Por José Antonio García
800 millones. Ese es el número de personas que salieron de la pobreza en China. No un millón, ni siete: ochocientos millones. Retén ese dato, porque va a contradecir casi todo lo que has oído y lo que escucharás en los próximos días en Venezuela. Toca darle la vuelta al discurso de los grandes medios y de los políticos. Vamos a tomar los datos duros de organismos mundiales para mirar la cara B de la moneda; esa que no te cuentan porque incomoda a algunos. Al final del día, lo que esto revela es la gran verdad incómoda: el problema del Estado nunca ha sido su tamaño, sino para qué se usa… y a quién sirve. Quédate aquí porque te lo contamos.
El TRUCO DE LAS POTENCIAS: Haz lo que digo, pero no lo que hago
Nos han repetido hasta el cansancio, especialmente en América Latina y en discursos que marcan hoy el debate sobre el futuro de Venezuela, que el secreto de la prosperidad es un Estado minúsculo. Pero los datos medibles no dicen eso. Las principales potencias del planeta, las que lideran los ránkings de las mejores economías del mundo, hacen exactamente lo contrario: poseen Estados gigantescos que controlan, financian o dirigen sectores estratégicos, como demuestran los datos del Banco Mundial:
1. Francia: El Estado representa el 54% de su economía.
2. Finlandia, Dinamarca y Noruega: Operan con Estados de hasta el 50% del PIB. Noruega, por ejemplo, controla de forma directa el 67% de su empresa petrolera (Equinor) y posee más del 55% de la riqueza industrial para financiar un Estado de bienestar masivo.
3. Estados Unidos: La supuesta meca del libre mercado maneja un gasto público consolidado de casi el 40% de su enorme PIB.
4. China: El gobierno posee el 100% de la propiedad de unas 150,000 empresas estratégicas (bancos, energía, telecomunicaciones, transporte), que generan hasta el 40% del PIB del país, además del control absoluto de las tierras.
La paradoja es brutal: mientras las potencias defienden en sus casas el derecho a tener Estados fuertes, protectores y de gran tamaño, a las naciones latinoamericanas se les prescribe asfixiar su inversión pública bajo la promesa de que la austeridad extrema los hará mágicamente ricos.
LA PRUEBA DEL ÁCIDO: ¿Qué compran los impuestos en Washington y en Pekín?
Conscientes de que la narrativa del «Estado pequeño» se desvanece al chocar con la realidad, el verdadero debate no es cuánto mide el Estado, sino para qué funciona y a quién sirve. Cuando comparamos los dos países que hoy se disputan la hegemonía global, Estados Unidos contra China, los discursos se desmoronan frente a los datos.
Olvidémonos de las teorías abstractas de pizarrón y miremos cómo vive la gente real:
El techo propio: En China el 90% de las familias es dueña de su hogar gracias a programas estatales de vivienda; en EE. UU. es del 65% y gestionado por el sector privado.
Pobreza: China logró sacar de la pobreza a 800 millones de personas y registrar un 0% de pobreza absoluta en 2020 bajo la validación del Banco Mundial. Mientras tanto, EE. UU. reporta una tasa de pobreza oficial del 11.1% (más de 36 millones de personas).
Salud Pública: En China, el 90% de las camas hospitalarias pertenecen al sistema público. En EE. UU., la salud se gestiona con fines de lucro, por lo que más del 65% de la infraestructura hospitalaria es privada.
Infraestructura Urbana: En apenas 20 años, China levantó más de 600 áreas de desarrollo urbano desde la nada, incluyendo 19 megaciudades que incorporaron a la modernidad a 400 millones de habitantes; sí, leíste bien: 400 millones. EE. UU. no ha fundado ni una sola ciudad nueva en los últimos 20 años.
Este abismo estadístico en el desarrollo de cada población no es casualidad; es la prueba irrefutable de que el tamaño del Estado no importa. Lo que realmente importa, es para qué se usa su maquinaria y a quién sirve concretamente. La diferencia lo dice todo.
El TIMONAZO GLOBAL: Cuando el FMI quemó su propio manual de instrucciones
La recomendación de «minimizar el Estado» en los países de Latinoamérica en los años 90 está tan obsoleta que los mismos organismos que la crearon la están tirando a la basura. Por un lado, el Fondo Monetario Internacional (FMI), a través de portavoces como Gita Gopinath, argumenta abiertamente que los países necesitan de forma urgente construir «espacio fiscal». El FMI exige un Estado con capacidad financiera suficiente para intervenir en infraestructura y redes de protección social.
Por el otro, la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) mantiene una postura firme y lapidaria en la voz de su Secretario Ejecutivo, José Manuel Salazar-Xirinachs, quien ha indicado que América Latina no necesita Estados más pequeños; necesita Estados con mayor capacidad institucional para invertir y romper las trampas de la desigualdad y la baja productividad.
EL DILEMA VENEZOLANO: Menos Estado o mejores instituciones
Venezuela, influenciada por los EE. UU., se ha alineado con la vieja receta del norte: reducir el Estado a su mínima expresión. Mientras tanto, los datos de las potencias demuestran que mantener estructuras del Estado incluso más grandes que la venezolana las ha posicionado en el tope del ránking económico y de desarrollo mundial. El tamaño sí funciona: EE. UU. y China, las dos superpotencias del mundo, lo demuestran; Francia,6 Dinamarca y Noruega lo ratifican.
Entre tanto, la diferencia de cada nación radica en para qué se usa y a quién sirve el Estado: si para facilitar el enriquecimiento de corporaciones tecnológicas, farmacéuticas y financieras, o para masificar la educación, la salud, la vivienda y el desarrollo en favor del bienestar general.
El tamaño del Estado venezolano y su «miniaturización» ya no se pueden justificar bajo ningún discurso; el problema de Venezuela radica en la falta de instituciones fuertes y en la corrupción. Pretender llevar a Venezuela a la senda de la miniaturización del Estado como solución es pretender nadar contracorriente y evitar el camino de grandes naciones como China, Dinamarca y Noruega para garantizar un Estado de bienestar social, porque el tamaño del Estado es piedra angular del desarrollo. Si no, que lo diga China, que sacó a 800 millones de la sombra a la luz de la prosperidad.
Ante esta realidad, quedan dos preguntas latentes:
1. ¿Cómo pretende crecer Venezuela y convertirse en una potencia si aplicar la receta exactamente contraria a la que utilizan las grandes naciones?
2. ¿Cómo hacer para que la estructura del Estado atienda realmente al bienestar de su población, tal como lo hacen China, Finlandia, Noruega y Dinamarca y no a la corrupción?
Al final del día, la historia no miente: ningún país ha logrado ser grande copiando las recetas que sus competidores usan para empequeñecerlos.
Fotografía: Cortesía de la Agencia Xinhua
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