Por José Antonio García
La sabiduría popular habla de viajar con el tanque lleno para llegar más lejos, pero si la ruta es la equivocada, tener más combustible solo nos aleja más rápido del destino. Es el dilema del viajero desorientado: más recursos no garantizan mejor rendimiento si el volante apunta hacia atrás. Algo similar ocurre en la economía venezolana. Quédate, porque hoy te vamos a explicar cómo con más recursos petroleros y divisas la inflación empeora.
La paradoja de la abundancia
Para entender el presente hay que mirar el punto de partida. En 2024 sobre Venezuela pesaban sanciones, la producción de petróleo era de 923 mil barriles por día y la venta de crudo se realizaba con descuentos de hasta el 40% para evadir las restricciones. En lo que va del año 2026, Venezuela ha experimentado cambios en materia petrolera que han incrementado su recaudación: venta de crudo sin descuento, un incremento de la producción hasta los 1.117.000 barriles por día y el alza de los precios del petróleo debido a la guerra en Irán. Sin embargo, existe un dato que atrae la atención: en 2024 la inflación fue del 47,90%, mientras que entre enero y julio de 2026 la inflación ya se ubicó en 174%; sí, un 125,10% más que en 2024.
El responsable no está afuera
Tener más ingresos en economía no siempre es sinónimo de mayor bienestar para las personas. Sin ser economista, cualquier padre de familia estará de acuerdo en que los ingresos mal administrados destruyen el bienestar del hogar. Ya lo advertía la Teoría de la Maldición de los Recursos de Sachs y Warner: «Los países que reciben ingresos masivos (por ejemplo, por petróleo o minería) suelen sufrir de pésima administración (…)».
Y es que no existe una crisis económica global, ni una pandemia ni un hecho puntual como el bombardeo del 3 de enero en Caracas que justifique por sí solo el alza desproporcionada y continua de los precios en Venezuela. Ningún evento coyuntural justifica cómo en 2024, con menos ingresos y condiciones más adversas, se obtuvieron cifras tan diferentes con lo que va de 2026, a menos que, por descarte, la causa quede reducida al manejo y administración de nuestra economía por parte del Gobierno.
La física del dinero sin respaldo
En economía ya es conocida la relación entre el incremento del dinero sin respaldo y la inflación. Tanto el Banco Central Europeo como la Universidad de Harvard (NBER) coinciden en que existe una relación directa (1:1) entre el aumento de la liquidez monetaria y el alza de los precios; es decir, a más dinero sin respaldo, más inflación, y viceversa.
En 2024, la venta de divisas aumentó un 17% y la emisión de dinero sin respaldo se redujo cerca de un 36% respecto al año anterior. Sin embargo, para julio de 2026 la estrategia dio un giro contradictorio: aunque la venta de divisas se disparó casi un 230%, la masa monetaria también creció un 34%. Lo que para el ojo común tal vez pasa desapercibido fue el detonante entre avanzar o hundirse: mientras en 2024 el plan combinó más divisas con menos bolívares para desacelerar la inflación, en 2026 se volcaron divisas pero también más bolívares a la calle; es decir, la paradoja de intentar apagar el fuego rociando gasolina.
El volante en la dirección correcta
La lección económica es contundente: no existen dólares suficientes para quemar en el mercado cambiario si la imprenta de bolívares, en vez de frenarse, se expande como ocurre en este 2026. Salir del espiral inflacionario exige detener la emisión sin respaldo, destinar parte de las divisas que hoy se consumen en la hoguera cambiaria hacia la producción e inversión, y avanzar en una unificación cambiaria que genere confianza en la moneda nacional. Sin estas medidas, la bonanza petrolera no se traduce en anaqueles llenos ni en sueldos dignos.
El 2024 nos dejó una lección sobre un mecanismo claro: inyectar divisas al mercado mientras se frena la imprenta. Hoy ni siquiera esa lógica elemental se aplica.
Al final, de nada sirve tener el tanque lleno si la conducción económica insiste en acelerar en la dirección equivocada.
Hoy la evidencia señala a los responsables, pero queda una pregunta por responder: ¿es culpa del viajero desorientado o es un camino premeditado?
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