Editorial: Llegó la hora de las soluciones

Los venezolanos llevamos varios lustros en un crisis caracterizada por agravamiento creciente.

En todo este tiempo, nos hemos acostumbrado a oír y repetir diagnósticos; a leer declaraciones de expertos donde se enfatiza el deterioro de los indicadores económicos; a asistir a foros, conferencias y conversatorios.

En todos estos eventos y publicaciones, los foristas nos han hablado de un colapso inminente.

En este punto de nuestra crisis, ya no hay que convencer a los venezolanos de un colapso. Ya los venezolanos vivimos en colapso.

Es errática la prestación de los servicios públicos: agua, electricidad, gas, y las comunicaciones. Todos los días fallan estos servicios en toda la geografía nacional.

La atención hospitalaria ha quedado reducida a letreros en las paredes de los hospitales.

El abastecimiento de los productos de la cesta básica es insuficiente, y los precios aumentan todos los días.

El transporte urbano y extra urbano es inexistente en muchas localidades, por la escasez de combustibles –gasolina y gasoil.

Los servicios financieros que debiera prestar la banca han desaparecida. Son cajas de depósitos, no entregan la cantidad de efectivo que requiere la ciudadanía. El crédito, no existe.

En fin, si revisamos cada sector de la economía nacional, encontraremos que están afectados por la escasez, la falta de infraestructuras, y la inexistencia de condiciones favorables para satisfacer las necesidades de la nación.

No hay que perder más el tiempo en la “diagnosticología”.

Hay que empezar a aportar soluciones.

Los llamados a ejercer el liderazgo en el país, es hora que lo asuman.

Si al venezolano se le explica cuáles son las soluciones para esta multiplicidad de problemas, la próxima vez que le falle el suministro eléctrico, saldrán a la calle a exigir esas soluciones. Serán contundentes en su protesta. Y alguien deberá actuar con responsabilidad para que esas soluciones se ejecuten.

Porque hasta el momento, en su impotencia, los venezolanos nos hemos acostumbrado a cacerolear en la oscuridad de nuestra tragedia.

Eduardo Martínez

Editor

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