Por Juan Antonio Herrera Betancourt
El ejército libertador, en el orden ideológico, tuvo una marcada influencia de la independencia de los Estados Unidos y de la revolución francesa, y en orden organizativo de la corona española. Fue constituido, en su gran mayoría, por hombres sin ninguna formación militar, provenientes de los ideólogos de la independencia, comerciantes y agricultores, que se fueron instruyendo y formando durante los combates hasta alcanzar la destreza y capacidad que les permitió derrota a un ejército organizado, bien dotado y con experiencia de combate, como fue el ejército expedicionario español. Dio grandes conductores militares, en cuya cúspide se coloca aquel joven Simón Bolívar, que a los 15 años de edad recibe el Despacho de Subteniente del Batallón de Blancos de los Valles de Aragua, su academia militar, para después convertirse en El Libertador y el gran héroe y principal líder de la gesta de independencia.
Con su muerte se afirma la desaparición de aquel ejército para darle paso al caudillismo regional, constituido por los generales independentistas, a quienes sus servicios les fueron recompensados con grandes extensiones de terrenos en sus regiones de origen, y utilizaron esa gran cantidad de hombres que quedaron sin ningún horizonte de vida, con una gran carga de soledad y abandono, ya que su única ocupación durante muchos años fue la de “guerrear”, como fue la realidad de los oficiales y soldados desmovilizados, para convertirse en los caporales y peonada de las grades haciendas de los caudillos, constituyendo “ejércitos” particulares, lo que trajo como consecuencia el militarismo que junto con el caudillismo y el autoritarismo fueron los signos que definieron la conducción del país durante casi todo el siglo XIX, por lo que podemos decir que de aquel Ejército Libertador no quedo rastros, sino su degeneración que más tarde termino en las tristes montoneras, como símbolo de la organización militar de una época.
Es a partir de la llegada de los andinos al poder en 1899, cuando se inicia un nuevo camino en la organización militar del país, después que estos acabaron con los caudillos regionales del siglo XIX, y la etapa en la cual el que quería hacer política se iba a la guerra. Los andinos impusieron la paz esperada por todos, después de un siglo de guerras fratricidas, dando inicio a la formación de un Ejército Nacional, profesional y permanente. Se decreta la creación de la Academia Militar, la cual inicia sus actividades el 5 de julio de 1910, significando un paso fundamental y trascendente en el proceso de la profesionalización militar, en un período de profundas reformas y progreso integral para estructurar una institución moderna con alcance geopolítico nacional, lo que fue acompañado por otras ejecutorias en el orden educativo, de organización y bienestar, dando inicio al envío de oficiales a estudiar en el exterior, y con gran atención al personal de tropa. Pero lamentablemente este proceso tan significativo se empezó a deteriorar a partir de 1913, cuando el deseo de perpetuarse en el poder y utilizar a la fuerza armada como soporte político y dictatorial se hace presente.
Con la transición hacia la democracia a partir de 1936, se inicia una etapa de dignificación y tecnificación. Se habla por primera vez de la “institución castrense”. Se restablece la plena vigencia de las academias militares, elevando su nivel educativo y se reinicia el envío de oficiales a estudiar al exterior.
Los acontecimientos de octubre de 1945, ponen en evidencia la lucha generacional por el liderazgo en la fuerza armada, imponiendo abruptamente una nueva generación, lo que trajo el enfrentamiento por la consolidación del poder, lo que se materializo con los suceso de noviembre de 1948, dando inicio a una etapa de transformación que significo un gran avance educativo con la creación de institutos de especialización a todos los niveles, y una profunda reorganización y la modernización del equipamiento militar.
La nueva etapa que se inicia en 1958, marca un gran cambio en la concepción ideológica de la fuerza armada. Los primeros tiempos fueron de enfrentamientos e interpretación de lo que se abría ante la institución. La subversión castro-comunista señala un reto, al cual respondió la fuerza armada actuando conjuntamente, con pleno acatamiento al mandato constitucional, para así derrotar al comunismo invasor que pretendió ultrajar el territorio, la soberanía y la dignidad nacional. Durante todo el período democrático, de presidentes civiles, la fuerza armada fue consolidándose como institución subordinada al poder civil, creciendo en su organización y en su capacitación profesional. Interpretando el valor y contenido de los derechos humanos, manteniendo plenamente la vigencia de la Constitución, y aportando, dentro de los límites de sus atribuciones, al desarrollo y engrandecimiento del País.
Lamentablemente, la falta de renovación en el liderazgo político y un cambio en la forma de conducir el país, trajo como consecuencia que militares a la vieja usanza, vieron en la fuerza armada el instrumento de sus apetencias políticas y la posibilidad de utilizarla para la conquista y la perpetuación en el poder, dando resurgimiento al militarismo, que ha sido una de las grandes aberraciones, al emplear a la fuerza armada para otros fines y objetivos, fuera de lo que está señalado en su doctrina como institución que debe estar al servicio del Estado y ser garante para toda la población de su seguridad y tranquilidad.
El militarismo es uno de los absurdos que ha tenido nuestras Fuerzas Armadas, porque utiliza sus principios, sus valores y su poderío bélico para fines contrarios a lo que es su razón de ser. El militarismo es uno de los principales factores de destrucción de la institución armada, porque maneja sus integrantes en funciones que no son propias y para las cuales no están preparados, alejándolos de sus fundamentos doctrinarios, quebrantando su moral y destruyendo la unidad de cuerpo, al establecer diferencias entre los favorecidos políticamente y los que cumplen con sus deberes institucionales. El militarismo es una perversión, porque emplea el poder militar para mantener un caudillo, o un autoritario en el poder, violando las normas fundamentales del derecho, haciendo víctimas y sumisos seguidores a quienes no tienen la fortaleza de la formación y los principios para rechazarlo.
De nuevo, con toda su carga de destrucción hemos vuelto al militarismo de tiempos pasados, pero como nos enseña la historia, este maligno virus ataca solamente al grupo que conforma la rastrera camarilla disolvente de la institucionalidad. Estamos viviendo momentos difíciles, pero como siempre, de esto también saldremos, confiando en que la gran mayoría de la Fuerza Armada cree en los valores de la democracia, respetan la justicia, sienten los derechos humanos y acatan la Constitución de la República.
Todos los venezolanos, civiles y militares, quieren una Fuerza Armada digna del reconocimiento, afecto y respeto de los ciudadanos, por su comportamiento, apego estricto al ordenamiento jurídico y dedicación exclusiva al Estado. Una Fuerza Armada dedicada al cumplimiento de sus deberes específicos, ajena a la participación política y lejana a cualquier bandería proselitista.
Una Fuerza Armada, constituida por hombres y mujeres, cuyo comportamiento sea ejemplo de ciudadanía, honestidad y rectitud, considerando que el mayor aporte que pueden dar al desarrollo del país, es la garantía de su soberanía e integridad, ofreciéndoles a todos los venezolanos la seguridad necesaria para que logren sus objetivos y fines de vida, para hacer una Nación prospera, de bienestar, con valores y principios, y de gran dignidad.
(*) General de División, Ejército de Venezuela