Hein de Haas: «Los inmigrantes no acabarán con el estado del bienestar

Reportaje de Daniel Arjona para elmundo.es

Es posible que el gran tema de nuestro tiempo, el asunto omnipresente y divisivo que tumba gobiernos y emponzoña toda conversación pública, esté velado por una capa tan densa de prejuicios que nos aboca a la incomprensión total y, tal vez, al desastre? El sociólogo holandés Hein de Haas, así lo cree y, con el fin de conjurar el peligro, ha escrito un libro esencial, tan bien argumentado como sostenido por toda clase de datos recientes: Los mitos de la inmigración: 22 falsos mantras sobre el tema que más nos divide (Península).

Su autor, una autoridad mundial en flujos migratorios, recaba toda clase de informaciones para comprender la realidad sin anteojeras ideológicas, ingrata tarea en cuestiones tan fieramente polarizadas, aunque por eso también urgente y necesaria, como aclara a La Lectura por videoconferencia.

¿Escribir un libro sobre los mitos de la inmigración tanto de la derecha como de la izquierda es hoy la manera más eficaz de perder amigos?

O de hacer nuevos amigos, ¿no? En cualquier caso, creo que es la única manera de tener un debate realista sobre el tema. Ya hay muchos artículos y libros sobre la inmigración que se posicionan ideológicamente, a favor o en contra. No es mi caso. Yo no exhibo mis opiniones políticas. Expongo todo lo que sabemos al margen de la ideología. Así que sí, tal vez haré amigos y enemigos. Mi esperanza es que la gente que lea el libro completo, se dé cuenta de que ofrece una perspectiva equilibrada. Porque las cosas son más complicadas de lo que parecen, estés del lado que estés.

Pero, en un debate tan polarizado, ¿las pruebas no se perderán como lágrimas en la lluvia? Usted mismo relata en el libro que los políticos le dan la razón en privado, pero que también le confiesan que sería «un suicidio para ellos» decirlo en público.

Las pruebas no van a hacerse fuertes de la noche a la mañana. La resistencia es enorme y los políticos suelen elegir los hechos que les resultan convenientes e ignorar el resto. Pero no escribí este libro para los políticos. Me volví escéptico sobre el grado en que están dispuestos a escuchar. La inmigración se ha convertido en un tema demasiado atractivo para ellos, algo que les puede hacer ganar o perder elecciones. Busco una audiencia más amplia. Y, por supuesto, también me gustaría que los periodistas lo lean y que les ayude a mejorar su base informativa y así plantear preguntas más críticas a sus gobernantes. El debate ha llegado a un nivel demasiado polarizado y tóxico. No podemos seguir así.

Primer gran mito: la inmigración no se encuentra en máximos históricos ni las fronteras se han descontrolado. No hay invasión. ¿Por qué nos cuentan eso todo el rato?

Es interesante que la idea de que vivimos en una época de migración masiva sin precedentes sea muy atractiva para muchos. La extrema derecha advierte contra una invasión de extranjeros que llegan a nuestros países a quitarnos el trabajo y a cometer delitos. Pero, curiosamente, también hay grupos de extrema izquierda que abusan del miedo a la inmigración masiva. Un ejemplo es la idea de la migración climática: el cambio climático provocará que cientos de millones de africanos vengan a Europa. No hay ninguna evidencia de esto, al margen de que el cambio climático deba ser motivo de preocupación.

¿Ni la derecha ni la izquierda entienden la inmigración?

O no quieren entenderla. Se trata de un tema atractivo para generar miedo, y sabemos que el miedo es una herramienta muy poderosa para que los políticos y las organizaciones movilicen apoyo. Unos agitan el miedo a la invasión africana o musulmana y exigen cerrar las fronteras. Y luego está la agencia de refugiados de la ONU que tiende a exagerar el aumento de su número. Entiendo que lo hace con el objetivo de atraer la atención y mejorar su financiación. Pero es desafortunado porque refuerza la idea de que se trata de una ola gigantesca que va a acabar llegando. Y no es verdad, los refugiados han fluctuado a lo largo de la historia según tenían lugar conflictos armados. En el pasado hubo movimientos mucho mayores.

