Necesitamos liberar el debate público de sesgos ideológicos y dejar de presentar a los líderes sudamericanos como defensores de la democracia o enemigos de la libertad, según la conveniencia del momento. Ningún abuso de poder se vuelve aceptable simplemente porque afecte al oponente político de turno. Justificar, minimizar o incluso glorificar una violación de las garantías hoy significa contribuir a sentar un precedente que podría tener consecuencias negativas mañana. Incluso en Europa. Comentario de Salvatore Di Bartolo
Por Salvatore Di Bartolo
Observar Latinoamérica con la ligereza de un aficionado al fútbol es una tentación recurrente en el debate europeo. Por un lado, los partidarios del progresista Lula; por otro, los defensores del soberanismo bolsonarista. En Europa, a menudo terminamos apoyando a uno u otro bando, olvidando que, más allá de las simpatías ideológicas, la realidad institucional brasileña está plagada de fuertes tensiones y profundas contradicciones.
La cuestión no es determinar a priori quién tiene razón, sino cuestionar una dinámica que ha marcado la política brasileña desde hace tiempo: la progresiva interrelación entre conflicto político y judicial, en la que el adversario corre el riesgo de ser deslegitimado no solo en las urnas, sino también a través de procesos penales. Esta dinámica tiene sus raíces en un pasado lejano. Consideremos el caso de Sérgio Moro, el juez que condenó a Lula en la investigación Lava Jato y que, tras la victoria electoral de Jair Bolsonaro, fue nombrado Ministro de Justicia. Posteriormente, el Supremo Tribunal Federal (STP) anuló las condenas de Lula por motivos jurisdiccionales y reconoció la parcialidad de Moro en el caso del triplex de Guarujá. Este asunto ha dejado una profunda huella en la credibilidad de las instituciones judiciales y en la relación entre justicia y política.
El regreso de Lula a la presidencia no ha puesto fin a estas tensiones. Por el contrario, las investigaciones y los procesos judiciales que involucran a Jair Bolsonaro, sus aliados y algunos miembros de su familia han alimentado las acusaciones de persecución política, refutando el argumento de que el poder judicial simplemente aplica la ley. El caso de Eduardo Bolsonaro es emblemático. En junio de 2026, el exdiputado fue condenado a cuatro años y dos meses de prisión por coacción en un proceso judicial; en octubre del mismo año, se emitió una orden de arresto en su contra. Eduardo se encuentra actualmente en Estados Unidos, donde, según informes recientes, también ha viajado su hermano Flávio, derrotado por Lula en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales. Su partida se produce en medio de una creciente tensión política y judicial, mientras persisten las dudas sobre su estatus legal en Brasil.
Es un patrón que parece repetirse, lo que pone de manifiesto la fragilidad del equilibrio institucional de Brasil. Sin embargo, sería simplista atribuir cada proceso judicial a la persecución política, así como sería ingenuo ignorar el riesgo de que la justicia se convierta en parte integral del conflicto entre facciones políticas. La cuestión central es precisamente esta: ¿cómo distinguir la aplicación imparcial de la ley del posible uso instrumental de los instrumentos judiciales?
Esta lección también se aplica a Italia y a Europa. Debemos liberar el debate público de sesgos ideológicos y dejar de presentar a los líderes sudamericanos, ya sea como defensores de la democracia o como enemigos de la libertad, según la conveniencia del momento. Ningún abuso de poder se vuelve aceptable simplemente porque afecte al adversario político de turno. Justificar, minimizar o incluso glorificar una violación de las garantías hoy significa contribuir a sentar un precedente que podría tener consecuencias negativas mañana. Incluso en Europa.
Por lo tanto, Brasil debería servir de advertencia a las democracias europeas: no como un modelo para ser condenado o celebrado en masa en función de las propias afiliaciones ideológicas, sino como un caso para ser observado y estudiado cuidadosamente, sin prejuicios ni indulgencias.
Fuente: formiche.net, traducido por ews
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