Por Arturo Meléndez
No es por seguir con el tema, pero luego de la acción opaca en la que resultó muerto el delincuente venezolano que mentaban Niño Guerrero, varias voces de las redes electrónicos (algunas de ellas aparentemente serias) insistieron en la tesis de que el notorio maleante no habría pasado al otro mundo, que era algo simulado para darle nueva identidad y oportunidades al ciudadano que en vida respondiera al nombre de Héctor Rusthenford Guerrero Flores, supuesto pariente de la hoy reclusa Cilita.
Todas esas especulaciones y sospechas de mentes imaginativas deben ser desechadas, pues no es común que un presidente de los Estados Unidos de América use su tiempo e imagen para comentar el asesinato por fuerzas militares de un ciudadano de otro país con el que USA no está en guerra. Los presidentes estadounidenses no han comentado sobre la muerte violenta de sus propios antisociales, a los que, por ese buenismo americano, han convertido en figuras de culto, tal el caso del asaltante John Dillinger o de Bonnie Parker y Clyde Barrow, muertos por las fuerzas del orden público y a los que el entonces inquilino de la Casa Blanca, el muy serio Franklin Delano Roosevelt, no parece haber dedicado siquiera comentarios en privado. Tampoco, a raíz de la eliminación física de esa leyenda criminal que fue Pablo Escobar Gaviria en 1993, el presidente en funciones, William Jefferson Clinton, parece haber ido más allá de una nota personal dirigida a la presidencia colombiana en la que expresó que su país defendía la ejecución extraprocesal de líderes terroristas y criminales enemigos como actos legales de autodefensa y guerra legítima y ofreció al presidente Gaviria ayuda para la lucha contra las drogas.
El que Trump hiciera ver la muerte de Guerrero como un claro logro de su gobierno en defensa de la seguridad de América, intereses electorales aparte, destacaría la trascendencia criminal del fallecido, pues mencionado por un presidente americano en razón de su eliminación física, elevaría su posición hamponil internacional a un nivel superior al de Don Pablo, El Patrón. Imagino las disquisiciones entre los hampones menores que aspiran emular y sustituir al empresario de la criminalidad que el cohete gringo volvió polvo cósmico. No me extrañaría que, gracias a esos nuevos valores éticos relativos que vuelven Caperucita al lobo, pronto veremos al occiso en los altares de brujería como el mas importante ente espiritual de la corte malandra o en una película de esos cineastas chavistas que vienen mitificando héroes psuvecos desde aquella muy mediocre “Amaneció de Golpe”.
Pero, en un tono algo más serio, debo decir que, en Estados Unidos, en los círculos del poder que manejan la seguridad americana prevalece hace tiempo la tesis de que la ejecución extraprocesal de líderes terroristas y criminales enemigos es un acto actos legal de autodefensa y guerra legítima. Lo que ha llevado a que el gobierno americano, de ambos partidos, permita la ejecución sin juicio de criminales considerados amenaza estratégica para los intereses americanos. No es extraño pues que el muy liberal Barak Husseim Obama haya institucionalizado formalmente el programa de ataques selectivos (targeted killings) mediante drones para atacar focos terroristas en zonas fuera de los campos de batalla tradicionales y autorizara operaciones militares como las dirigidas a la eliminación en 2011 del terrorista islámico Osama bin Laden, y calificó su muerte de acto justicia y que el mundo era «un lugar más seguro» tras la eliminación del líder de Al Qaeda y que Estados Unidos no toleraría ataques contra su pueblo, ley de guerra con ellos pues. Y hasta el supuestamente muy débil presidente Joseph Robinette Biden Jr, habría ordenado en 2021 la neutralización por muerte del sucesor de Bin Laden en Al Qaeda, el ahora difunto Aymanal-Zawahiri, para afirmar tranquilamente que «se ha hecho justicia», enfatizando que no importaba cuánto tiempo pasara ni dónde se escondieran los enemigos de EE. UU., el país los encontraría y los neutralizaría.
Donald Trump no escapa a esa tendencia de actuación excesiva y, quizás, chocante con el concepto de ley formal que manejamos los abogados, Donald John en 2020 habria ordenado la muerte del general iraní Qasem Soleimani, alegando que éste planeaba ataques inminentes y siniestros contra diplomáticos estadounidenses. Trump, antes en 2019, habría ordenado la muerte de Abu Bakr al-Baghdadi, líder fundador del Estado Islámico (ISIS)y, fiel a su estilo, en el discurso en el que anunció los resultados de esa operación, habría dicho que el objetivo de la misma «murió como un perro y como un cobarde».
Esta doctrina de guerra no declarada y de eliminación de objetivos estratégicos que practica USA, que se llevó en sus cachos al tal Guerreo, causará más modificaciones a la ideología bélica de USA y otras potencias militares y será aceptada como vía natural por muchos países y personas, entre los que estarán algunos de los que hasta ahora han considerado normal las prisiones de opositores en Cuba, Nicaragua y Venezuela o el lanzamiento de un cohete explosivo a un combatiente rendido, como ocurrió el 15 de enero de 2018 en Venezuela.
Quizás sea la hora, no de buscar vericuetos legales y políticos para justificar o condenar las ultimas acciones del gobierno yanqui en Venezuela, sino la de buscar a los responsables del empoderamiento y uso del hampa como respaldo político armado a un proceso que, gracias a mi Dios, se va extinguiendo como el sol del crepúsculo cuando llega la noche.
* Historiador, Escritor
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