Domingo González Villegas: Las causalidades agazapadas de la inflación

Por Domingo González Villegas

No podemos vivir, permanentemente, en base a especulaciones que, si bien es cierto que muchas veces contienen una buena carga de ideas positivas, no es menos cierto que su polaridad empírica ayuda mucho más a entender causalidades agazapadas.

Me remito a los hechos: el salario mínimo sigue anclado en 130, Bs/ mes, pero la canasta alimentaria básica se incrementa día a día como un móvil desbocado y sin frenos.

Veámoslo con algunos ejemplos ilustrativos:

Cartón huevos:

N22=15,78

D22=35,80

E23=92,50

Queso llanero:

N22= 15,78

D22= 35,80

F23=40,00

Leche en polvo:

O22=60,00

E23= 235,17

Pan canilla:

D22= 7.00

F23=10,50

En esos datos el primer símbolo se refiere al mes y los otros al año.

Podemos apreciar   que, en  apenas esos pocos productos, es significativo el salto que los precios dan de cuando en vez.

Si a ello agregamos el transporte y medicinas, vamos camino hacia la incredulidad más incrédula, máxime si quien dirige nuestro destino es una sociedad inscrita en la filantropía más elaborada del universo: la igualdad entre los hombres, sin ningún tipo de mezquindad.

Así las cosas, y en estricto apego a la objetividad, debemos concluir que estamos ante dos alternativas: no comer sino lo indispensable para mantenernos vivos (apegados al marxismo desimonónico) o alimentarnos con lo poco que podamos. Pero acá surge otro problema: ¿cómo hacer entonces para, al menos, tener ese miserable ingreso?

Y así, poco a poco, sin ínfulas de catedrático, nos vamos adentrando en un torbellino de horizontes kafkianos que nos atolondra, definitivamente.

Esa realidad es nuestro espejo cotidiano, donde deberíamos interrogarnos, viéndonos directo a los ojos: ¿Qué futuro estamos construyendo?, ¿Porqué dejar que las cosas pasen sin más, acaso somos insensibles ante los discursos orales, gestuales o ejemplarizantes que emanan de los directivos del Estado?

Dejo esa reflexión en el sendero, a ver si consigue en su caminar, un talud que me la regrese en su rebote, con alguna respuesta coherentemente coherente.

* Economista y Profesor Universitario

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*