CUATRO FÁBULAS, CUATRO MORALEJAS Y UNA SOLA REALIDAD

Por Wilmer Suárez

Desde que el mundo es mundo, las fábulas han servido para decir verdades sin tener que agarrar a nadie por el cuello. Son cuentos cortos, sencillos, a veces protagonizados por animales que hablan, burros que discuten, leones que sentencian, pájaros que terminan cagados, vagabundos que se convierten en princesas y payasos que, por esas vainas de la vida, terminan metidos en castillos. Uno las escucha, se ríe, piensa que le están echando un cuento y cuando viene a darse cuenta ya le metieron una verdad entre pecho y espalda.

Las fábulas existen desde hace siglos precisamente  para  eso:  para  enseñarnos  algo  sobre nosotros mismos utilizando personajes y situaciones  que  parecen  absurdas,  pero  que  casi siempre terminan pareciéndose demasiado a la vida  real.  Por  eso  todas  conducen  a  una moraleja. La moraleja es ese coñazo final que viene escondido detrás del cuento. Es la frase que nos  obliga a pensar: “¡Carajo, esto yo lo he visto antes!”. Y allí está precisamente su encanto, porque una buena fábula puede tener cientos o miles de años y seguir retratando perfectamente al ambicioso, al ingenuo, al adulador, al pendejo, al poderoso, al oportunista y, por supuesto, al payaso.

Yo crecí escuchando muchas de ellas. Algunas me las contaron completas, otras llegaron deformadas por el tiempo, porque las  fábulas  también pasan de boca en  boca y cada quien  les pone o les quita algo. Lo curioso es que ahora, después del 3 de enero, comenzaron a venirme varias a la cabeza. Y mientras más las recordaba, más pensaba:

¿Coño, será que estas vainas las escribieron pensando en nosotros?

Por supuesto que no. Así que antes de que algún político, funcionario, revolucionario reciclado, opositor recién convertido, analista de televisión, diplomático, enchufado, desenchufado o aspirante a prócer nacional comience a arrecharse, hago desde ya la advertencia correspondiente: cualquier parecido entre estas fábulas y la realidad es pura coincidencia. Yo solamente voy a contar cuatro cuentos y sus respectivas moralejas. Si después usted reconoce a alguien, recuerda algún personaje, identifica alguna conducta o siente que alguna de estas

historias le cae como anillo al dedo a alguien que anda por Miraflores, Washington, Caracas o cualquier otro lugar, ese ya no es problema mío.

Además, como decía la gente de antes —que sabía resumir en siete palabras lo que hoy necesita veinte páginas de análisis político—: “EL QUE SE PIQUE, QUE AJÍ COMA.” Así que busque café, siéntese tranquilo y  vamos a echar cuentos. Porque después de tantos años tratando  de entender esta vaina mediante discursos, elecciones, negociaciones, mesas de diálogo, comunicados, sanciones, levantamiento de sanciones, promesas y traiciones, a lo  mejor  resulta  que  la explicación siempre estuvo delante de nosotros. En cuatro simples fábulas.

PRIMERA FÁBULA: EL PAJARITO, LA VACA Y EL GATO

Esta es vieja, pero es buenísima. Un pajarito iba volando en pleno invierno cuando el frío lo congeló y cayó al suelo. El pobre estaba tieso. Pasó entonces una vaca y, sin pedir permiso, le soltó tremenda cagada encima. Imagínense al pajarito. Además de congelado, ¡cagado! Seguramente pensó: “Bueno, hasta aquí llegué yo. Qué manera tan indigna  de  terminar  esta vaina”. Pero ocurrió algo inesperado. La mierda estaba caliente. Y aquel calor comenzó a descongelarlo. El pajarito movió primero una pata, después un ala y finalmente se sintió tan contento de estar vivo que comenzó a cantar: ¡Pío, pío, pío!

Por allí pasaba un gato. Escuchó el canto, encontró al pajarito enterrado en la mierda, lo sacó, lo limpió cuidadosamente y cuando el pajarito seguramente estaba pensando: “¡Coño, llegó mi libertador!”… ¡EL GATO SE LO COMIÓ!

La moraleja es extraordinaria: NO TODO EL QUE TE ECHA MIERDA ES TU ENEMIGO Y NO TODO EL QUE TE SACA DE LA MIERDA ES TU AMIGO.

