El momento en que nos encontramos

Por Eduardo Martínez

Hay momentos en la vida en que debemos preguntarnos dónde estamos parados. No siempre es una pregunta fácil de responder. En tanto la mayor parte de las personas ni siquiera se percatan que deben hacerse esa pregunta. Por lo que mucho menos sienten la necesidad de responderla si alguien les pregunta.
A la par que nos sentimos agobiados por la situación económica, también percibimos que no pasa nada. La gente no reacciona, como si no se diera cuenta. Al punto que la mayor reacción habida es que casi unos 8 millones de venezolanos agarraron sus peroles -no todos- y hasta a pie huyeron por las fronteras. (estos 8 millones de compatriotas no los podemos dejar fuera de la ecuación y de las soluciones)
Se puede decir que esa ha sido la mayor reacción que ha habido.
Sin embargo, hay otra señal preocupante que afecta a los venezolanos que se quedaron, los que siguen viviendo en el país: la “anomia”. Una enfermedad que los expertos clasifican como social y que está caracterizada por la “ausencia de un cuerpo de normas que gobiernen las relaciones entre las diversas funciones sociales”. Lo que nos lleva al desorden social.
La quiebra de la institucionalidad, por la élite gobernante, no solo ha destruido el respeto por la Constitución y las leyes, sino que ha destruido la sociedad venezolana. Entre ellas, la célula fundamental de la sociedad: la familia. Lo que sobrevino una vez que la emigración se disparó. Lo que a su vez trajo como consecuencia inmediata la separación y división de las familias, en la búsqueda de oportunidades y medios de sustento.
Hoy en día, no hay familia que no tenga miembros residiendo en el exterior, que desarraigados de la tierra que los vio nacer y de los familiares cercanos, sobreviven en otras latitudes y culturas.
Abuelos que no ven o conocen sus nietos, padres separados de sus hijos, esposos que ya no viven juntos, es lo que hoy en día caracteriza a la familia venezolana.
Así, la familia venezolana es como un rompecabezas que va perdiendo piezas con cada día que pasa.
Para empezar a contestar a la pregunta dónde estamos parados, debemos tener como punto de partida este estallido familiar.
Esbozado este contexto social, debemos prestar atención a lo político y a lo económico.
Siempre hay orden en las cosas. Y en lo que respecta a la crisis, se impone también la búsqueda del orden en que el descalabro se fué presentando.
Malas decisiones políticas gubernamentales trajeron como consecuencia un descalabro económico. El cual a su vez significó la pérdida de oportunidades de trabajo y desarrollo de los venezolanos, en términos de ingresos, puestos de trabajo, abastecimiento de productos básicos, y la pérdida del poder adquisitivo del bolívar, entre otros.
La crisis política empujo la crisis económica, y ambas dos, aterrizaron en la miseria y pobreza que desembocaron en una crisis social como nunca antes la habíamos experimentado.
Los últimos acontecimientos
Políticamente, el régimen tiene perdidas las elecciones presidenciales del 2024. Lo señalan hasta las encuestas que en el más estricto secreto contrata el régimen. Las que dejan de ser secretas porque ya nada ni nadie contiene esa realidad.
Este escenario, más que probable en este momento, ha venido empujando a los gobernantes a pasarse de la raya legal: inhabilitar candidatos, restringir el acceso a los medios de comunicación, colocando trabas desde el CNE, la Fiscalía, la AN y la Contraloría, a parte de las policías, gobernaciones y alcaldías afectas al partido de gobierno. Eso también es una inocultable realidad.
Esto nos lleva a otro desagradable escenario: el del fraude electoral. Sólo el mecanismo del fraude, así se llame “resultado irreversible”, puede dar la victoria al régimen.
La amenaza totalitaria se asoma con la misma fuerza con que la posibilidad de una derrota electoral quita el sueño a los gobernantes.
Por otra parte, el gobierno no está cómodo en términos financieros. El tramado de locas políticas socialistoides y un ambiente generalizado de corrupción, han estrangulado el acopio de dinero en las arcas de la hacienda pública. Entra poco, y hay mucho que pagar.
El gobierno no tiene acceso a los financiamientos internacionales, ni privados, ni públicos, ni multilaterales.
Esto los lleva a la desesperación, embarcándose en operaciones tiradas de los pelos como la intervención de la Cruz Roja. ¿Ha sido una lucha contra la corrupción? De ninguna manera. Probablemente todo se inició cuando en las negociaciones en México, con un sector de la oposición, se propuso unos 3.000 millones de dólares de ayuda humanitaria, que sería administrado -entre otros- por la Cruz Roja venezolana. Perros cuidando longanizas. Ni más ni menos.
Pero esa intervención tendrá como consecuencia una profundización del aislamiento y la sequía financiera.
Mientras tanto, la crisis social seguirá profundizándose. Si bien, las elecciones son prácticamente la única salida pacífica que tenemos, no hay a la vista otra solución.
Sin embargo, hay que tener presente que no solo debemos tener elecciones libres y transparentes. Se impone un cambio de gobierno, de políticas y gobernantes.
La permanencia de los mismos gobernantes, con las mismas políticas, lo único que logrará es lo que hemos tenido hasta ahora: pobreza, miseria, descalabro económico y descalabro social.
Este es el momento en que nos encontramos.

Fotografía: venezolanos en algún lugar de la diáspora.

editor@eastwebside.com

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*