El Olvido que Seremos

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Por Eduardo Martínez

Un asiduo lector nos escribió ayer 29 de julio con mucho sentimiento. Se quejó que no encontró “ninguna referencia del terremoto de Caracas en El Nacional, El Universal y Unión Radio”. Añadiendo que “así estamos, el olvido que ya somos, parafraseando el titulo de la novela del colombiano Héctor Abab Faciolince: «El Olvido Que Seremos«, y que el autor tomó de un poema de Jorge Luis Borges.

Este olvido, en el que incurrimos en la prensa venezolana, es imperdonable. Se suma a la larga lista de eventos y sucesos, que a pesar de ocurrir hace pocos o muchos años, no recordamos o no queremos recordar. Hechos fundamentales que marcan nuestra historia y que han construido el camino de lo que somos.

Para el hombre occidental, que por su naturaleza tiene sentido histórico, el olvido es un actitud que ha sido catalogada por los filósofos como un “suicidio”. Porque es, no reconocer lo que otros –que vinieron antes de nosotros- han hecho. Pero eso es también extensible por analogía a los hechos y sucesos.

El Terremoto de 1967

En el fervor de la celebración por el Cuatricentenario de la fundación de Caracas, la noche del sábado 29 de julio un fuerte terremoto sorprendió a los caraqueños y a los habitantes de ciudades cercanas.

El evento telúrico, de más de 6,7 grados en la escala de Richter, sobrevino a las 8:05 de la noche. Su duración, que para quienes lo sobrevivieron pareció eterno, fue medido en 35 segundos. El movimiento cobró la vida de unas 300 personas, varios miles de heridos, derribó seis edificios, y causó daños a innumerables casas y construcciones.

A esa hora, esa noche, buena parte de los venezolanos estaban sentados frente a sus televisores viendo en diferido la elección de Miss Universo, donde la venezolana Mariela Pérez Branger había resultado primera finalista. Se conocía el resultado, pero la Miss Venezuela casi había ganado. Los venezolanos estábamos orgullosos.

Dada la fecha, esa noche también un buen número de familias celebraban la graduación de sus hijos. A las 8 y 5, clubs, residencias y salas de fiestas comenzaban a recibir a graduandos e invitados.

Nos sacudió con fuerza el ruido que venía desde la profundidad de la tierra. La incomprensión del origen de tal fenómeno tuvo en primer momento la inmovilidad. No sabíamos que ocurría. Fue cuando entonces oímos el grito despavorido de alguien que gritó: Está temblando. Fue así como salimos corriendo hacia la calle. El movimiento nos zarandeaba para un lado y para el otro, mientras aceras y calles se iban llenando de una multitud que no teníamos previamente la idea que vivieran en la vecindad de nuestras casas.

Esa multitud era un enjambre de personas con y sin ropas, con y sin zapatos, gritando histéricamente, mudos, paralizados, corriendo de un lado para otro, niños llamando a sus padres que los tenían a un lado o los cargaban.

El ruido de las entrañas de la tierra seguía siendo ensordecedor. A lo que se sumaría la caída de vidrios de las ventanas, cornisas, muros y letreros publicitarios de los negocios vecinos.

Fue impresionante ver como los vehículos estacionados se movían, saltando sobre sus amortiguadores.

¿A dónde correr?, ¿dónde ponerse a cubierto del fenómeno? Eso alimentaba la incertidumbre, el miedo y el terror.

Todo eso ocurrió en unos segundos (35 segundos según los expertos) y que parecieron horas. Luego vendría un diluvio. Al principio, la gente prefería mojarse que regresar a sus casas. Fue luego que se produciría el éxodo hacia los vehículos para guarecerse de la fuerte lluvia que no cesaba. Quienes no tenían vehículos, eran auxiliados por otros, aunque no se conocieran. Fue una solidaridad silenciosa.

Los que vivimos el Terremoto de Caracas de 1967, lo recordamos. ¿Cómo fue que no lo reseñamos este 29 de julio?

 

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