Después del 3 de enero uno debería tatuarse esa vaina en el brazo para no olvidarla. Porque llevamos demasiados años metidos en mierda como para emocionarnos demasiado rápido cuando aparezca alguien con una pala. Antes de abrazarlo conviene mirarlo bien, revisar qué trae en las manos y preguntarle:

—Mi hermano, ¿usted me viene a sacar o me viene a comer?

Una cosa es que te saquen del hueco y otra muy distinta saber para qué te sacaron. En política nadie pone la vaca, el gato, la pala y la comida gratis. Aquí todo el mundo tiene intereses. Así que agradezca que lo saquen de la mierda, pero no cierre los ojos. Y  sobre todo no cante demasiado duro mientras todavía tenga al gato cerca.

SEGUNDA FÁBULA: EL LEÓN Y EL BURRO

Esta debería ser lectura obligatoria para cualquiera que tenga WhatsApp, una cuenta en X o la mala costumbre de discutir de política después de dos tragos. Cuenta la fábula que un burro se encontró con un tigre y, por alguna razón que solamente un burro puede explicar, comenzaron a discutir sobre el color de la hierba. El burro aseguraba, con esa seguridad que suelen tener quienes menos saben, que la hierba era azul. El tigre, que todavía conservaba la paciencia, le respondió que no, que la hierba era verde. Pero el burro insistía: “¡La hierba es azul!”. El tigre volvió a decirle: “¡La hierba es verde!”. Y aquello se convirtió en una discusión de esas donde llega un momento en que ya no importa quién tiene razón sino quién grita más duro.

Como ninguno cedía, decidieron ir ante el león, rey de la selva, para que resolviera el asunto. Apenas llegaron, el burro se adelantó, porque los burros casi siempre quieren hablar primero.

—Majestad, ¿verdad que la hierba es azul?

El león miró al burro, miró al tigre y respondió tranquilamente: “Sí, la hierba es azul”. El burro casi se vuelve loco de la felicidad. Comenzó a brincar, a rebuznar y a mirar al tigre con esa cara insoportable del que acaba de ganar una discusión sin tener la razón. Pero no conforme con eso, pidió además que el tigre fuera castigado por haberlo contradicho. El león sentenció entonces al tigre a cinco años de silencio.

El burro se fue celebrando por toda la selva: “¡La hierba es azul! ¡La hierba es azul! ¡El rey me dio la razón!”. Cuando finalmente desapareció entre los árboles, el tigre, todavía desconcertado, se acercó al león.

—Majestad, usted sabe perfectamente que la hierba es verde. ¿Por qué le dio la razón al burro y, encima, me castiga a mí?

El león lo miró y respondió: “Claro que sé que la hierba es verde. Tu castigo no tiene nada que ver con el color de la hierba. Te castigo porque un animal inteligente y valiente como tú perdió su tiempo discutiendo con un burro y, para colmo, vino a molestar al rey para que decidiera una estupidez que tú ya sabías”.

¡Coño! Esa sí es una moraleja que deberíamos haber aprendido hace años. Porque hay gente con la que uno puede discutir, intercambiar argumentos, mostrar documentos, cifras, testimonios y hasta sentarse a tomar café. Pero también existe el burro. Y al burro usted puede llevarle la Enciclopedia Británica, las Naciones Unidas, veinte informes, cuarenta testigos y una fotografía de la hierba tomada esa misma mañana, que él lo va a mirar fijamente y le va a decir: “Azul”.

Uno les enseña cifras: “Azul”. Les habla de presos políticos: “Azul”. Les muestra persecución, tortura, corrupción y millones de personas que tuvieron que irse: “Azul”. Uno insiste: “¡Pero coño, mira la hierba!”. Y el burro responde: “Azul”. Entonces llega un momento en que la discusión deja de retratar al burro y comienza a retratarlo a uno.

La moraleja no es que el burro tenga razón. Tampoco que debamos aceptar que la hierba es azul. La moraleja es mucho más incómoda: NUNCA PIERDAS TU TIEMPO DISCUTIENDO CON UN BURRO. LA GENTE QUE TE ESTÁ MIRANDO PUEDE NO NOTAR LA DIFERENCIA.

Y hay otra todavía peor: mientras el tigre y el burro pasan horas discutiendo sobre el color de la hierba, alguien puede estar vendiendo la  finca,  negociando  el  ganado  y  cambiándole  la cerradura al portón. Así que la próxima vez que un burro quiera convencerlo de que la hierba es azul, no se arreche, no grite y no pierda tres horas buscando documentos para demostrárselo. Déjelo rebuznar tranquilo. El problema nunca fue el burro.  El  problema  es  cuando  uno decide ponerse a discutir con él.