Segundo gran mito: el desarrollo de los países pobres no reducirá la inmigración. Si los inmigrantes no huyen de la pobreza, ¿por qué emigra la gente?

La gente migra por muchas razones diferentes, pero podemos decir con seguridad que, si se analiza la historia de las grandes migraciones en Europa, la mano de obra ha sido el motor dominante. España es un excelente ejemplo. Muchos españoles abandonaron su país hacia los años 60 para trabajar. Cuando la economía española se desarrolló y la demografía y el mercado laboral cambiaron, España pasó de ser un país de emigrantes a un país de inmigrantes. Pero España también es un buen ejemplo de un país que no era de bajos ingresos. Era más bien un país de ingresos medios que se convirtió en un país de ingresos altos. Y lo mismo podemos decir de países como Marruecos, por ejemplo.

Definitivamente, no es uno de los países más pobres del mundo.

«Los propios migrantes a menudo se vuelven ‘antiinmigración’ cuando pasa un tiempo, porque no ven beneficio en competir con otros inmigrantes adicionales»

¿Los más pobres no emigran?

Emigran aquellos que tiene más ambiciones, mejor educación y también ciertos recursos. Porque emigrar es caro. Hablemos del elefante en la habitación. Hay dos metatendencias en la política en Occidente durante los últimos 20 o 30 años. Por un lado, la liberalización de la economía y del mercado laboral multiplica la demanda de trabajadores que realizan actividades que los nativos ya no quieren hacer. Y, por otro lado, una retórica cada vez más extendida afirma que no queremos tantos inmigrantes. Y entonces, como nuestra economía los necesita, pero ningún político se atreve a confesarlo, en fin, hacemos la vista gorda y actuamos como si no estuvieran aquí. Pero están aquí aunque no queramos verlos, en nuestras ciudades y pueblos, realizando todo tipo de trabajo útil. Eso es un riesgo político enorme que puede dar lugar a una nueva clase marginada y cree problemas de segregación e integración a largo plazo.

En su libro explica que algo parecido ocurrió en Alemania.

Alemania comenzó a reclutar trabajadores turcos y la gente simplemente miró para otro lado, pensaron que algún día se irían. Por supuesto, nunca se fueron. Si necesitas extranjeros, pero no quieres pensar que han pasado a formar parte de tu sociedad, tendrás problemas. Lo mismo ocurre con los once millones de inmigrantes indocumentados en EE.UU. Es evidente que están trabajando aunque no tengan papeles.

¿No sólo necesitamos, como suele decirse, trabajadores extranjeros cualificados?

Necesitamos ingenieros y médicos, claro. Pero hay mucho más trabajo que hacer. ¿Quién cuidará a nuestros ancianos? ¿O a nuestros hijos? ¿Y el sector alimentario? Desde los invernaderos de Andalucía hasta los mataderos o el procesamiento. Es un secreto a voces.

Tercer gran mito: los inmigrantes ni roban el trabajo a los nativos ni erosionan el estado del bienestar. Pero tampoco es verdad que la inmigración sea beneficiosa para todos. Usted reconoce que beneficia más a los ricos que a los pobres.

Volvamos al caso de España. En el libro recojo todos los datos y es imposible sostener que la inmigración, legal o ilegal, haya erosionado los servicios públicos, la educación o la atención sanitaria. Pero está usted en lo correcto: si nos fijamos en quiénes se benefician más de la inmigración, claramente son las personas con ingresos medios o altos, quienes más piden comida a domicilio, por ejemplo. Y claro, los españoles con ingresos bajos, viven además en los barrios donde se concentran también los inmigrantes y en ocasiones pueden tener que competir por los mismos trabajos, lo que puede generar problemas.

