrantables, aun cuando en la oscuridad de la noche experimenten personalmente la lejanía y el abandono de Dios. Quizá permite la Divina Providencia el sufrimiento precisamente para liberar a quienes están atados. Por eso, ‘hágase Tu voluntad’ también y sobre todo en la noche más oscura.
Estoy contenta con todo. Una scientia crucis sólo se puede adquirir si se llega a experimentar a fondo la cruz. De esto estuve convencida desde el primer momento, y de corazón he dicho: ¡Ave Crux, spes unica!”.
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El muy especial nivel intelectual de Santa Edith Stein resultó durante un tiempo opacado, primero, por los prejuicios de su tiempo; y, luego, por los de la cultura dominante. Así, en su período previo a la conversión al catolicismo, el hecho ya mencionado de ser mujer y judía se convirtió en un obstáculo para el reconocimiento de sus excepcionales dotes intelectuales. Luego, el ser conversa, católica y religiosa, le hizo conocer las incomprensiones, cuando no los prejuicios y las pequeñeces, de ciertos ambientes filosóficos y teológicos. Luego de su canonización el interés por su vida y por su obra ha ido siempre en aumento.
Como había pasado también con Newman, algunos colocaron delante sus prejuicios frente al converso, sobre todo porque la conversa (en este caso) tenía cualidades intelectuales
muy superiores a los de aquellos que funcionaban en base a la desconfianza. Después de su muerte, ambientes teológicos influidos negativamente por el existencialismo, encontraron inaceptable sus críticas a Heidegger. Pero Edith Stein está ya en un sitial intelectual reconocido y figura, gracias a Dios, en el santoral católico; y resulta difícil suponer que, en un futuro, alguno de sus airados críticos pueda alcanzarla; ni por la santidad de vida, ni por la ortodoxia de su doctrina, ni por la heroicidad de sus virtudes.
*estadista venezolano.
Editado por los Papeles del CREM a cargo de Raúl Ochoa Cuenca.
«Las opiniones aquí publicadas son responsabilidad absoluta de su autor».