Por Eduardo Martínez
Probablemente la Constitución de Chile necesitaba ajustes y cambios. Sin embargo, la manera en la cual fue gestado el proyecto no convenció a los electores.
Eso fue lo que ocurrió este domingo cuando el 55,76% de los chilenos votaron NO. Y sobre este porcentaje hay que aclarar que, no es lo mismo que el 56% cambie la Constitución, a que el 56% la rechace.
Cuando la Carta Magna es cambiada por poco más de la mitad, nos encontramos frente a un país dividido. Cuando más de la mitad la rechaza, siempre queda la Carta existente. No pasó nada. Lo que se puede concluir es que estamos frente a una posición conservadora. Tampoco quiere decir que en esa mitad no se esté de acuerdo con una nueva redacción. Sino que una lectura cierta es que no están de acuerdo con el proyecto presentado.
Después de todo, en el análisis no podemos ignorar que la Constitución vigente es la que aprobó Augusto Pinochet al final de su mandato.
La idea de cambiar la Constitución estaba en el kit de medidas, que el presidente Gabriel Boric traía en su maletín, cuando ingresó al Palacio de la Moneda.
Solo tuvo que esperar que se desatara una ola de protestas del izquierdismo radical chileno, para vender la idea de que la situación ameritaba una nueva Constitución.
Esas protestas, que se sucedieron sincronizadamente en las principales ciudades, tuvo presuntamente la participación de agitadores extranjeros.
La jugada le salió mal al presidente Boric. Dos veces se redactaron proyectos, que sometidos a un Plesbicito, fueron rechazados por el electorado. Ahora tendrá que seguir gobernando lo que antes le parecía una traba para gobernar.
Lo que dice la experiencia
La experiencia en Latinoamérica no es una sorpresa. Empezando por Venezuela, donde en 1999 se eligió una Asamblea Constituyente que no representó en su justa proporción la opinión de los venezolanos.
El esquema fue muy sencillo. Primero se diseño un “kino” con ese fin. Luego el oficialismo, diseñó a su antojo el texto constitucional. Para luego someterlo a votación en la cresta de la ola de la popularidad de Hugo Chávez, y en momentos en que en muchas partes un deslave arrastraba en las corrientes de agua muchas urnas de votación.
Así se aprobó la nueva Constitución (1999).
Luego, se utilizaría esa Constitución para eliminar la representación proporcional, y la toma sistemática -uno a uno- de los demás poderes del Estados, que debían ser autónomos e independientes.
De ahí en adelante, no importa lo que esté escrito en la Constitución, por cuanto es sometida permanentemente a “interpretaciones”, que consoliden una hegemonía autocrática.
Una prueba más…
En Venezuela, la mejor Constitución ha resultado ser la aprobada en 1961. Tuvo un consenso de todas las fuerzas políticas, en su moemnto. Lo cual permitió el mayor crecimiento económico y social visto en el país. Garantizó la estabilidad política, la redistribución de la riqueza, y la movilidad social.
Luego de 40 años, debió ser reformada, en aquello que no permitía respuesta a los problemas que se fueron presentando con el tiempo. Eso es innegable.
Sin embargo, la sustitución de la Constitución de 1961 se realizó como consecuencia de la situación política que generaran dos intentos de golpes militares.
Esos golpes ha quedado demostrado, que no fueron consecuencia de las crisis que tuvimos, sino que aprovecharon esas crisis para hacerse del poder e instaurar un régimen autocrático.
Las consecuencias están a la vista. Han huido más 8 millones de habitantes, una cuarta parte de la población.
El Cambio de la Constitución en Venezuela, no solucionó los problemas, sino que eliminó los mecanismos para la alternabilidad en el gobierno, propia de los sistemas democráticos.
Chile el domingo, no pisó esa concha de mango. Prefirió la Constitución de Pinochet con todos sus defectos, y con la virtud de haber permitido desarrollar un nuevo sistema democrático post Pinochet.
@ermartinezd