
Por Eduardo Martínez
Cuando las personas pasan la frontera de la juventud, y se encuentran con la llamada “tercera edad”, en un porcentaje muy alto comienzan a enfrentar una pérdida gradual de la memoria. No le ocurre a todos. Y tampoco pierden la memoria del todo.
Sobre el 27F, y el discurso del régimen, pareciera que se han adelantado las fallas de la memoria de los venezolanos. De unos, porque no tienen edad para recordarlo o no habían nacido. De otros, por razones que desconocemos. Sin embargo, intuimos las intenciones.
El peso de los años que tienen su impacto en lo vital de las personas, y parte de eso, es el cerebro y su capacidad de acumular los hechos de la vida, sus recuerdos, y su capacidad de seguir teniendo lo que se llama la memoria “reciente”. Nos pasa y pasará a todos, en menor o mayor grado.
Sin embargo, los venezolanos en nuestro perfil tenemos la característica de olvidar sucesos y su implicaciones que son fundamentales en la etapa que nos ha tocado vivir.
El 27F
Eso nos ha sucedido con los acontecimientos trascendentales como los intentos de golpes de Estado, los saqueos de 1989, y otros eventos que no han debido ocurrir, y que sin embargo ocurrieron.
¿Será que los hechos los lanzamos al foso del olvido en nuestro cerebro porque fueron traumáticos? Esa sería una apreciación benigna, porque no habría habido la intención oculta de olvidarlo.
Ayer 27 de febrero (27F) recordamos lo sucedido con el llamado “Caracazo”. Suceso que ocurrió durante varios días, y del cual el 27F fue solo el primer día.
Hoy en día, empujado por la propaganda oficial de un régimen que exalta estos sucesos como propios hasta llevarlos a lo épico, se le tuerce el rabo al cochino para hacernos recordar lo que no sucedió.
Las consecuencias
El 27N miles de comercios de Caracas fueron saqueados hasta su completa destrucción. Se les prendió fuego, antes de ser saqueados totalmente, lo que produjo cientos de muertes por asfixia y quemaduras. Murieron desangrados cualquier cantidad de saqueadores, porque se cortaron con las vidrieras rotas. Otros tantos fallecieron aplastados por la turba que se llevaba por delante todo lo que encontraba.
Asimismo, cientos de vehículos y autobuses de transporte público fueron incendiados.
Eso comenzó el primer día. En la noche de ese mismo lunes, en los sectores populares, se agitaba a los pobladores a salir a saquear y destruir.
Cuando los cuerpos policiales fueron superados por las turbas, el gobierno no tuvo otra alternativa que sacar a las fuerzas armadas. Efectivos que no son entrenados para problemas de orden público. Por lo que ocurrió lo que ocurrió. Y posteriormente, al día siguiente, se impondría un estricto toque de queda.
En los días sucesivos, y antes que los efectivos militares cubrieran toda la ciudad, en los barrios se suscitaron enfrentamientos entre las bandas. El saldo mortal fue abundante. Se trató de vendettas, ajusticiamientos y enfrentamientos.
Un médico que trabajó esos días en las emergencias de Caracas, nos contaría que los primeros dos días los muertos eran a causa de cortadas, quemaduras, asfixia y por armas blancas. Luego vendrían las causadas por armas de fuego.
Testimonio
Voy a referirme a lo que vi entre el 27F y el 29F:
Ese lunes tenía que dar clases en la UNEXPO en La Yaguara. Llegué muy temprano. De una treintena de estudiantes, solo aparecieron tres. A pesar que debía hacerles un examen parcial, nos quedamos los cuatro hablando ajenos a lo que principalmente estaba ocurriendo en el centro de Caracas, Guarenas y Los Teques. Sobre el mediodía, los invité a almorzar en una taguara vecina. No había muchos comensales.
Luego, al llegar la hora de irnos, nos fuimos en mi vehículo hacia el centro de Caracas. Ya no había transporte público. Les ofrecí dejarlos en alguna estación de Metro. Todas estaban cerradas. Asi emprendimos un viaje que comenzó por la autopista desde el Puente de los Leones, y que duraría cerca de cuatro horas.
Las estaciones de radio daban la hora, ponían música y no decían nada. A pesar que el tráfico era lento, pudimos llegar hasta la altura de El Paraíso, Quinta Crespo, y ante la imposibilidad de seguir hacia Plaza Venezuela, logré moverme en retroceso en plena autopista, para carretear por los vericuetos de San Agustín y de esta manera tomar la avenida Fuerzas Armadas en dirección Norte.
En este trayecto, el panorama no era usual. Ríos de gente caminaban por la autopista en dirección a Caricuao. En las Fuerzas Armadas, desde la Roca Tarpeya, había momentos en que la gente casi corría. Estaban apurados y asustados en dirección hacia el Cementerio.
Pudimos seguir por las FFAA hasta la esquina Sur del Cuartel de Bomberos. En esa esquina, cuando al final llegamos, nos encontramos cortando el tránsito a un funcionario de la Disip, arma en mano y sentado sobre su motocicleta encendida. Desviaba el flujo de vehículos hacia San Agustín. Al fondo, en pendiente, se podían ver miles de personas paradas entre los terminales del Nuevo Circo.
Allí ocurrió un hecho que nunca olvidaré. Una señora mayor, que pudiera haber sido la madre de cualquiera de nosotros, venía de comprar una canilla de pan. Al pasar detrás del funcionario, sin sentir miedo alguno, empezó a insultar al funcionario. Para luego ante la sorpresa de quienes estábamos bloqueados allí, caerle a golpes al funcionario con el pan canilla. Una actitud loca. Afortunadamente el pobre hombre, en quien vimos el terror reflejado en su cara, no accionó el arma. Tal vez, al igual que nosotros, vimos en esa señora a nuestras madres.