Eso no significa que los inmigrantes hayan causado los problemas de las personas con bajos ingresos, pero es comprensible que, desde su perspectiva, lo piensen. Es interesante comprobar cómo los propios inmigrantes, pasado un tiempo, a menudo se vuelven antiinmigración porque no ven mucho beneficio en más inmigrantes adicionales. «A veces bromeo con que la mejor forma de parar la migración es destruir la economía: tras la crisis de 2008, vimos a jóvenes españoles que se mudaban a Marruecos»

Los inmigrantes parecen estar sobrerrepresentados en las estadísticas de delincuencia. Pero usted sostiene que los datos son equívocos. ¿Por qué?

Aclaremos algo, el efecto de la inmigración en la delincuencia es muy pequeño. Es cierto, por supuesto, que algunos grupos de origen inmigrante están más representados en ciertas estadísticas de criminalidad, pero es más un problema de segunda generación a la integración y la segregación. Lo interesante es que en realidad los nuevos inmigrantes tienden a ser menos criminales que los nativos porque se concentran en trabajar. Quieren enviar dinero a casa. Quieren pagar la educación de los niños. Su espíritu empresarial produce una selección positiva. La evidencia en realidad muestra que, en promedio, los inmigrantes son menos criminales que los nativos de niveles de educación similares. Pero claro, si negamos sistemáticamente sus derechos a los inmigrantes y llega una recesión, tal vez sus hijos pueden verse abocados a situaciones de desempleo de larga duración y de delincuencia creciente. Hablamos de segregación y no de la inmigración misma.

Asegura que creemos vivir en sociedades multiculturales pero, en realidad, hoy el mundo es más uniforme que nunca. ¿Fue el pasado más diverso de lo que pensamos?

Sí, creo que olvidamos lo diversos que fuimos. En la mayoría de los países de Europa occidental, debido a la educación, a los medios, hemos visto cada vez más el desarrollo de culturas nacionales o regionales que son mucho más homogéneas. Cada vez se hablan menos lenguas en el mundo. Mi propio país es un buen ejemplo. Hace décadas, en los Países Bajos protestantes y católicos no se mezclaban de ninguna manera. Como si fuesen hoy cristianos y musulmanes. Parecía una división social fundamental, ¿no? Pues si hoy se lo cuentan a los niños holandeses, no tienen ni idea de lo que les estás hablando.

¿Pero no tienen que hacer las dos partes esfuerzos para una mejor integración?

La integración tiene que venir de ambos lados, y hasta cierto punto eso es cierto. Pero también tenemos que reconocer el arduo trabajo de aprender el idioma, las nuevas costumbres, encajar y tener éxito en la escuela. Y el gobierno tiene mucha responsabilidad. Max Frisch, el escritor suizo, escribió algo al respecto muy hermoso e ilustrativo. Se refería a los italianos que llegaron a Suiza en los 60 pero también vale para los españoles que llegaron a Francia en esa misma fecha. La integración entonces parecía inimaginable.

Nunca podrán integrarse, clamaban, pero avanzas dos o tres generaciones más adelante y ya no hay problema. Y Frisch lo vio: «Queríamos trabajadores, pero en su lugar obtuvimos personas». Preocupémonos de que nuestros inmigrantes actuales se integren y evitemos así futuras delincuencias o extremismos.

En los estadios de Francia, la segunda y tercera generación de norteafricanos silban la Marsellesa. ¿Hay culturas y religiones que se integran mejor que otras?

Los inmigrantes musulmanes en Estados Unidos son uno de los grupos de inmigrantes más exitosos. Y la razón es que están muy cualificados. A los grupos que tienen un nivel educativo más alto les resulta más fácil aprender el idioma, encajar y ser aceptados. En EEUU, los inmigrantes que se consideran más problemáticos son los latinos.

En España ocurre al contrario, aceptamos a los latinos pero observamos con desconfianza a los musulmanes.

Es comprensible por razones de lengua y religión. Pero fíjese que no ocurre lo mismo en EEUU, por mucho que los latinos sean también cristianos. Todo esto va mucho más allá de la fe o la raza. Por supuesto, lleva más tiempo integrar a grupos que son más diferentes.

Pero si las sociedades de acogida son abiertas y dan facilidades, todos los inmigrantes se muestran ansiosos por encajar.

