Por Eduardo Martínez
Hace 15 días se realizaron las elecciones presidenciales en los Estados Unidos. El actual presidente, Joe Biden, intentó repetir como candidato para un segundo período. Sus condiciones físicas y mentales impidieron -a juicio de sus correligionarios del Partido Demócrata- volver a presentarse como candidato. En su lugar, designaron a la vicepresidenta en ejercicio Kamala Harris.
Donald Trump, quien ya había sido presidente anteriormente, se ganó a pulso la nominación del Partido Republicano.
La competencia Harris-Trump se desarrolló en un ambiente un tanto hostil. Más por las reacciones de los electores, que por la agresividad que podían exhibir los candidatos. Trump como siempre, con un estilo muy particualr para captar la atención del electorado y generar una polarización que le permitiera fijar la agenda electoral.
En tanto, Kamala Harris -que a pesar de ser vicepresidente sigue siendo una desconocida para los estadounidenses- entró con buen pie en la contienda con sonrisas de “oreja a oreja”. Sonrisas de las cuales no pudo salir en los meses de campaña.
Semana a semana fue auto recluyéndose en un segmento poblacional con el cual se identificó toda su vida: el de los afrodescendientes. Un segmento étnico del cual los hindúes y pakistaníes -sus ascendientes- no forman parte, a pesar del parecido del color de su piel.
Ese sesgo racial, no le acercó a lo que hoy en día es la primera minoría en los EEUU: los latinos.
Cuando se pensaba que los resultados serían muy ajustados, casi un empate, Trump logró el martes 5 de noviembre una votación con una respetable diferencia sobre su contendora, que solo las casas de apuestas lograban predecir.
Trump ganó la elección presidencial y el voto popular, y los republicanos lograron mayoría en el Senado, y la Cámara de Representantes. Victorias que le aseguran un inicio de la segunda administración Trump sin mayores inconvenientes. Lo que permitirá designar los principales cargos de gobierno, contar con las leyes necesarias para que el presidente pueda cumplir sus promesas electorales, e impulsar los cambios que llevó al electorado a votar como votaron.
A grandes rasgos eso fue lo que ocurrió.
Las enseñanzas
Sin entrar en largos razonamientos, puntualizaremos lo que hay que aprender:
- Una persona en EEUU solo puede ser presidente 2 veces. La reelección indefinida, no existe.
- El sistema electoral funciona. Unas horas después, de cerrarse el tiempo estipulado para votar, no solo se dieron los resultados “irreversibles’, sino que la candidata que perdió concedió la victoria. Aunque tal vez por su estado anímico, tuvo que esperar hasta horas de la tarde para reconocer la victoria.
- A la semana de las elecciones, el presidente saliente Jose Biden recibió en la Casa Blanca al presidente electo Donald Trump. Lo que inició la transición.
- Donald Trump, que ya exhibe una experiencia anterior de ganar elecciones, no esperó mucho tiempo para anunciar las nuevas autoridades ministeriales. En este momento, ya se conocen quienes le acompañarán en el tren de gobierno.
- Pasado el suiche de la campaña electoral, el gobierno no ha desplegado operativos represivos en contra de los adversarios. Y además, cualquier puede reclamar los resultados ante las autoridades electorales y/o judiciales, seguro que van a procesar su reclamo en justicia y sin retaliaciones.
- La democracia en EEUU funciona, sigue funcionando y funcionará a partir del 10 de enero, fecha en la cual Donald Trump jurará como presidente en las escaleras del Congreso y de cara al pueblo.
Cualquier diferencia con algunos países de la región, no es mera coincidencia. Hay que aprender.
@ermartinezd
Una observación. El el día 20 de enero, es la toma de posesión del nuevo presidente de los EEUU.