Recuerdo haberle comentado a los estudiantes: “esto es más grave que un simple día de disturbios y protestas. No se qué hay detrás, ni qué consecuencias tendrá”. Me las imaginaba. No les quise atemoriza. Todavía ellos debían llegar a sus casas.
Por fin, después de dar vueltas por San Agustín, logramos avanzar hasta el lado sur de la Plaza Carabobo. Habían pasado horas. Los estudiantes decidieron bajarse y ver cómo seguirían.
Plaza Carabobo era un caos. No se podía cruzar hacia La Candelaria. Vehículos incendiados bloqueaban las vías, así como las bolsas de basuras medio quemadas. Como música de fondo, se oían los cercanos disparos de armas largas y cortas.
La entrada principal de la PTJ, estaba bloqueada por patrullas y camionetas. Detrás, una docena de funcionarios estaban atrincherados con su armamento desplegado.
No se podía pasar frente al Parque Central, ni podía tomarse la avenida Bolívar, tampoco se podía retroceder.Solo que quedaba la calle Sur 11, que lleva hacia el Norte cruzando la avenida Universidad. Exactamente, donde queda la sucursal del Banco Caroní, caracterizada por tener la única puerta rotatoria en la ciudad.
Al llegar a esa esquina, también era imposible cruzarla. Tampoco se podía retroceder. Había tras de mí unos 3 o 4 vehículos. Ahí, ya no había más nada que pudiera hacer, ni para atrás, ni para delante.
En ese punto, era más fuerte el sonido del intercambio de disparos. Se podía ver una patrulla amarilla de la Disip estacionada contra la puerta rotatoria. Atrincherados, dos efectivos disparaban con pistolas automáticas. A ellos, les disparaban con armas largas.
Luego de unos 20 minutos o más, aunque parecieron horas, apareció detrás de nosotros dos camionetas de anti explosivos de la Disip. Se bajaron unos 6 o más comandos al rescate de sus compañeros. Luego de observar la situación, nos advirtieron que iban a neutralizar a los francotiradores, para después darnos la orden de cruzar la avenida. Así lo hicieron, y pude entrar a La Candelaria.
Al cruzar, pude apreciar ambos lados de la avenida Universidad. Estaba llena de basura humeante, vehículos incendiados y los efectos de algunas tiendas saqueadas.
El paso por La Candelaria fue rápido. Casi todas las tiendas habían bajado las santamarías. Ya a esa altura de la travesía, no me quedó más resultado que ir a la casa de mis padres a la entrada de la Cota Mil. No pude cruzar en la avenida Vollmer.
Debajo del elevado, unos motorizados con cadenas habían parado un autobús, para colocar bolsas de basura bajo el tanque de gasolina y prenderle fuego. Llamó la atención, que los pasajeros a penas se bajaron empezaron a golpear la unidad de transporte público. El pobre chofer debió correr con el dinero en la mano. Lo persiguieron menos de media cuadra. Luego se regresaron.
Una vez la gente empezó a destruir el autobús, los motorizados se fueron.
Debí seguir hasta el Mercado de Guaicapuro. Allí dí la vuelta en “u”, y me encontré a un fiscal de tránsito que, en plena isla, recogía una bolsa grande de papel, en la cual ocultó la camisa de uniforme, la gorra y el arma. Se sacó la franela por fuera, disimulando así su condición de efectivo. Cuando lo hacía, temblaba. Estaba aterrorizado.
Así, por los vericuetos de Guaicaipuro y Sarría, pude llegar a casa de mis padres. Estaba exhausto.
Tuve que esperar hasta las 11pm para ir a mi casa. En un ir para atrás y para adelante, tuve que dar vueltas por calles y avenidas. Eran evidentes los estragos de la destrucción.
Contra la entrada del metro en Bellas Artes, habían chocado un camión contra la santamaría, y luego le habían prendido fuego.
Otro hecho que me sorprendió ocurrió en la esquina de la Clínica Razetti. Al llegar a esa esquina, donde quedaba una icónica arepera de la ciudad, frené para ver si venía algún vehículo. Mi vehículo patinó sobre el pavimento. Para mi sorpresa, cuando vi el pavimento, resulta que habían saqueado la arepera y toda la vía estaba tapizada con las arepas.
En los días sucesivos el caos prosiguió. Fui testigo de dos tiroteos más. El día martes, cuando ya se había decretado el toque de queda, en el cruce de la avenida Casanova con la avenida Las Acacias. Una hora antes de que arrancara ese toque de queda, habían turistas haciendo cola en un supermercado del lugar. De repente, francotiradores comenzaron a disparar. Se oían los impactos de los proyectiles contra el edificio donde estaban localizadas las oficinas de los Ferrys a Margarita. En el lugar, no había policías, ni guardias, ni soldados. No era un enfrentamiento. Eran francotiradores.
El día miércoles, pude observar cómo disparaban en contra de dos soldados que estaban apostados bajo el puente que lleva a la Academia Militar en la Valle Coche. No se podían mover. Nos detuvimos en plena autopista, hasta que dejaron de dispararles. Los soldados nunca dispararon, por lo menos mientras esperamos y luego cuando pasamos.
Puedo relatar muchos episodios más de esos días. De algunos fui testigo. De otros, me los contaron. Pero prefiero dar fe de lo que vi. A mi no se me olvidan esos días. Y tampoco me van a convencer que eso no fue así. Yo estaba allí. No me lo contaron.
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