Gloria Cuenca: Los apátridas

Por Gloria Cuenca 

Este puede ser un artículo que da continuidad al anterior relativo a los patrioteros y los patriotas. Preferí no numerarlo, se pueden leer con independencia uno del otro. Me disculpan los amables lectores y seguidores, también los llamados contradictorios lectores; seguramente, se siente en mis palabras escritas la molestia, más que eso ira, al observar el cinismo de los entes, supuestamente, personas, (¡?) que se dicen los gobernantes de esta “Tierra de Gracia”. No hay porqué compartir la rabia profunda y destructora que me agobia en estos días de profundo malestar y sufrimiento.

En efecto, hay personas que no tienen patria. Son considerados muy desdichados; y es que lo son. De mis recuerdos infantiles, extraigo un hecho terrible, que conmovió a nuestra familia. Un estimado amigo y colega de mi padre, se fue de vacaciones a Europa. Año 1938, aproximadamente.  Conoce en Italia a la mujer de sus sueños, se enamoran con locura. Sin mucho pensarlo, se casan. Disfrutan una intensa luna de miel y, deciden venirse a Venezuela ante la certeza de que se aproxima otra conflagración militar, la II Guerra Mundial. Al momento de embarcarse, para América a ella la detienen; no la dejan subir al barco. Él quiere quedarse, las autoridades tampoco se lo permiten. Ella con pasaporte italiano; se lo anulan y dicen que, al haberse casado con venezolano, perdió la nacionalidad italiana. No ha llegado a Venezuela, no se le puede dar un pasaporte, tampoco asumir la nueva identidad. En ese momento, la declaran “apátrida”. Con la grave y triste situación: no puede salir de allá, tampoco llegar aquí. Él, desesperado hace toda clase de diligencias posibles, prácticamente lo obligan a subir al barco; le recomiendan se venga a Venezuela para conseguir el pasaporte, con la nueva nacionalidad a ella. No pueden hacer nada, con gran tristeza se despiden. Él llega a Venezuela y empieza a hacer los trámites para lograr que ella pueda venir y deje de ser APÁTRIDA. La burocracia se hace compleja, nada resulta fácil. Estalla la guerra y bombardean la ciudad donde ella se encuentra; muere en el ataque. El hombre, ese amigo  sufre terriblemente, enamorado y desesperado intenta ir al entierro, también se lo impiden. ¡Que sufrimiento! Nuestra casa y nuestra familia lo acoge con solidaridad, está inconsolable. Nunca se recupera de ese dolor, no se casa y muere relativamente joven. En mi casa hay siempre una palabra de consuelo para este amigo, que padeció y sufrió un dolor inconmensurable por la pérdida del gran amor. Pretendo dar una explicación de ¿por qué? la sola mención de hablar de alguien apátrida, me conmueve y descontrola.

Hay quien es apátrida por falta de afecto o reconocimiento hacia el país que lo vio nacer. No se siembra en esa persona el vinculo que naturalmente, debería existir. No se siente de ninguna parte del mundo. No hay relación afectiva con la tierra donde nació y tampoco donde creció. Bastante doloroso. En el colegio no supo dónde ubicarse, ¿soy de aquí, o soy de allá? ¿No tener claro de dónde se es?  En su mayoría, más bien desarrolla una relación en dos sentidos: con la patria, que los vio nacer y a donde fueron a dar, a partir de un proceso de emigración, con todo lo que implica esa intensa movilización por diversos continentes o países, sin afecto sólido y sin agradecimiento. Ese es el verdadero apátrida, aun cuando logre tener documentos.

Por otra parte, están aquellos románticos y eufóricos de amor por la humanidad, exclaman: “Mi patria es el mundo”, “Pertenezco a la humanidad, sin nacionalidad ninguna”. El escritor de origen francés Romain Rolland, es uno de quienes apuesta por esa universalización de la Patria. Sin duda, otra apreciación de los utopistas: pensar que no deben existir fronteras, ¿los límites geográficos deberían desaparecer? Según la espiritualidad y la Fe en Dios, “Todos, somos uno”. De allí que nos consideremos hermanos, pues Dios Nuestro Señor así nos creó. Después del desastre ocurrido, la pérdida del Paraiso Terrenal, nos dividimos. Cada vez sé hicieron más fuertes nuestras separaciones y el “ego” se posesionó de nuestra personalidad, dando origen a todos los horrores, delitos incluidos, que se producen en la cotidianidad, la que padecemos continuamente. 

Toda división proviene del maligno, de esto no debe existir duda alguna. La división, la falta de unidad, siempre la auspician, quienes no quieren, ni les interesa la armonía, la serenidad y la paz.
No menos lamentable y fuerte, resulta esa categorización contra los apátridas. Una manera de dejarlos al margen de la vida comunitaria y social, fundamental para el humano en su proceso de crecimiento y desarrollo. Sin patria, se encuentra la persona en estado de indefensión; es una sensación dolorosa e incomprensible, especialmente cuando se conoce, se ha sentido y vivido en un país. Es una angustia provocada por entes que, insisto, no tienen ni calidad, ni cualidad humana, lo único que los vincula con la vida, con los humanos, con la naturaleza es la pasión por el poder, en la medida de que produce dinero. Aman el poder que les permite robar riquezas. No tienen ética, no se preocupan por las consecuencias de su acción moral; son ateos, no temen por las consecuencias de sus actos. No obstante, la vida es implacable y la muerte resulta el acto de mayor democracia: en esa otra dimensión, el juicio será implacable. ¿Creerán qué con oro, petróleo, litio o coltán, serán perdonados y podrán salvarse del infierno? Para mí ser apátrida, es como ser inexistente, no es solo una cuestión jurídica, tampoco del derecho internacional, es más complejo. Se vale ubicarlos por su acción.

¡Dios se apiade de nosotros!  ¡Los padecemos!   .-

* Fuente: reportecatolicolaico.com

«Las opiniones aquí publicadas son responsabilidad absoluta de su autor».

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