«Los nuevos migrantes tienden a delinquir menos que los nativos porque se centran en trabajar para enviar dinero a casa y pagar la educación de los hijos»

El «Gran Reemplazo» es la conspiración preferida de la derecha populista actual. Dentro de medio siglo, ¿será Europa un continente de jubilados blancos moribundos y jóvenes inmigrantes dispuestos a ocupar su lugar?

Lo dudo, la inmigración es demasiado pequeña para llevarnos a ese escenario. A veces bromeo que la mejor manera de detener la migración es destruir la economía. Ocurrió en España tras la crisis de 2008. Durante años vimos españoles jóvenes mudándose a Marruecos. Lo sé porque lo investigué. Todo puede cambiar. Si la suerte económica empeora, los inmigrantes dejan de venir. Pero asumamos que la próspera Europa permanecerá.

Los europeos son relativamente ricos y altamente cualificados porque la fuerza laboral se ha vuelto tan altamente calificada que la gente prefiere el desempleo a realizar trabajos sin cualificación. Los españoles lamentáis vuestro alto desempleo juvenil muy alto, pero la realidad es que los jóvenes no quieren recoger tomates en Almería. Y mientras vivamos esa realidad, los inmigrantes seguirán llegando. Formarán una parte considerable de su población pero no serán suficientes, ni de lejos, para reemplazar a nadie.

La izquierda también construye mitos. ¿Va a salvar la inmigración nuestras sociedades que envejecen?

Los inmigrantes no acabarán con el estado del bienestar pero tampoco lo salvarán y ni la derecha ni la izquierda quieren entenderlo. Por lo mismo que decía antes. Se necesitarían cantidades tan masivas de inmigrantes para contrarrestar el envejecimiento, cinco o diez veces mayores que las actuales, que resulta completamente irreal. Además, los inmigrantes también envejecen.

De hecho: muchos países de origen también están envejeciendo. La tasa de natalidad en Marruecos es de 2,2 hijos por mujer en este momento. También en América Latina las tasas están bajando muy rápido y en Europa del Este son casi tan bajas como en Europa del Sur. La inmigración no va a solucionar estos problemas, es una ilusión. En cierto modo, se podría decir que la inmigración es una señal de éxito del país de destino. Si a su economía le va bien, personas como esta vendrán. Y a veces recuerdo también que, si no te gusta la inmigración, ese es el precio que pagas por ser un país rico.

La inmigración ha detonado los grandes trastornos políticos de nuestro tiempo. Como la victoria de Trump o el Brexit. Y alimenta a los partidos de extrema derecha con una fuerza sin precedentes. Y ahora también los de extrema izquierda, como vemos en Alemania con Sarah Wagenknecht. ¿Es posible salir de este círculo vicioso?

Es necesario. El ascenso de la extrema derecha ha hecho que todo el centro e incluso la izquierda tengan miedo de hablar de inmigración. Los partidos tradicionales están a la defensiva. Asumen de alguna forma la narrativa de extrema derecha, algo muy peligroso porque normaliza un discurso racista que no va a resolver ningún problema.

Mire Italia. Meloni usó la antiinmigración para llegar al poder y cuando lo consiguió, no resolvió nada. Debemos reunir el coraje para hablar de manera diferente sobre la migración, no a favor o en contra, valorando lo positivo y lo negativo. No va a desaparecer. Y tampoco es deseable que lo haga. ¿Queremos una sociedad que dependa básicamente de una nueva clase de sirvientes? ¿Cuánta explotación vamos a tolerar? La mayoría de las personas no están tan polariza-das y se muestran más tranquilas y sensatas que nuestros políticos. Espero es que mi libro ayude a mejorar el debate. Llevará su tiempo. En cierto modo, es también un debate sobre la desigualdad. ¿Cómo podemos asegurarnos de valorar mejor el trabajo manual y protegerlo?

*Editado por los Papeles del CREM. Responsable de la edición: Raúl Ochoa Cuenca.

«Las opiniones aquí publicadas son responsabilidad absoluta de su autor».

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