Isabel Vidal de Tenreiro: Buena Nueva – Lo último que tenían

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Por Isabel Vidal de Tenreiro

La Biblia nos habla de dos mujeres viudas dieron lo último que les quedaba para vivir: la viuda de Sarepta en tiempos del Profeta Elías (1 R 17, 10-16) y la viuda pobre a quien Jesús observó dando limosna en el Templo de Jerusalén (Mc 12, 38-44).

La de Sarepta es impresionante.  ¡Vaya pobreza extrema en la que estaba esta mujer!  La sequía y la hambruna del momento la habían llevado al límite: sólo le quedaba “un puñado de harina y un poco de aceite”.  Pero Dios le envía al Profeta Elías para pedirle pan y ella le explica la situación en que está: ya no tenía más nada para comer.  Era lo último que le quedaba.

Pero ¿qué hace Dios?  Le habla por boca del Profeta, y éste le ordena que comparta con él lo poquísimo que le queda, que cocine primero un pan para él y luego uno para ella y su hijo.  Pero le hace un anuncio profético asombroso: que iba a tener harina y aceite de sobra.  ¿Cómo dando lo poquito que le quedaba iba a tener más?  Pero la viuda confía y hace lo que le pide Elías.

¡Qué fe y qué confianza tuvo esta mujer!  Por eso “tal como había dicho el Señor por medio de Elías, a partir de ese momento, ni la tinaja de harina se vació, ni la vasija de aceite se agotó”.

Lo mismo sucedió con la segunda viuda.  Nos cuenta el Evangelio que Jesús se puso a observar a la gente que echaba limosnas en el Templo.  “Muchos ricos daban en abundancia.  En esto se acercó una viuda pobre y echó dos moneditas de muy poco valor”.  Y Jesús no sólo observó, sino que le dio una enseñanza a sus discípulos: “Yo les aseguro que esa pobre viuda ha echado en la alcancía más que todos.  Porque los demás han echado de lo que les sobraba, pero ésta, en su pobreza, ha echado todo lo que tenía para vivir”.

Lo mismo que el panecito de la de Sarepta, estas dos moneditas era lo último que le quedaba a la de Jerusalén.  Y la generosidad la mide el Señor no por la cantidad que se dé, sino por cuánto significa lo que se da.

La limosna a los ojos de Dios tiene un valor relativo: cuánto significa para uno lo que se está dando. Y para dar de verdad, tendrá que haber renuncia o privación de algo que necesitamos.

Dar limosna puede ser un acto de mera filantropía, que no es lo mismo que la caridad cristiana.  Es lo que hacían los ricos que estaba también observando Jesús.  Y a éstos no los elogió, sino que los criticó duramente.  Y los criticó, no sólo porque daban de lo que les sobraba, sino porque eso que les sobraba lo obtenían -nada menos- que explotando a viudas y huérfanos.

¡Tremendo contraste nos traen estas lecturas: dos viudas generosísimas y unos ricos explotadores de viudas y huérfanos!

Enseñanzas para nosotros: que nuestra caridad no sea mera filantropía; que nuestra limosna no provenga de lo que nos sobra;   y  ¡por supuesto! que no osemos explotar a nadie.

http: //www.homilia.org

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