TERCERA FÁBULA: EL VAGABUNDO Y EL CONDUCTOR

Esta fábula es maravillosa porque comienza como una historia de solidaridad humana, después parece un cuento de hadas y termina como suelen terminar muchas cosas por estos lados: con alguien despertándose y preguntándose qué coño pasó.

Era una noche de perros. Llovía a cántaros y por una carretera solitaria avanzaba un vagabundo empapado de pies a cabeza. El hombre estaba mugriento, embarrado, con la ropa hecha mierda y cargando encima quién sabe cuántos días sin conocer jabón, ducha ni agua caliente. En eso apareció un lujoso automóvil. El conductor vio a aquel pobre hombre caminando bajo semejante palo de agua, sintió lástima, frenó y le abrió la puerta.

—¿Para dónde va?

El vagabundo respondió: “Para donde pueda dejarme. Cualquier sitio será mejor que seguir caminando bajo esta lluvia”. El conductor, movido por la compasión, lo invitó a subir. El vagabundo se acomodó agradecido en aquellos hermosos asientos de cuero, pero estaba tan mojado y tan mugriento que comenzó a dejar aquello vuelto un desastre. Barro por aquí, manchas por allá, agua en el piso y una peste que probablemente ni bajando las cuatro ventanas se iba.

El dueño del carro comenzó a arrepentirse de su buena acción. Miraba al vagabundo. Miraba los asientos. Volvía a mirar al vagabundo. Volvía a mirar los asientos. Hasta que finalmente no aguantó más, detuvo el automóvil y le dijo que debía bajarse. El vagabundo descendió y el conductor continuó su camino pensando que, por lo menos, había intentado hacer una buena obra.

Pero Dios, que había observado desde el cielo aquel gesto de generosidad de recoger a un desconocido en medio de una noche lluviosa, decidió recompensarlo. Y aquí es donde la vaina se pone buena. De pronto, el mugriento vagabundo se transformó en una mujer espectacular. Una princesa. Hermosa, elegante, perfumada, de esas  que  uno  mira  y  piensa  que  definitivamente Dios existe y, además, tiene buen gusto.

El conductor no podía creerlo.

—¿Y tú de dónde saliste?

Ella sonrió. No hacía falta preguntar demasiado. El hombre olvidó inmediatamente los asientos manchados, el barro, la peste, la lluvia y hasta al vagabundo. Recogió a aquella hermosa princesa y ambos se fueron juntos. La noche terminó en un pequeño motel de carretera, donde celebraron aquel milagro divino como dos adultos agradecidos con la providencia.

A la mañana siguiente, el conductor abrió lentamente los ojos. Todavía medio dormido, recordó la noche anterior, sonrió y estiró el brazo buscando a aquella hermosa princesa. Pero cuando volteó… ¡COÑO! Allí estaba otra vez el vagabundo. El mismo. Mugriento. Despeinado. Barbudo. Y probablemente roncando. Imagino al pobre hombre sentado en la cama, mirando al techo y tratando de reconstruir las últimas doce horas de su vida.

¿Fue un sueño?

¿Fue un milagro?

¿Fue un castigo?

¿O simplemente la realidad vino a cobrarle la cuenta?

He aquí la moraleja: DIOS NOS PREMIA CON LOS SUEÑOS Y NOS CASTIGA CON LA REALIDAD.

Durante años soñamos con una sola cosa: QUE SE FUERA MADURO. Nos imaginamos ese día tantas veces que prácticamente lo decoramos. Pensábamos en la celebración, en el regreso de los que se fueron, en los presos saliendo de las cárceles, en las familias reencontrándose, en las instituciones funcionando otra vez y hasta en aquella Venezuela que alguna vez tuvimos y que, con el paso de los años, terminamos idealizando. Y llegó el 3 de enero. Maduro salió. Por un instante muchos sintieron que el vagabundo se había convertido en princesa. Pero llegó la mañana.

Ahora toca abrir los ojos, mirar detenidamente quién está acostado al lado y preguntarnos:

¿CAMBIÓ REALMENTE TODO O TODAVÍA ESTAMOS DURMIENDO CON EL MISMO VAGABUNDO?

Porque sacar a Maduro era indispensable, pero nunca  fue  suficiente.  Si  permanecen  las estructuras que hicieron posible el régimen, si permanecen quienes administraron la persecución, si permanecen los mecanismos de control, si permanecen los presos políticos y si quienes acompañaron durante años al poder ahora simplemente cambian el discurso, entonces cuidado con enamorarnos demasiado rápido de la princesa. Puede que todavía estemos soñando. Y lo jodido de los sueños políticos es que tarde o temprano suena  el  despertador. Entonces uno abre los ojos, mira para el otro lado de la cama y descubre que Dios efectivamente nos premió durante unas horas con el sueño… PERO NOS VOLVIÓ A CASTIGAR CON LA REALIDAD.

