De la gradualidad en la aplicación de medidas económicas

Por Eduardo Martínez

Con el triunfo de Javier Milei en la Argentina, y dados sus primeros anuncios, se impone que abordemos el tema de la gradualidad.

Según Milei, economista devenido en presidente, señaló al día siguiente de ser electo que, “los cambios que necesitamos son drásticos, no hay lugar para el gradualismo ni para media tintas”.

La ejecución de políticas de cambios radicales o drásticos terminan siendo -casi siempre- políticas económicas de shock. Latinoamérica conoce estas políticas desde la década de los 80, y ha recibido el impacto de las consecuencias. No Siempre, positivas.

La receta, conocida como “terapia de choque”, incluye entre otras medidas la liberación súbita de precios y control de cambio, eliminación de subsidios estatales, la apertura comercial dentro del país, y la privatización de las empresas estatales.

Milei no ha escondido que va a tomar estas medidas, apenas asuma la presidencia el 10 de diciembre. Lo que seguramente ha comenzado a agitar las aguas de lo que debiera ser una transición tranquila.

Sin embargo, tiene todavía a su favor los vientos de cambio que le llevaron a imponerse sobre el ex candidato Sergio Massa, a quien como ministro a cargo de la economía, se le ha hecho responsable de la grave crisis económica de Argentina.

Grandes crisis, grandes decisiones

Nadie contradice a Milei en cuanto a que deben tomarse medidas “heroicas” para corregir el rumbo económico.

Argentina presenta una inflación anual del 138%, pobreza del 40%, y una gran deuda pública. Además, las políticas redistributivas del gobierno peronista se han basado en la repartición de bonos a buena parte de los habitantes de las zonas populares, y los trabajadores y desempleados en general.

Por supuesto de llevar al país a un equilibrio fiscal, uno de los ingredientes del recetario de shock, entraría entre las nuevas medidas. La cuestión es que, si la eliminación de estos subsidios, puede ponerse en ejecución al día siguiente (diciembre 11) como Milei prometió en la campaña electoral, y que al ganar inmediatamente ratificó.

Por otra parte, está el aspecto legal. Muchas de esas medidas o prácticas hoy vigentes, están amparadas por el entramado jurídico argentino. Lo que incluye la eliminación del banco central, una de sus promesas.

Cambiar las leyes requiere de una mayoría parlamentaria que no tiene Javier Milei. Solo contará con el 10% de los diputados y el 15% del Senado.

Pensar en que el congreso argentino va a aprobarle a Milei los proyectos de leyes que envíe para eliminar el banco central, no pasaría de ser una ilusión cuya consecuencia sería el inicio de un período de desgaste político de suugestión.

En cuanto a la política de dolarizar al país pudiera ser también otra ilusión.

Si tomamos como referencia, el proceso de dolarización en Ecuador, hay que decir que Argentina no cuenta con los dólares necesarios para entregarle a los argentinos dólares por el efectivo en pesos que atesoran. No hay manera.

Ecuador pudo hacerlo de manera “drástica”, porque dada la tasa de cambio del Sucre -en el momento de tomar la medida- el país contaba con reservas internacionales suficientes para realizar el trueque y satisfacer a toda la población.

La grandes decisiones

Los argentinos, en cuales sean las decisiones correctivas, pagarán un precio. Probablemente, muy alto. Los huecos fiscales y desequilibrios son profundos y arrastrados por décadas. Es la experiencia en otros países, y la Argentina no será la excepción.

Los hacedores de las políticas públicas en el sector económico, tienen la tendencia de fijarse en las variable e indicadores económicos casi inclusivemente numéricos. Lo que les lleva a graficar unas curvas de laboratorio con las más importantes, para encontrar lo que se denomina el “punto de equilibrio”.

El discurso ya es tradicional y conocido. No esconde secretos. Suele ser algo así como: “eliminamos los subsidios, congelamos los salarios, aumentamos la tasa de interés, deprimimos el consumo a los niveles de producción nacional y evitamos las importaciones, etc etc”.

Cuando analizamos estas propuestas de políticas, muchas veces aplicadas por los gobiernos a los que les toca enfrentar las crisis, surge una pregunta evidente: ¿dónde queda la gente?. Obviamente estrangulada por el presunto punto de equilibrio que no considera a las personas al reducir las variables.

¿Se impone el gradualismo?

Hay decisiones que tienen que ser aplicadas gradualmente. Una decisión se toma radicalmente cuando están dadas las condiciones para que esa decisión sea efectiva, y se logren los objetivos trazados.

En ocasiones, dada la complejidad de las interacciones en una economía -socialmente hablando- se requiere que la aplicación de esa medidas en particular se hagan de manera gradual, de tal manera que se vayan dando las condiciones necesarias. No hay peor cosa cuando una política a ser aplicada pierde el apoyo de las personas. Aunque la medida sea la indispensable, políticamente no podrá ser aplicada.

Esto nos lleva a un punto previo. Hay que distinguir que la gradualidad no es una medida en si misma. Es una modalidad. Una manera de hacer las cosas.

Por lo tanto es un crasso error combatir la gradualidad. Lo que nos obliga en el análisis a diferenciar las medidas económicas, cual sean estas, de la modalidad de su aplicación.

Explicar este punto puede ser complicado, por cuanto no hay una receta única para todos los problemas económicos que se pueden presentar.

Por ello recurro a una anécdota del campo médico.

Hace varios años, se presentó en mi oficina una amiga con una gra problema. La noche anterior, uno de sus hijos había sido asaltado. Le habían disparado a quemarropa a una pierna con una escopeta. Como resultado, los médicos requerían de su permiso para amputarle la pierna.

Mi amiga se negaba a ellos, y pedía nuestra auxilio. Que le ayudaran aconseguir una clínica y un médico que le salvara la pierna a su hijo. Además, la amputación habría resultado en que su hijo nunca volvería a trabajar en su oficio: estilista peluquero. No sabía hacer otra cosa.

Económicamente, no teníamos como ayudarle. Hasta que recordé que mi mejor amigo desde la infancia, era traumatólogo. Lo llamé inmediatamente.

Dio la casualidad que él trabajaba en el mismo hospital de emergencia a donde habían llevado al joven. Y estaba de guardia en ese momento.

Sin más, porque no había tiempo para perder, me dijo que lo iba a ver de inmediato y que mi amiga lo buscara en el término de la distancia. Así fue.

Luego de revisar el cuadro del joven con su pierna destrozada, me llamó para informarme. Nunca me he olvidado de su respuesta al llamado de auxilio.

“No es fácil, pero voy a salvarle la pierna. Decidir amputarle la pierna, es lo más fácil para un médico. Yo no soy así. No se toma una decisión porque sea más fácil. Aunque sea más difícil, hay que hacer lo que hay que hacer” (palabras más, palabras menos). Le salvó la pierna. Han pasado 29 años.

Con la economía, sucede lo mismo. Hay que hacer lo que hay que hacer. No hay que irse por lo más fácil e inmediato. Si lo que hay que hacer lo difícil, deberá hacerse lo difícil.

¿Qué es lo difícil? Hablar con la gente. Convencerla de lo que hay que hacer.  Negociar con los otros actores políticos. Solicitar su ayuda con humildad. Llegar  a acuerdos. Siempre estar dispuesto a dialogar… Y no tomar atajos, hacer lo que hay que hacer aunque sea difícil.

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@ermartinezd

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