Por Eduardo Martínez
El chavismo tiene dos décadas y media vociferando consignas revolucionarias, cambiando los “paradigmas”, proclamando una igualdad sospechosa, y atropellando a todo aquel que pensara distinto.
Sin embargo, 25 años después, el “voltear la tortilla”, como decían los comunistas románticos de los años 60 y 70, terminó siendo muy particular: la clase media se volvió pobre, los pobres más pobres, todo el mundo vio perder su patrimonio, los puestos de trabajo desaperecieron, y los muchachos no tuvieron más oportunidades.
Mientras tanto, unos pocos y normales “revolucionarios” hicieron fortunas, se mudaron a las urbanizaciones pudientes e inclusive hoy en día los de mayor jerarquía, son hasta prósperos vecinos de los Country Clubs. Todo un milagro revolucionario. Milagro que ha venido acompañado de los accesorios: carros de lujo, viajes en jets ejecutivos, comida en restaurantes de un juego completo de tenedores Michelin, relojes, joyas, y cuantos dispositivos son signos de una nueva riqueza.
A pesar de pertenecer hoy en día a la clase alta, siguen conservando el léxico marxista, así como sus mañas para hacerse con el poder y no soltarlo.
El dinero parece nublar la vista y la compresión de la Venezuela que los rodea. Lo que ha quedado de manifiesto en estas pocas semanas de la campaña electoral.
La realidad no engaña. Es la gente la que puede engañarse a si misma. Por eso no sienten la soledad de su candidato en sus giras y sus discursos. Lo que contrasta con la masiva asistencia que si acompaña a Edmundo González y a María Corina Machado apenas cruzan las puertas de sus casas.
Este 28 de Julio, esos millones de venezolanos saldrán a votar. También cruzarán los marcos de las puertas de sus casas. Irán a reclamar el cambio que Venezuela necesita, ellos esperan y que será arrollador.
Eso si será una revolución popular, de la gente y para la gente. No para cúpulas de un partido con un conuco destartalado a la cabeza.
Los venezolanos se darán la Venezuela que quieren.
@ermartinezd