CUARTA FÁBULA: EL PAYASO Y EL CASTILLO

Y llegamos al castillo. Dice una vieja sentencia: “SI METES A UN PAYASO EN UN CASTILLO, EL PAYASO NO SE CONVIERTE EN REY. EL CASTILLO SE CONVIERTE EN UN CIRCO.” ¡Qué vaina

tan sabia! Porque nosotros tenemos una extraña costumbre latinoamericana de creer que los cargos transforman a las personas. Le ponemos una banda presidencial a alguien: ¡Estadista! Lo sentamos en Miraflores: ¡Jefe de Estado! Le ponemos veinte banderas detrás: ¡Demócrata! Lo reciben unos diplomáticos: ¡Reconocimiento internacional! Un momentico. El decorado no cambia al personaje.

Después de Maduro hay quienes pretenden que suframos  una  especie  de  amnesia  colectiva. Como si todo hubiese comenzado el 4 de enero. Como si nadie hubiese estado allí antes. Como si los discursos, las decisiones, los presos, las persecuciones y todo lo ocurrido durante estos años pertenecieran a una serie de Netflix que ya terminó. No. La historia tiene memoria. Y nosotros también.

A mí no me importa cuántas alfombras tenga el castillo, cuántos militares hagan saludo, cuántas banderas pongan detrás del escritorio ni cuántos gobiernos extranjeros sonrían para la foto. El

asunto es mucho más sencillo: NO METAS A TODO EL MUNDO EN TU VIDA. Y mucho menos le entregues las llaves de tu casa simplemente porque ahora promete comportarse bien.

Puedes cambiarle el traje al payaso. Puedes peinarlo. Puedes sentarlo derecho. Puedes enseñarle protocolo. Puedes hasta ponerle una corona. Pero si sigue pensando como payaso, el  castillo termina convertido en un circo. Y  nosotros  ya  hemos  pagado  demasiadas  entradas  para  la misma función.

Y aquí no hace falta que yo dé nombres. Ya hice la advertencia al principio: cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Ahora bien, si usted leyó “payaso”, pensó inmediatamente en alguien y hasta le puso nombre y apellido, yo no tengo la culpa. Recuerde: EL QUE SE PIQUE, QUE AJÍ COMA.

Después del 3 de enero tenemos derecho a celebrar. Tenemos derecho a tener esperanza. Tenemos derecho incluso a soñar. ¡Coño, claro que sí! Después de tantos años, ¿quién puede reclamarle a alguien que quiera creer que finalmente viene algo mejor?

Pero una cosa es tener esperanza y otra andar por la vida como pendejos. La primera fábula nos advierte que no todo el que nos saca de la mierda es nuestro amigo. La segunda nos recuerda que no podemos seguir perdiendo el tiempo discutiendo con burros. La tercera nos enseña que un sueño puede durar exactamente lo que dura una noche romántica en un motel. Y la cuarta nos advierte que cambiar de ocupante no necesariamente cambia el castillo.

No  queremos  otro hombre providencial. No queremos  otro mesías.  No  queremos  otro dueño de la finca. Y mucho menos queremos cambiar un circo por otro. Queremos  algo  mucho  más aburrido, pero infinitamente más importante:  UN PAÍS NORMAL. Un país donde el Presidente sea simplemente el Presidente. Donde el juez sea juez. Donde el militar sea militar. Donde el periodista pueda preguntar. Donde el  ciudadano  pueda  mandar  al  gobierno  al  carajo  sin terminar preso. Y donde nuestros hijos no tengan que montarse en un avión para descubrir que existe otra manera de vivir.

Después de todo lo que hemos pasado, tampoco estamos pidiendo demasiado. Aunque conociendo nuestra historia, por ahora yo mantendría un ojo puesto en la vaca, otro en el gato, me alejaría del burro, revisaría bien quién duerme a mi lado y, antes de entrar al castillo, trataría de averiguar:

¿QUIÉN COÑO ESTÁ MANEJANDO EL CARRO Y QUIÉN CONTRATÓ AL PAYASO?

* Corresponsal en el Sur de la Florida.

«Las opiniones aquí publicadas son responsabilidad absoluta de su autor»

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